Las últimas ofensivas de Irán contra infraestructuras críticas en Estados del Golfo —incluyendo el lanzamiento de misiles balísticos sobre el complejo gasífero Ras Laffan en Catar— han puesto a prueba los límites de tolerancia y la capacidad de respuesta regional. Aunque Catar expulsó a los agregados militares de la embajada iraní, decidió mantener al embajador, lo que refleja la compleja dinámica diplomática y la prudencia que predominan entre los aliados de Estados Unidos en la zona, según un editorial de The Wall Street Journal.
Esto reaviva una pregunta central: ¿en qué circunstancias abandonarían los monarcas del Golfo su estrategia tradicional de contención para adoptar medidas más contundentes contra Teherán? ¿Por qué no han respondido con mayor firmeza a las agresiones iraníes?
La amenaza es significativa. Los recientes ataques iraníes han interferido en el transporte energético a través del estrecho de Ormuz, lo que pone en riesgo la economía de los países productores del Golfo Pérsico, advierte The Wall Street Journal. Arabia Saudita, con un gasto militar anual cercano a los 80.000 millones de dólares, mantiene un arsenal preparado, pero hasta ahora ha privilegiado las amenazas sobre las acciones directas, mientras instalaciones cruciales siguen expuestas a nuevos ataques.
En la primera semana de la escalada, Emiratos Árabes Unidos estudió congelar “miles de millones de dólares” en activos iraníes depositados en bancos de Dubái. Las autoridades emiratíes actuaron contra una red de lavado de dinero vinculada a Hezbollah, aunque el artículo señala que todavía podrían ir más lejos: entre otras medidas, embargar activos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), pieza clave en la financiación de la política exterior iraní. ¿Por qué no lo hacen?
“Incauten los activos financieros ilícitos del régimen en todo el Golfo. ¿Por qué debería permitirse a Teherán atacar ‘la idea de Dubái’ mientras utiliza el emirato como centro financiero de su red global de evasión de sanciones?”, plantea el diario neoyorquino.
El texto también subraya una paradoja diplomática: Omán criticó la campaña militar de Estados Unidos e Israel y expresó su respaldo a Mojtaba Khamenei como supuesto nuevo líder supremo tras la eliminación —el primer día de la guerra— del anterior ayatolá Alí Khamenei. A pesar de ello, Irán atacó puertos omaníes con víctimas locales, y entidades financieras iraníes sancionadas continúan operando en territorio omaní.
Los países del Golfo evalúan cómo incidir económicamente
Las acciones financieras y diplomáticas aparecen como la primera línea posible de respuesta. Los Estados árabes del Golfo pueden presionar a compradores clave como Japón, Corea del Sur e India para que se sumen a una coalición que garantice la navegación en el estrecho de Ormuz. Al mismo tiempo, pueden utilizar su influencia energética para persuadir a China de reducir sus apoyos a Irán y frenar el rearme de la República Islámica tras el conflicto.
Existe consenso en que las respuestas estrictamente defensivas —interceptar drones y misiles con apoyo de Washington— han resultado insuficientes. No hay una obligación de permanecer como víctimas pasivas: “Veamos esos F-15 en acción”, señala The Wall Street Journal, en alusión a la superioridad aérea saudí y al mayor nivel técnico de la Fuerza Aérea de Emiratos Árabes Unidos, equipada con F-16 y experiencia operativa, integrada con el Comando Central de EE. UU. y respaldada por pilotos y material estadounidense.
El ministro de Asuntos Exteriores saudita dijo recientemente que “su país se reserva el derecho de actuar militarmente contra Irán”, aunque no especificó si esa respuesta dependería de ataques aún más devastadores, como los dirigidos a infraestructura petrolera con conexión al mar Rojo. Pese a amenazas previas, Teherán ha continuado golpeando refinerías y campos petrolíferos sauditas sin que Riad haya respondido con represalias directas.
Presión internacional y opción militar ante la inestabilidad
La relevancia global de la región se acentúa por la dependencia energética de países asiáticos y por el papel de Dubái como centro financiero internacional, que también ha servido como plataforma para la evasión de sanciones iraníes. El artículo destaca que hay herramientas no militares, aún poco utilizadas, para aumentar el costo de la estrategia iraní: desde el cierre de circuitos bancarios hasta el embargo de activos del IRGC.
En el plano militar, una intervención árabe podría alterar rápidamente el curso del conflicto y reforzar la disuasión regional. La superioridad aérea del Golfo, respaldada por equipos y entrenamiento estadounidenses, es un potencial que no se ha desplegado por completo. Según el análisis, Irán y el IRGC comprenderían que no habrá un retorno “a los negocios de siempre” mientras continúe la actual política exterior y el régimen de sanciones.
El artículo concluye que ni Washington ni sus aliados exigen a los países árabes del Golfo adoptar la misma postura que Israel; les basta con que “defiendan sus propios intereses” y dejen de apostar por todas las opciones posibles mientras persistan los ataques y la inestabilidad.



