13 de mayo de 2026
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De Taylor Swift a ChatGPT: vida en pantalla

El 26 de febrero de 2015 quedó registrado en la memoria colectiva de internet: ese día un artículo de BuzzFeed desató el famoso debate sobre si un vestido era blanco y dorado o negro y azul, polarizando a los usuarios en línea, y también ocurrió la fuga de dos llamas en Arizona que desencadenó una persecución policial transmitida por televisión.

Ese momento es el punto de partida del nuevo libro de Megan Garber, Screen People. Garber sugiere que aquel día parecía anunciar una época de mayores fracturas y menos diversión, cuando la gente se volvía más airada, bulliciosa, solitaria y agotada.

Desde entonces se han publicado numerosos análisis —tanto impresos como digitales— sobre el 26 de febrero. Como periodista que cubría la cultura de internet entonces, la autora de esta reseña reconoce haber aportado su propia mirada. El planteamiento inicial del libro deja claro a quién se dirige: quienes ya están profundamente conectados y reflexionan sobre cómo los intermediarios digitales han transformado la vida cotidiana encontrarán muchas ideas familiares.

Para los menos inmersos en la red, las observaciones de Garber sobre este panóptico digital y su efecto en ámbitos que van desde la vida privada hasta las elecciones políticas constituyen una introducción sólida, aunque a veces dispersa. Garber, escribora en The Atlantic, presenta el volumen en ocasiones como una serie de ensayos ampliados.

La tesis central sostiene que el lenguaje y la lógica del entretenimiento tradicional —filtrados por el estudio de Hollywood que llevamos en el teléfono— se han infiltrado en casi todos los aspectos de la existencia. Cada acción tiende a ser, como mínimo, vista y, con frecuencia, vista y luego difundida.

Garber observa que hoy se producen “minidramas” cotidianos en espacios públicos, desde aviones hasta pasillos escolares. Buscamos la “energía de personaje principal”: fiestas de revelación de género y vídeos de bodas creados no para la memoria sino para la viralidad y la posibilidad de fama instantánea. Incluso la petición para asistir al baile de graduación se ha transformado en un pequeño género cinematográfico. Vivir para Instagram, según Garber, se ha vuelto una meta en sí misma.

“En nuestras pantallas, somos tanto actores como público, tanto productores como figurantes, a veces protagonistas y a veces decorado”, escribe Garber.

Para explicar por qué aceptamos convertirnos en “contenido”, la autora recurre a referencias que van desde Charles Darwin hasta ChatGPT. Define “contenido” como un término pensado para situarse entre noticia y entretenimiento, pero que en la práctica se mezcla y diluye, desafiando categorías claras y llegando a designar casi cualquier cosa. Ofrece un análisis preciso de cómo hechos y ficción se solapan en nuestras pantallas, creando un mundo real que no siempre coincide con la realidad.

Cada capítulo está organizado en secciones que remiten al entretenimiento, como “Los guiones” y “Las estrellas”. En “Los giros”, el capítulo final, aborda la irrupción reciente de la inteligencia artificial en la vida cotidiana, destacando cómo esa tecnología puede otorgar un permiso tácito para tratar a las personas como imágenes manipulables, dóciles y prescindibles.

El libro alcanza su mejor momento cuando Garber se centra en detalles concretos y obliga al lector a reconocer la omnipresencia del poder de la pantalla. Señala que escribir ya es un acto observable —con indicadores de escritura en el teléfono que exponen el proceso mental ajeno— y que la despersonalización de las compras en línea ha dado paso a prácticas como pedir bebidas extremadamente complejas en cadenas de café, que luego se comparten digitalmente por consumidores y empleados.

Aunque Screen People propone abundantes referencias históricas y contemporáneas —de P. T. Barnum a Susan Sontag y Taylor Swift—, al avanzar la lectura puede percibirse la falta de un hilo narrativo definido. Irónicamente, para un libro que trata sobre cómo nos convertimos en personajes, le faltan personajes claros que sostengan la narración.

En las últimas páginas Garber regresa al 26 de febrero de 2015 y lo describe como un “gran día en internet” que anticipó el tono de nuestra era mediada por pantallas. Cierra con una nota esperanzadora —“si actuamos sabiamente, sus mejores días estarán por venir”— una conclusión que, según el reseñista, habría sido deseable al principio del libro.

Fuente: The New York Times

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