24 de abril de 2026
Buenos Aires, 21 C

Chechu Bonelli: la separación de Cvitanich le causó más dolor que perder a sus padres

En otro momento, la vida de Chechu Bonelli parecía regida por una estructura estable: una familia constituida, tres hijas, catorce años de relación con Darío Cvitanich y una rutina basada en certezas que parecían permanentes.

Desde que la ruptura se hizo pública en junio pasado, la modelo y periodista deportiva atravesó un proceso silencioso y doloroso, un duelo profundo que no siempre se percibe desde afuera pero que golpea internamente.

Como ella misma contó con franqueza, hubo jornadas en las que se sintió “tirada en el piso”, rota por una separación que —aseguró— le dolió incluso más que la muerte de sus padres. Sin embargo, a partir de ese momento comenzó también una reconstrucción.

En una conversación reciente en Vuelta y media, Bonelli habló con vulnerabilidad sobre la nueva vida que surgió después de la caída. Describió una etapa en la que la soltería dejó de asociarse al vacío y pasó a ser un camino de reencuentro personal.

“Estoy disfrutando mucho de la soltería”, dijo con convicción; no lo expresó desde la revancha ni el despecho, sino desde un lugar de autoobservación y aprendizaje.

Ese fue, según contó, el principal descubrimiento: recuperar tiempo para sí misma, salir a comer con amigas, volver a sentirse atractiva frente al espejo, permitirse volver a ser coqueta y reconocerse de nuevo.

“Dentro de todo lo malo, lo bueno es que volví… volví”, repitió, como una afirmación de haber sobrevivido y reencontrado su rumbo.

Con humor aclaró que su presente no es descontrolado: “No estoy desbarrancando ni estoy con chabones ni nada de eso”, explicó, y señaló que valora el tiempo libre cuando no está con sus hijas, a quienes comparte semana por medio con Cvitanich.

Pero también reconoció una verdad menos cómoda: la soledad tiene un lado difícil. “Me gusta la soledad… pero a veces es dura”, admitió.

En esa breve frase quedó condensada la doble experiencia: la libertad recuperada y el vacío que puede dejar el fin de una relación importante.

En la transición hubo incluso un intento de volver a apostar al amor. El breve romance con Facundo Pieres, que sorprendió durante el verano, pareció insinuar una nueva oportunidad, aunque ella dijo que no fue sencillo abrir esa puerta otra vez.

“La relación con Facu, si bien duró poco, fue hermosa. Él me hizo muy muy bien en este tiempo”, contó tras confirmarse la separación por diferencias de agenda. No hubo reproches, solo gratitud.

Esa experiencia ayuda a entender lo costoso que fue animarse de nuevo. La idea quedó más clara cuando, ante la pregunta de Sebastián Wainraich sobre si aún elabora el duelo, ella respondió con honestidad: “Estoy laburando muchísimo psicológicamente, haciendo terapia. Tengo que terminar de hacer este duelo”.

Profundizó sin filtros: después de catorce años en pareja y con tres hijas, la familia se desarmó de golpe, y eso marcó un proceso abrupto y complejo.

Habló de culpa y de errores, de revisar lo que pudo haber hecho mal y de lo que necesita sanar para una futura relación. Dijo sentirse “en un noventa y cinco por ciento. Falta un poquitito, pero estoy encaminada”.

Ese “poquitito” contiene todavía lo que duele y lo que queda por trabajar.

Uno de los pasajes más conmovedores fue cuando recordó una conversación con su psicóloga, en la que admitió sentir culpa por experimentar la separación con una intensidad que la descolocaba.

“Le pregunté si estaba mal sentir que este dolor era más fuerte que cuando perdí a mi papá y a mi mamá”, reveló, no como una comparación sino como la búsqueda de entender un dolor desconocido. “Nunca había sentido algo así”, añadió.

Describió también una imagen contundente: “Estuve hecha bosta. Tirada en el piso”. Poco después apareció la otra Cecilia, la que se recompuso: “Ver a esa Cecilia que sufrió y hoy a esta Cecilia que volvió a la vida me da mucho orgullo”.

De nuevo emergió la idea del regreso: volver a la vida, volver a sí misma. Por eso, contó, muchas mujeres le escriben pidiéndole ayuda, consejos o el contacto de su psicóloga, y ella responde porque entiende y atravesó lo mismo.

“Hay que laburarlo, dedicarle tiempo a uno, rodearse de la gente que hace bien y ponerle el pecho”, sostuvo como recomendación basada en su experiencia.

En otro momento, con mezcla de melancolía y aceptación, reconoció una frustración íntima: había imaginado un amor para siempre. “Yo me había casado para toda la vida”, dijo, reflejando el deseo de replicar la historia de sus padres, en la que solo la muerte los separó.

No fue así, pero ya no lo evoca desde la herida abierta; ahora lo hace desde la cicatriz.

Para cerrar, pronunció una frase sencilla y algo liviana que resume su disposición a seguir adelante: “Bueno… ya está. A otra cosa, mariposa”.

Artículo anterior

Juicio por doble crimen en Fiorito por música entra en etapa final

Artículo siguiente

Quilmes ironiza sobre prioridades de Kicillof en obras hidráulicas

Continuar leyendo

Últimas noticias

Menos colectivos en AMBA