15 de enero de 2026
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Erupción del volcán Etna

El Etna, el volcán más alto de Europa, ubicado en la isla italiana de Sicilia, ha entrado en una nueva fase eruptiva con fuertes explosiones en el cráter noreste que han expulsado material piroclástico y generado coladas de lava. Por ahora, esta actividad no ha afectado las operaciones del aeropuerto de Catania.

Con mejor visibilidad este domingo, se han observado espectaculares emisiones de ceniza y humo, así como flujos de lava que contrastan con la nieve caída en días recientes.

El Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología (INGV) informó que “se iniciaron una serie de fuertes explosiones en el cráter noreste, arrojando material piroclástico por todo el cono”.

Asimismo, la actividad se ha intensificado en un respiradero ubicado en el flanco superior de otro cráter, generando una columna de humo continua de varias decenas de metros de altura. El flujo de lava avanza hacia el este, en dirección al Valle del Bove, y ha recorrido aproximadamente 1,8 kilómetros.

En la mañana del domingo las autoridades decretaron alerta roja por el posible riesgo para la aviación debido al denso humo; sin embargo, los vuelos en el aeropuerto de Catania-Fontanarossa siguieron operando sin interrupciones.

Volcanes invisibles, riesgos latentes

Según un análisis de Mike Cassidy, profesor de la School of Geography, Earth and Environmental Sciences de la Universidad de Birmingham, publicado en The Conversation, la mayor amenaza volcánica global no proviene necesariamente de volcanes famosos como el Etna o Yellowstone, sino de montañas de bajo perfil situadas en zonas densamente pobladas y con escasa vigilancia. En regiones del Pacífico, Sudamérica e Indonesia, las erupciones de volcanes sin historial documentado se registran cada 7 a 10 años, lo que pone en duda la preparación de los sistemas de alerta actuales.

El caso del Hayli Gubbi, en Etiopía, es representativo: en noviembre de 2025 registró su primera erupción documentada en más de 12.000 años; una columna de ceniza superó los 13 kilómetros y el material alcanzó Yemen, obligando a desviar vuelos en el norte de India. La ausencia de monitoreo previo evidenció la vulnerabilidad de estas regiones, donde el peligro suele reconocerse cuando ya es imposible ignorarlo.

Consecuencias locales, crisis globales

Cassidy destaca que una erupción puede empezar como una emergencia local y transformarse rápidamente en una amenaza global. El ejemplo de El Chichón en México, en 1982, ilustra esto: tras siglos de inactividad y sin señales previas, el volcán arrasó selvas, destruyó viviendas y desplazó a más de 20.000 personas. La ceniza afectó a Guatemala y el saldo superó las 2.000 víctimas, constituyendo uno de los peores desastres volcánicos contemporáneos en México.

Más allá del daño inmediato, las partículas inyectadas a la atmósfera modificaron la radiación solar, enfriaron temporalmente el hemisferio norte y alteraron el monzón africano, provocando sequías en África oriental. Según Cassidy, esta cadena de efectos contribuyó a una hambruna que causó cerca de un millón de muertes. Un fenómeno local, apenas perceptible en su origen, terminó provocando alteraciones en la seguridad alimentaria y crisis sociales de gran escala.

Preparación y respuesta: una brecha global

El autor advierte que reducir estos riesgos requiere cooperación internacional, intercambio científico y una inversión sostenida en prevención y monitoreo. Iniciativas como la Global Volcano Risk Alliance trabajan para subsanar estas carencias mediante capacitación, transferencia tecnológica, instalación de nuevos sensores y optimización de sistemas de alerta en comunidades vulnerables.

Pero la respuesta técnica debe complementarse con educación pública, protocolos claros de evacuación y fondos de emergencia, todos adaptados a los contextos regionales. Aprender de experiencias pasadas, fomentar la colaboración entre organismos regionales e integrar conocimientos locales son elementos clave para anticipar y mitigar el impacto de futuros episodios.

Un llamado urgente: anticipar la sorpresa

El análisis de Cassidy concluye con una advertencia: la mayor falla sería subestimar estos riesgos por ser poco visibles. Solo la preparación, la vigilancia activa y la cooperación global pueden evitar que un volcán olvidado provoque una nueva crisis humanitaria y ambiental. La historia reciente demuestra que ningún lugar está totalmente a salvo de los efectos de una erupción inesperada; el reto es reconocerlo y actuar en consecuencia.

(con información de EFE)

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