8 de febrero de 2026
Buenos Aires, 23 C

Astor Piazzolla Eterno: secretos y reinvención del tango

En una noche cualquiera en la enigmática Buenos Aires, el espectáculo presenta a un Astor Piazzolla reconstruido mediante seis voces y múltiples recursos expresivos, siguiendo el pulso de una música tan atrevida que se volvió inmortal. El Teatro Colón ofrece el marco propicio para una reapropiación de una obra que desafió su época para imaginar un futuro en movimiento. En un momento del montaje resuena su frase: “Yo no cambio el tango, lo hago crecer”, reflejo de su talento, su cansancio ante las críticas y su voluntad de ser escuchado.

Esa sentencia condensa la vida, la obra y el pensamiento de Piazzolla: una mezcla de militancia artística y obstinación. Esa visión guía Piazzolla Eterno, un musical de factura artesanal con proyección internacional que se presenta en el Teatro Colón y ofrece una lectura a la vez fiel y disruptiva del legado del compositor. El espectáculo funciona como puerta de entrada a su obra y recorre figuras clave como Carlos Gardel, Aníbal Troilo, Amelita Baltar y Horacio Ferrer.

Para abordar la biografía y la obra de este artista complejo, la coproducción entre el Teatro Colón y RGB (la productora de Gustavo Yankelevich) repartió la responsabilidad creativa entre tres directores: Emiliano Dionisi (puesta en escena y dirección), Nicolás Guerschberg (dirección musical) y Tato Fernández (dirección artística). En diálogo con Teleshow, los responsables relatan el proceso desde las primeras conversaciones hasta el estreno en la sala más emblemática del país, con la aprobación del público y el respaldo de la familia Piazzolla.

Cada director llegó a Piazzolla por caminos distintos, lo que se nota en la dinámica del montaje. Emiliano lo descubrió como a un clásico: presente casi de manera inconsciente, familiar desde la cultura popular y vinculado además a su formación en Artes del Circo, donde la música de Piazzolla es muy usada por su teatralidad y emotividad.

Para Nicolás, Piazzolla se convirtió en una obsesión profesional: intérprete, estudioso y arreglador, recorrió el mundo con el Quinteto Astor Piazzolla y hace 27 años fundó Escalandrum con Pipi Piazzolla, nieto del compositor. Esa trayectoria lo acercó a la obra y a la familia, transformándolo en un devoto del maestro.

Tato Rodríguez aportó una tercera mirada. Su primer contacto fue cinematográfico —recuerda haber escuchado la “Suite Punta del Este” en la película 12 monos— y desde entonces el impacto quedó marcado. Juntos, los tres ofrecen diferentes accesos al mito en un espectáculo que se presenta en el Colón de Buenos Aires hasta el 16 de febrero.

—¿De quién fue la idea de que haya un Piazzolla coral y no un intérprete único?

Emiliano: En una era de biopics, no quise reducir a Piazzolla a la interpretación de un solo actor con bandoneón. Busqué ser fiel a su personalidad: un artista que constantemente subvertía expectativas. Por eso hay seis cantantes que encarnan a Piazzolla, además de bailarines y una orquesta que juntos conforman la presencia del compositor. La escenografía se desplaza como partituras y el espacio mismo actúa como Piazzolla: no queríamos un formato previsible sino sorprender y entrar en la cabeza de un creador que vibraba con su música.

Nicolás: Esa idea fue de Emiliano, y venir desde el inicio a este proyecto fue un placer. Su propuesta original me invitó a sumarme desde la música con total apertura para proponer y acompañar.

Tato: Partiendo del libro y la idea del “multi Astor”, concebimos un no-espacio —un exterior indefinido que puede ser patio, café o calle— y usamos pantallas para sugerir lugares sin caer en postales obvias. Buscamos jugar con el imaginario urbano, con la estética art decó de Buenos Aires, y con los recuerdos que acompañan a las grandes ciudades.

—¿El formato de musical surgió en esa construcción o venía de antes?

Emiliano: La narración siempre estuvo en la base, y por tratarse de la vida de un músico, naturalmente iba a integrarse la música. Esa mezcla hace que el público lo perciba como un musical. Existe cierto prejuicio sobre el género, pero el teatro musical es una herramienta narrativa poderosa y emotiva, adecuada para contar la vida de alguien cuya música transporta a lugares extraordinarios.

—¿Cómo se trabajó para condensar una vida como la de Piazzolla en una hora y media de función?

Emiliano: Sabíamos que había que condensar mucho: una vida con momentos brillantes, duros, de lucha y de gloria, además de una producción musical enorme. Elegimos lo esencial para construir un relato conmovedor y honesto, que conecte tanto con quienes conocen a Piazzolla como con quienes lo descubren. El objetivo fue lograr un arco emocional suficiente para involucrar al espectador en un viaje intenso y equilibrado.

Nicolás: Musicalmente nos concentramos en obras cumbre representativas, no solo en los grandes hits sino en piezas que acompañan y refuerzan la narración. Piazzolla dejó un catálogo inmenso —se habla de más de dos mil obras—, por lo que la selección fue clave.

—Nicolás, venías interpretando a Piazzolla en formatos más convencionales. ¿Cómo fue asumir este montaje?

Nicolás: Fue un gran desafío porque esto no es un concierto tradicional; lo teatral modifica la forma de presentar la música. Hacer dos funciones diarias exige esfuerzo físico, intelectual y emocional, pero la experiencia es intensa y gratificante: el aplauso en un Colón lleno renueva cada día.

—El espectáculo aborda movimientos vitales como inmigración, desarraigo y exilio…

Emiliano: Me enorgullece que, sin proponérnoslo como tesis explícita, ponemos en escena a un artista que fue rechazado en su momento y luego validado por instituciones como el Colón. Presentarlo en esa sala convierte su figura en una especie de antihéroe reivindicado, y eso me parece potente.

—¿Cómo dialogan la música y la puesta con una escenografía sugerente que no compite con el Colón?

Emiliano: Trabajamos de forma colaborativa entre música, sonido, imágenes, iluminación, vestuario y coreografía, buscando nunca que un elemento se imponga sobre otro. Queríamos un espacio evocativo y onírico, como la conciencia de una persona: lugares sugeridos que cambian de lógica y color, que se deforman o desaparecen, para acompañar la escritura hacia el futuro.

Tato: Concebimos las visuales con una lógica teatral mecánica: apenas hay fundidos; los cambios se realizan mediante elevadores o telones. Creo que nunca antes se había puesto una pantalla así en el Colón; nuestra apuesta fue disruptiva pero respetuosa, acercando actores y músicos al público y trabajando las pantallas como parte del lenguaje escénico.

—¿Cómo controlaste la utilización de tecnología para que no opaque la música?

Tato: Diseñé las visuales de manera artesanal para que dialoguen sin sobrepasar a la música. Quería un imaginario a la altura de Piazzolla, por eso esa pantalla continua cuya forma incluso recuerda la curvatura del bandoneón: un recurso estético al servicio del relato sonoro.

—Piazzolla fue revolucionario, pero también se generó un fundamentalismo alrededor de su figura. ¿Lo tuvieron en cuenta?

Tato: Así como a él lo llamaron “el asesino del tango”, quizá a nosotros nos tilden de “asesinos de Piazzolla” (risas). Lo asumimos como parte del riesgo: trabajamos con respeto, cuidado y amor.

Nicolás: En cualquier proyecto habrá quienes estén a favor y quienes no. Piazzolla vivió una vida de lucha hasta lograr reconocimiento, y eso forma parte del desafío de encarar este espectáculo. Nosotros como artistas intentamos hacerlo con la máxima honestidad y dedicación; las reacciones siempre existirán y son la señal de que se hizo algo con intención.

Emiliano: Podríamos haber optado por un homenaje más conservador, pero sentimos que lo honesto era reflejar al artista que se alejaba de lo expectedo. Es una decisión más arriesgada, pero también más genuina.

—Nicolás, ¿tu vínculo con la obra y la familia Piazzolla tuvo un peso especial?

Nicolás: No hubo miedo, sí un compromiso profundo. Mi responsabilidad fue que la música representara lo que Emiliano quería contar y elegir músicos que respondieran a esa visión.

—¿Cuál fue la reacción de Pipi al ver el espectáculo?

Nicolás: Tengo una amistad de muchos años con Pipi y Escalandrum. Cuando supo que lo iba a dirigir me dijo en broma que lo haga bien, y su apoyo fue constante. Al ver la obra me dijo que le parecía muy bueno, que estaba feliz y que su abuelo y su padre estarían orgullosos. También vinieron Laura Escalada, Daniel Villaflor Piazzolla y otros miembros del entorno familiar, brindando un respaldo que nos fortaleció.

Emiliano: Amelita Baltar asistió al estreno y me comentó que, por primera vez, desde la butaca pudo verse representada en el escenario. No la imitamos; más bien la evocamos, y que ella se haya sentido reconocida confirma que alcanzamos una clave evocativa adecuada.

—¿No nombran a Amelita directamente por decisión?

Emiliano: El espectáculo es evocativo: Piazzolla está presente en el espacio, la luz, los músicos y la respiración del bandoneón. Buscamos evocar más que imitar; por eso no es necesaria la caracterización literal.

Nicolás: La propuesta se siente viva. Piazzolla Eterno es un viaje que celebra a uno de los grandes compositores del mundo y su impulso por empujar el tango y la música argentina hacia adelante; tenía la ilusión de ser escuchado en el futuro, incluso “en el 3000”, parafraseando a Discépolo.

—¿Creen que Piazzolla llegó a ser consciente de la magnitud de su influencia?

Nicolás: Es difícil saberlo con certeza, pero Piazzolla alcanzó a ver parte del reconocimiento antes de su muerte. Hoy su obra tiene proyección planetaria y una influencia enorme que trascendió sus últimos años.

—Si se pensara en Piazzolla en el presente, ¿qué estaría haciendo en la música actual?

Nicolás: Seguramente componiendo música nueva. Incluso al final de su vida estaba trabajando en proyectos como una ópera sobre Gardel y encargos de orquestas y cuartetos. No paró de crear y probablemente hoy seguiría explorando nuevas formas y colaboraciones.

*Astor, Piazzolla Eterno: hasta el 16 de febrero en el Teatro Colón: Emiliano Dionisi: autor, puesta en escena y dirección. Nicolás Guerschberg: arreglos y dirección musical. Tato Fernández: dirección artística

Cantantes: Natalia Cociuffo, Federico Llambí, Belén Pasqualini, Rodrigo Pedreira, Nacho Pérez Cortés, Alejandra Perlusky

Bailarines: Alejandro Andrian, Victoria Rosario Galoto

Orquesta: Alejandro Guerschberg (bandoneón) Lucio Balduini (guitarra eléctrica) Serdar Geldymuradov (violín) Sara Ryan (violín) Paula Pomeraniec (violoncello) Daniel Falasca (contrabajo) Francisco Huici (multi-instrumento y efectos) Nicolás Guerschberg (piano y dirección)

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