15 de enero de 2026
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Doctrina de regiones históricas de Rusia para redibujar Eurasia

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En una reunión con generales y altos mandos, el presidente ruso Vladimir Putin volvió a emplear el concepto de “regiones históricas” para justificar reclamaciones territoriales. Afirmó que, si la diplomacia no alcanza sus objetivos, Rusia “liberará sus tierras históricas” por medios militares, una postura que analistas y responsables occidentales consideran una doctrina de revisión de fronteras que amenaza no solo a Ucrania, sino también a estados del Báltico, el Cáucaso y Asia Central.

Para el Kremlin, el mapa actual de la Federación Rusa es una anomalía heredada del colapso de la URSS en 1991. En su lugar se promueve la idea de una “Rusia Histórica” que coincide con las fronteras del antiguo Imperio ruso y que Moscú reivindica como su esfera legítima de reunificación.

El ensayo de 2021: el borrador de la guerra

La base intelectual de esta política está en el ensayo de Putin de julio de 2021, titulado “Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos”. En ese texto sostuvo que Ucrania es, en gran medida, un constructo soviético y que su soberanía real solo sería posible en asociación con Rusia, una tesis que expertos han interpretado como un primer paso hacia un proyecto neoimperial.

El ensayo sostiene que rusos, ucranianos y bielorrusos constituyen “un solo pueblo” (odin narod) y presenta las fronteras soviéticas como legados administrativos otorgados por Rusia. Putin ha repetido la idea de que “Rusia fue robada” tras 1991, argumento usado para justificar la invasión de 2022 y la anexión de Donetsk, Lugansk, Kherson y Zaporizhzhya, ahora presentadas oficialmente como “nuevos sujetos federales en sus tierras históricas”.

Novoróssiya y el “regreso al puerto natal”

Entre las reclamaciones destaca el concepto de Novoróssiya, o “Nueva Rusia”, origen del siglo XVIII que abarca una franja desde Kharkiv hasta Odesa junto al Mar Negro. El discurso oficial sostiene que esas tierras no fueron históricamente ucranianas, sino conquistadas a los otomanos y pobladas por colonos rusos. Invocar Novoróssiya implica, según críticos, una ambición estratégica que podría privar a Ucrania de salida al mar y socavar su viabilidad estatal.

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Crimea, anexada en 2014, ocupa un lugar central en esta narrativa. Putin la presenta como el “Quersoneso ruso”, un sitio de significado histórico y simbólico vinculado al origen de la Rus de Kiev, cuya incorporación se mostró como la corrección inicial de la “catástrofe geopolítica” de 1991.

La retórica ha adquirido además un cariz jurídico: en mayo de 2025 el asesor del Kremlin Antón Kobiakov afirmó que, desde un punto de vista legal, “la URSS aún existe”, cuestionando la validez de los acuerdos de 1991 que disolvieron la Unión Soviética y calificándolos de instrumentos sin legitimidad. Bajo esa interpretación, la acción sobre Ucrania podría presentarse internamente como un asunto de continuidad estatal más que como una agresión internacional.

“Donde el soldado ruso pisa, allí es Rusia”

La amenaza se amplía cuando esta lógica histórica se aplica a territorios de la OTAN. En 2022 Putin evocó las conquistas en el Báltico por Pedro el Grande como “recuperaciones” de lo ruso y sugirió que era su derecho “recuperar y fortalecer” esas áreas, comentario que alarmó a Estonia, Letonia y Lituania. En junio de 2025 reiteró la idea con la frase citada en el Foro Económico de San Petersburgo: “Hay una vieja regla: donde un soldado ruso pone el pie, allí es nuestro”.

Asia Central y la negación de la estatalidad

Las reivindicaciones también alcanzan Asia Central. Kazajistán, aliado clave de Rusia, ha visto cómo desde Moscú se pone en duda su estatalidad previa a la URSS; en 2014 Putin llegó a afirmar que los kazajos “nunca habían tenido un Estado” antes de la caída soviética. En 2024-2025 voces y legisladores próximos al poder han señalado que el norte de Kazajistán, con población rusoparlante, podría considerarse “tierra rusa”. La lógica oficial mantiene que las repúblicas que se separaron de la órbita rusa deberían devolver los territorios recibidos bajo administración imperial o soviética.

La Constitución como arma de guerra

Una modificación constitucional de 2022 declaró a las regiones ucranianas ocupadas como parte integrante de Rusia, creando un marco legal que dificulta cualquier negociación sobre su devolución. Académicos han señalado que esto elimina el tabú sobre la apropiación territorial en la política rusa. En la narrativa oficial, defender esas regiones equivale a proteger la integridad del Estado, lo que ha servido para justificar amenazas de usar “todos los medios disponibles”, incluido el arsenal nuclear, en defensa de lo que ahora se presenta como territorio ruso.

El Estado-Civilización: una frontera sin límites

El Ministerio de Asuntos Exteriores codificó esta visión en el Concepto de Política Exterior de 2023, que define a Rusia como un “Estado-Civilización” cuya soberanía se extiende más allá de las fronteras reconocidas por la ONU, abarcando lo que el Kremlin denomina el “Mundo Ruso” —personas de habla rusa, fieles ortodoxos y quienes comparten lazos culturales con Moscú—. El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) ha advertido que esta retórica prepara el espacio informativo para una agresión prolongada; en su informe de diciembre de 2025 señala que la fijación en las “tierras históricas” apunta a un intento de rediseño profundo del orden europeo.

El mensaje dirigido a los vecinos de Rusia, de Polonia a Kazajistán, es que en la visión oficial las fronteras actuales son flexibles y la interpretación histórica de Moscú constituye la norma a la que se supeditan reivindicaciones y amenazas.

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