3 de febrero de 2026
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Impacto de la IA y la dopamina en adicciones y relaciones según expertos

La psiquiatra Anna Lembke, directora de la Clínica de Adicciones de Stanford y reconocida por su trabajo sobre la dopamina, calificó la adicción como “la plaga moderna” en una entrevista con Steven Bartlett en The Diary Of A CEO. Lembke sostiene que la exposición constante a estímulos, sobre todo en el entorno digital, activa mecanismos adictivos en un cerebro evolutivamente preparado para la escasez, no para la hiperestimulación actual.

“Uso la dopamina también como una metáfora: es una sustancia cerebral real, pero refleja cómo la sobreabundancia se ha convertido en un tipo de estrés sin precedentes en la historia humana”, explicó la especialista.

Según Lembke, el acceso a bienes, tiempo libre y facilidades para obtener gratificaciones nunca ha sido tan amplio, incluso entre quienes disponen de menos recursos.

Tecnología, dopamina y validación artificial

En la entrevista, Lembke describe que el cerebro responde rápidamente al placer y al dolor para proteger la supervivencia, pero la disponibilidad continua de recompensas tecnológicas altera ese balance natural.

“Sustancias y conductas adictivas liberan grandes cantidades de dopamina en las vías de recompensa, mucho más que los estímulos naturales”, afirmó. Esa liberación intensa hace que el cerebro registre esas experiencias como esenciales, aunque sean producidas artificialmente.

El fácil acceso es uno de los principales factores de riesgo para desarrollar adicciones: crecer en un entorno donde las sustancias o experiencias reforzantes son accesibles eleva la probabilidad de consumo y de recaídas.

“La tecnología ha multiplicado esa accesibilidad de forma exponencial y hace que la validación emocional llegue más desde fuentes digitales que desde las relaciones humanas”, señaló Lembke.

La psiquiatra también abordó el papel de la inteligencia artificial y la personalización algorítmica. “Aplicaciones y modelos digitales están diseñados para halagar y validar de manera repetida, reforzando la autoestima sin fricción. Eso reduce el esfuerzo necesario para construir relaciones auténticas en la vida cotidiana”, dijo durante la conversación.

Además mencionó los chatbots y las aplicaciones de compañía digital, que ofrecen comprensión y aceptación sin exponer a la persona a conflictos reales.

Adicción digital: consecuencias y ejemplos clínicos

En su práctica clínica, Lembke ya trata casos de personas dependientes de la compañía digital. “Buscan en la IA la validación y el consejo que no obtienen de sus parejas o allegados, y terminan sustituyendo el contacto humano por vínculos digitales”, relató.

Un caso que describió fue el de una paciente que pagaba 200 USD mensuales para mantener una relación ilimitada con un “novio digital” y recibir apoyo emocional constante. “Cuanto más personalizada es la solución, más difícil resulta desprenderse y más adictiva puede volverse”, añadió.

La personalización algorítmica amplifica este patrón: “Los algoritmos te dicen exactamente lo que quieres oír, generando una validación automática que dispara dopamina. Ese bienestar es breve, el cerebro se adapta y exige un estímulo mayor, lo que intensifica el aislamiento”, explicó Lembke. Según ella, ese proceso deteriora las relaciones personales y reduce la capacidad de disfrutar actividades cotidianas.

Para ilustrar el fenómeno recurre a comparaciones experimentales y clínicas: “Así como ratones aprenden a presionar una palanca para obtener cocaína hasta agotarse, las personas expuestas a refuerzos continuos —ya sean drogas, redes sociales o IA— pueden entrar en un déficit crónico de dopamina”, detalló.

El placer inmediato se va apagando y el cerebro reacciona disminuyendo los receptores de dopamina para restablecer el equilibrio, un proceso conocido como homeostasis.

Estrategias para la recuperación y la reconstrucción de vínculos

La adicción digital no solo perjudica al individuo: también fragmenta familias y debilita la convivencia. “He visto padres que se informan sobre la vida de sus hijos a través de sus interacciones con la IA en lugar de hablar con ellos; es un riesgo real que puede acabar en aislamiento social profundo”, advirtió en la entrevista.

Para abordar estos problemas propone medidas concretas. “El primer paso es identificar cuál es el hábito o la sustancia que se consume en exceso”, recomendó.

Luego sugiere un período de abstinencia para reiniciar el sistema de recompensas; estima que alrededor de cuatro semanas suele ser el tiempo necesario para superar la fase aguda.

Los primeros 10 a 14 días son los más difíciles, pero una vez superada esa etapa suele recuperarse la capacidad de disfrutar pequeños placeres y restablecer el equilibrio emocional.

Para fomentar hábitos saludables aconseja realizar temprano las tareas más exigentes, antes de exponerse a gratificaciones inmediatas, y establecer rituales que faciliten la acción. “El córtex prefrontal, responsable del control y la planificación, requiere activación”, subrayó.

También recomienda colocar barreras físicas y mentales frente al comportamiento nocivo y advierte que no hay que confiar solo en la fuerza de voluntad, porque es un recurso limitado.

Identificar factores de riesgo y vulnerabilidades personales —como traumas previos, pobreza, predisposición genética o trastornos psiquiátricos— y considerar el entorno social es fundamental. Lembke mencionó programas comunitarios, como iniciativas deportivas en Islandia, que se han asociado con una disminución de la adicción juvenil.

La honestidad radical en el relato personal, familiar o terapéutico es otro pilar: “Mis pacientes que mantienen la recuperación han aprendido a no mentir, ni siquiera en detalles menores; la conciencia y la transparencia son esenciales para el cambio”, afirmó.

Lembke destaca además la importancia de la agencia: “Aunque la adicción implica pérdida de control sobre ciertos hábitos, siempre conservamos alguna capacidad para actuar, aunque a veces esa acción consista únicamente en pedir ayuda”.

La recuperación implica reconstrucción basada en la responsabilidad y la acumulación de pequeños logros diarios que, con el tiempo, conducen a periodos más estables y saludables.

En su experiencia, la mejoría suele ser evidente para el entorno: amigos y familiares notan el retorno de la persona que se había perdido en el ciclo adictivo. Recuperar hábitos saludables facilita reencontrarse consigo mismo y fortalecer las relaciones cercanas.

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