4 de abril de 2026
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Economía crece, empleo estancado

En 2025 la economía volvió a crecer, pero con una particularidad: los sectores que impulsan la actividad aportan cada vez menos empleo. Este cambio obliga a preguntarse por qué el crecimiento ya no garantiza más trabajo.

En diciembre de 2025 la actividad fue 3,5% mayor que un año antes. Es una señal positiva, pero también evidencia un quiebre en la forma en que se produce esa expansión.

Fue el único año en más de dos décadas en que el PBI superó el 3% sin contribuciones significativas de la industria, la construcción, el comercio y los servicios —los motores tradicionales del empleo urbano—. El avance provino fundamentalmente del agro, la minería, la energía y el sistema financiero.

El crecimiento se concentró en agro, minería, energía y finanzas

Ese patrón refleja una transformación estructural: sectores como el agro, la minería y la energía representan solo el 6,5% del empleo formal privado. Aunque son altamente productivos y claves para generar divisas y estabilidad macroeconómica, por sí solos no resuelven el problema del empleo masivo.

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El contraste es nítido: las pérdidas de empleo industrial en los últimos doce meses equivalen a cerca de la mitad del empleo total del sector minero-energético. En otras palabras, una caída moderada en la industria puede anular todo el empleo creado por uno de los sectores más dinámicos.

Cambio de paradigma

La cuestión estructural es que el nuevo motor de crecimiento es intensivo en capital y tecnología, no en mano de obra. Durante años, crecer implicaba incorporar trabajadores; la elasticidad empleo-producto era alta en ciclos liderados por la construcción y la industria. Hoy esa relación se ha debilitado.

La dinámica actual apunta a mayor uso de capital y tecnología, con menor demanda laboral directa

En 2025 energía, minería, agro y finanzas aumentaron su actividad pero, paradójicamente, redujeron empleo. Al mismo tiempo, industria, comercio y servicios se contrajeron en actividad y empleo, mientras la construcción no aportó crecimiento significativo.

Además de factores locales, esto responde a una tendencia global: automatización, digitalización y adopción de inteligencia artificial. La minería moderna, el agro tecnificado y la energía no convencional muestran alta productividad con baja absorción laboral directa. Argentina converge hacia el patrón de economías exportadoras de recursos tecnificados.

Ese esquema es necesario para recuperar estabilidad macroeconómica después del aislamiento financiero, pero no garantiza generación sostenida de empleo. Los precios relativos y las expectativas de inversión indican que este patrón tenderá a mantenerse en el corto plazo.

También supone una oportunidad: países con fuerte peso de recursos naturales exportan bienes primarios por entre 5.000 y 12.000 USD per cápita; Argentina está en torno a USD 1.500. El reto es cómo aumentar ese valor por exportación creando al mismo tiempo empleos de calidad.

El empleo masivo no nace solo del recurso, sino del ecosistema que lo rodea —ingeniería, servicios técnicos, tecnología aplicada, logística, financiamiento y proveedoría industrial—. Limitarse a extraer y exportar puede generar una economía dual: un núcleo exportador eficiente y un entramado urbano con menor dinamismo laboral. Eso puede sostener el PBI, pero pone en riesgo la cohesión social.

La siguiente etapa exige una hoja de ruta clara: escalar las exportaciones y densificar el entramado productivo local. Al mismo tiempo, los servicios basados en conocimiento deben consolidarse como motores de empleo urbano, aprovechando talento, tecnología y acceso a mercados globales.

Es necesario escalar exportaciones y fortalecer la base productiva local

Nada de esto ocurrirá sin mejoras en la competitividad sistémica: marco normativo, sistema tributario, reglas laborales y mercado financiero. Acercarse a estándares internacionales es una necesidad estratégica y parece estar en proceso.

La dinámica laboral exige políticas de formación alineadas con los sectores más dinámicos. El foco debe desplazarse del puesto de trabajo a la empleabilidad: la capacidad para adquirir nuevas competencias, migrar entre sectores y adaptarse a tecnologías cambiantes. Las políticas de desarrollo deben facilitar esas transiciones y mitigar costos sociales cuando las oportunidades se ubican lejos de los centros urbanos.

Argentina está superando su restricción externa, pero sería un error sustituirla por otra limitación: la falta de empleo de calidad. Una macroeconomía ordenada es condición necesaria, pero no suficiente; sin trabajo formal, productivo y digno, el crecimiento pierde legitimidad.

El centro ya no es solo el empleo formal, sino la empleabilidad: adaptabilidad y formación continua

En definitiva, el éxito no se medirá únicamente en puntos de PBI o en dólares exportados, sino en la capacidad de transformar la expansión económica en oportunidades concretas para las personas.

La relación entre actividad, estabilidad y trayectoria laboral dejó de ser lineal. En ese escenario, gobiernos, empresas y organizaciones deben anticipar cambios, desarrollar nuevas calificaciones y acompañar los procesos de transición.

La habilidad para articular productividad, transformación tecnológica y generación de empleos de calidad será determinante para el futuro.

Los autores son directores de VDC Consultora

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