En las últimas dos décadas la presencia de China en el sector espacial latinoamericano ha crecido de manera discreta pero sostenida. Acuerdos que comenzaron como cooperación científica aislada se han convertido en una red de satélites, estaciones terrestres y convenios de intercambio de datos que sostienen infraestructuras civiles en varios países de la región. Ese despliegue no solo facilita proyectos de desarrollo, sino que también genera dependencias tecnológicas y operativas con efectos sobre la soberanía, la gobernanza y las alineaciones geopolíticas futuras. Por ello, los gobiernos latinoamericanos necesitan evaluar cuidadosamente estos vínculos para asegurarse de que la cooperación fortalezca capacidades nacionales y no reduzca la autonomía a largo plazo.
El eje de ese avance es el sistema chino de navegación BeiDou, acompañado de instalaciones terrestres y paquetes de cooperación que prometen beneficios para el desarrollo, pero que también modifican el equilibrio de influencias. Para los países de la región, las ofertas chinas entregan utilidades concretas; al mismo tiempo plantean preguntas complejas sobre transparencia, control y consecuencias estratégicas en el tiempo.
El doble uso de BeiDou
BeiDou es el sistema chino de navegación por satélite, comparable al GPS estadounidense y al Galileo europeo, y en 2020 alcanzó capacidad operativa global. Proporciona posicionamiento, navegación y sincronización para aplicaciones civiles y comerciales —desde teléfonos móviles hasta agricultura de precisión— y añade funciones como mensajería breve y señales cifradas para usuarios autorizados. La particularidad de BeiDou es que está integrado en estructuras industriales y de seguridad del Estado chino, lo que refleja la naturaleza de doble uso de las tecnologías espaciales: sirven fines civiles y, potencialmente, militares o de inteligencia.
Para muchos países emergentes la atracción de BeiDou es práctica: diversificar fuentes de señal satelital reduce la vulnerabilidad asociada al uso exclusivo de sistemas occidentales, sujeto a presiones políticas o restricciones en crisis. China ha presentado BeiDou como una alternativa orientada al desarrollo, respaldada por financiación, formación y transferencia tecnológica que suelen ser difíciles de igualar. No obstante, esa presentación no elimina que BeiDou forme parte de una estrategia nacional con implicaciones industriales y de seguridad.
Latinoamérica como campo de pruebas
Latinoamérica ha pasado a ser un área significativa para la expansión del modelo chino. En Argentina se ubica la estación espacial profunda de Neuquén, operada por una entidad estatal china en virtud de un acuerdo de larga duración y con supervisión argentina limitada. Brasil mantiene desde hace décadas la cooperación en el programa CBERS (satélites de recursos terrestres China-Brasil), que aporta datos de teledetección útiles para monitoreo ambiental y planificación. China también ha firmado acuerdos con países como Venezuela y Bolivia y colabora con otros Estados interesados en telecomunicaciones, teledetección e integración de BeiDou.
El enfoque de Beijing es consistente: ofrecer satélites a bajo costo, infraestructura terrestre llave en mano y formación técnica local. Esos paquetes resultan atractivos para gobiernos que buscan modernizar la agricultura, vigilar operaciones mineras, mejorar la respuesta ante desastres y gestionar puertos, carreteras o redes energéticas. En zonas afectadas por terremotos, inundaciones o deforestación, los datos satelitales pueden tener un impacto real. Para muchos países de la región, la cooperación espacial china cubre vacíos dejados por capacidades nacionales limitadas y por la oferta occidental, a veces irregular.
Riesgos de doble uso y transparencia limitada
Junto a los beneficios surgen preocupaciones estratégicas. La doble utilidad de la infraestructura espacial complica la distinción entre aplicaciones civiles y usos militares. Estaciones terrestres que mejoran navegación y sincronización civiles también pueden aumentar capacidades de seguimiento, localización e inteligencia. Esto expone a la región al riesgo de integrarse en una arquitectura espacial con fines militares sobre la que los países anfitriones pueden tener visibilidad o control restringidos. En Argentina se mantienen interrogantes sobre el control operativo en Neuquén y la posible contribución de la estación a redes militares más amplias.
Otra cuestión crítica es el control del hardware, el software y los datos. Empresas estatales chinas suelen encargarse de actualizaciones, mantenimiento y gestión de datos después del despliegue inicial, lo que genera dependencias tecnológicas difíciles de revertir. Si sistemas clave —desde la aviación hasta redes energéticas— llegan a depender de señales BeiDou o de datos gestionados por actores externos, la autonomía estratégica regional se verá limitada en la práctica.
Además, la región carece de marcos regulatorios armonizados para regular la presencia de actores espaciales extranjeros. Muchos acuerdos se negocian bilateralmente con escaso escrutinio público y sin estándares regionales sólidos sobre gobernanza de datos, supervisión o cláusulas que eviten usos militares. Esa falta de regulación aumenta las asimetrías con un socio tecnológicamente avanzado y eleva el riesgo de que proyectos civiles se utilicen con fines distintos a los declarados.
Eligiendo la cooperación en los términos de América Latina
En conjunto, estas dinámicas indican que la presencia espacial de China en América Latina ha dejado de ser marginal y se ha convertido en un componente importante de los ecosistemas digitales, científicos e infraestructurales regionales. Las decisiones sobre la adopción de BeiDou, la instalación de estaciones terrestres o el intercambio de datos definirán la alineación estratégica y las dependencias tecnológicas por décadas. El reto para los gobiernos latinoamericanos no es aislarse de las ofertas chinas, sino negociar condiciones que preserven la transparencia, garanticen supervisión efectiva y protejan el control sobre los flujos de datos, al tiempo que permiten aprovechar beneficios para el desarrollo. A medida que el espacio se vuelve un ámbito cada vez más competitivo, la forma en que se gestione esta cooperación determinará si fortalece la resiliencia regional o reduce de manera inadvertida la soberanía desde la órbita.
Sobre el autor: asistente de investigación, Instituto Jack D. Gordon de Políticas Públicas de la Universidad Internacional de Florida

