La escritura se firma un martes por la mañana. En una mesa larga, tres hermanos miran un plano que conocen de memoria: la casa familiar. No hablan de recuerdos ni afectos, sino de números. Ninguno puede comprar la parte del otro y venderla tampoco es sencillo. La herencia, que durante años fue punto de partida, se convierte ahora en un problema de reparto que apenas modifica vidas y más bien formaliza lo que ya existía.
Esa escena se repite, con variantes, en miles de hogares y refleja un fenómeno más amplio: la “gran transferencia”, por la cual una masa inédita de patrimonio está pasando de manos en todo el mundo por una generación que acumuló más riqueza, vivió más y entrega su legado más tarde. La paradoja es que nunca se transfirió tanto patrimonio, pero la transferencia es tardía, concentrada y tiene menor capacidad para generar movilidad social.
Los baby boomers fueron, en muchos países, la generación del ascenso social: hijos de trabajadores o de inmigrantes que accedieron a la universidad pública, alcanzaron estabilidad y pudieron ahorrar y adquirir bienes. Ese progreso se traducía no solo en títulos, sino en la posibilidad concreta de dejar algo para las siguientes generaciones, la casa u otros bienes que simbolizaban seguridad.
Desde comienzos del siglo XXI ese ciclo se empezó a romper. Una proporción creciente de hijos adultos está peor, en términos patrimoniales, que sus padres. No por menor esfuerzo o formación, sino porque cambió el contexto: el acceso a la vivienda se demora —o no llega—, muchas personas alquilan durante décadas y dependen de una herencia futura para alcanzar lo que antes se lograba en vida. La herencia pasó de ser un impulso para avanzar a una red de contención para no retroceder.
La ruptura tiene dos causas superpuestas. La primera es demográfica: los boomers viven más años, ahorran más tiempo y trasladan la transmisión patrimonial hacia edades superiores. La segunda es económica: se observa un giro desde un capitalismo más productivo hacia uno más financiero, en el que, desde la crisis de 2008, prima la lógica de proteger y conservar activos sobre la de arriesgarlos para generar nueva producción.
Economistas como Thomas Piketty advierten que si el rendimiento del capital supera sistemáticamente el crecimiento económico, la desigualdad deja de ser un accidente y se vuelve estructural. La gran transferencia acelera ese proceso: patrimonios que se preservan y reproducen por renta lo hacen más rápido que los ingresos laborales, por lo que la herencia tiende a concentrar riqueza en lugar de fomentar movilidad.
En la cima de la escala socioeconómica, la transferencia adopta la forma de renta financiera heredada: crece el número de fortunas que provienen de la administración de activos existentes en lugar de nuevos emprendimientos productivos. La riqueza se transmite, se multiplica y vuelve a heredarse.
En cambio, entre las clases medias y populares la herencia suele reducirse a un único activo, casi siempre la vivienda. Al llegar tarde y dividirse entre hermanos, ese patrimonio pierde escala y capacidad transformadora: más personas reciben algo, pero raramente lo suficiente para cambiar de posición social. La herencia funciona como salvavidas, no como motor de proyectos.
Según estimaciones de organismos internacionales, bancos y consultoras, entre 80 y 124 billones de dólares se transferirán por herencia en las próximas dos décadas. Es un volumen sin precedentes cuyo destino aumenta la desigualdad: una parte creciente queda en manos de quienes ya están en la cima, convertida en capital que se preserva y genera renta sin pasar por la actividad productiva.
Medios internacionales como The Guardian, Financial Times, The New York Times y The Economist han abordado el fenómeno con un tono de preocupación. Algunos artículos lo describen como una transferencia masiva capaz de perpetuar la desigualdad entre generaciones y de hacer que la riqueza heredada compita con el ingreso del trabajo como principal determinante de las oportunidades de vida.
En la Argentina, el quiebre también se observa en los datos. Informes del Observatorio de la Deuda Social de la UCA y estudios del Banco Mundial muestran estancamiento en la movilidad intergeneracional y un aumento de jóvenes que declaran vivir igual o peor que sus padres a la misma edad. Además, más del 70% de la riqueza de los hogares argentinos está en bienes inmuebles y el crédito hipotecario es prácticamente inexistente, lo que aumenta la dependencia de la herencia como vía de acceso al patrimonio.
En Europa y Estados Unidos el debate ya llegó a la política pública. Países como Francia, Alemania y España analizan cómo gravar herencias tardías y grandes patrimonios para evitar que la transferencia masiva se convierta en un impulso de desigualdad. En Estados Unidos, el tema reapareció en campañas con propuestas para revisar exenciones a herencias millonarias. La discusión busca equilibrar incentivos al ahorro con la necesidad de limitar efectos concentradores.
Informes de Reuters y de la consultora UBS en 2024 y 2025 señalaron que, por primera vez, el número de multimillonarios cuya fortuna proviene de la herencia superó al de los que la generaron desde cero, lo que algunos analistas describen como el inicio de una era de riqueza dinástica.
El factor temporal añade otra fuente de incertidumbre: a mayor esperanza de vida, más años de acumulación y mayor demora en la transferencia. La herencia suele llegar cuando el ciclo laboral está avanzado o cerrado, por lo que ya no financia decisiones estructurales —comprar vivienda, emprender, mudarse—, sino que ordena trayectorias agotadas. En ese sentido, el patrimonio administra el pasado más que impulsa el futuro.
En la Argentina, ese desfase resulta especialmente rígido. Con la vivienda como activo principal y sin crédito hipotecario sostenido, la herencia se torna la vía real de acceso al patrimonio para muchos sectores de la clase media. Pero al dividirse entre herederos, la casa deja de ser la base de movilidad social y pasa a ser un bien fragmentado que apenas mantiene la estabilidad.
También cambió la forma de heredar: las transferencias son más horizontales y feminizadas que antes. Hay más mujeres que heredan directamente y más repartos entre pares, lo que amplía el acceso pero diluye los montos. La democratización del reparto convive así con una pérdida de impacto económico: se heredan partes, no futuros completos.
En el Foro Económico Mundial el fenómeno ya aparece con nombre propio. El WEF advierte que la gran transferencia “reconfigurará quién controla el capital en las próximas décadas” y que, sin cambios regulatorios, podría profundizar la brecha entre quienes heredan activos y quienes dependen únicamente de su ingreso laboral.
Organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y la ONU interpretan la gran transferencia como un problema estructural: sin políticas públicas que intervengan en la transmisión de riqueza, el resultado probable es más concentración, menos movilidad y menor crecimiento. La cuestión deja de ser solo moral o familiar y se plantea como un desafío económico de alcance general.
La gran transferencia ya está en curso. No es un fenómeno futuro ni abstracto: se juega en escrituras, en mesas familiares y en repartos complejos. Enfrenta a una generación que acumuló y vivirá más años con otra que espera heredar para alcanzar lo que antes se construía en vida.
La pregunta abierta no es solo cuánto patrimonio cambiará de manos, sino qué tipo de sociedad surgirá cuando la herencia llegue tarde, se concentre en la cima y deje de ser un punto de partida. Mientras tanto, la escena se repite: una mesa larga, un plano conocido y números que no alcanzan. El patrimonio ordena el pasado, pero no abre el porvenir.


