Un incendio forestal avanza sin control en el norte de la provincia de Chubut, Argentina. Abel Nievas, secretario provincial de Bosques, lo definió como “la peor tragedia ambiental en 20 años”.
Aunque aún no es posible cuantificar totalmente la contaminación producida por el siniestro actual, un estudio reciente publicado en la revista Environmental Pollution mostró que durante el verano de 2017-2018 los incendios en el noreste de la Patagonia y el centro de Argentina liberaron más contaminantes en pocas semanas que los generados por el transporte y la industria del país en un año.
El análisis comparó las emisiones de humo y gases de esos incendios con los inventarios anuales oficiales de emisiones de Argentina. El hallazgo fue llamativo: en apenas tres meses los fuegos igualaron o superaron la cantidad de contaminantes que normalmente producen vehículos, transporte de carga, fábricas y refinerías en un año completo.
El humo y las partículas no permanecieron cerca del origen de los incendios: se desplazaron cientos de kilómetros, afectaron rutas y ciudades y empeoraron la calidad del aire en zonas lejanas.
La investigación fue realizada por María Fernanda García Ferreyra y Carlos Marcelo Scavuzzo, del Instituto de Altos Estudios Espaciales Mario Gulich, dependiente de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y de la Universidad Nacional de Córdoba.
También colaboraron Lidia Ana Otero, de la Universidad de la Defensa Nacional (Argentina), y Gabriele Curci, de la Universidad de L’Aquila (Italia).
El impacto del humo de los incendios
Durante el verano de 2017-2018 se quemó más de un millón de hectáreas en las provincias de La Pampa, Mendoza, Buenos Aires, Río Negro y San Luis.
Las condiciones de sequía extrema, combinadas con una tormenta eléctrica, provocaron uno de los peores episodios ambientales recientes en el país. Las columnas de humo redujeron la visibilidad y alteraron la vida diaria en localidades situadas a kilómetros del fuego.
Los científicos intentaron cuantificar el efecto real de esos incendios sobre la calidad del aire y comparar sus emisiones con las fuentes habituales de contaminación.
El objetivo fue determinar si el humo podía igualar o superar la contaminación anual del transporte y la industria nacionales.
Hasta entonces, los inventarios nacionales consideraban principalmente fuentes regulares y no incorporaban las emisiones generadas por incendios extensos.
Cómo se midió el humo
El equipo empleó el modelo de emisiones APIFLAME, el inventario EDGAR, el modelo meteorológico WRF y el modelo de transporte químico CHIMERE. Estas herramientas permitieron estimar las emisiones y comparar sus magnitudes con las de las fuentes habituales.
APIFLAME calculó emisiones diarias a partir de datos satelitales sobre áreas quemadas y la energía liberada. Los satélites Terra y Aqua de la NASA proporcionaron la información sobre la extensión e intensidad de los incendios.
El estudio consideró tres escenarios para evaluar cómo la altura de la columna de humo influye en la dispersión de contaminantes.
Además de una configuración estándar, se analizaron escenarios con alturas fijas de 2.500 y 5.000 metros, ya que la altitud condiciona el transporte a larga distancia del humo.
En los tres meses analizados, los incendios generaron 1.314,37 kilotoneladas de monóxido de carbono, 241,99 kilotoneladas de compuestos orgánicos volátiles y 81,46 kilotoneladas de material particulado (PM10).
Según los autores, “las emisiones de monóxido de carbono en los tres meses analizados correspondieron entre el 58% y el 92% de las emisiones anuales del transporte”, que es el sector más emisor de este contaminante.
El humo liberó entre el 64% y el 80% de los compuestos orgánicos volátiles que emite el transporte en un año y hasta cinco veces más partículas finas (PM2.5) que las fuentes habituales.
Las emisiones de metano superaron ampliamente las estimadas para refinerías. Las simulaciones indicaron que el modelo reproduce adecuadamente la evolución del humo en la atmósfera.
Los investigadores destacaron que el humo cruzó varias provincias y llegó hasta el océano Atlántico.
Qué proponen los científicos
Con base en los resultados, los autores sugirieron incorporar las emisiones por incendios en los inventarios nacionales y mejorar los sistemas de alerta y el monitoreo de la calidad del aire.
También recomendaron actualizar los modelos con datos locales y aprovechar versiones más recientes de productos satelitales.
Señalaron la insuficiencia de estaciones de monitoreo en la Patagonia, lo que dificulta validar las simulaciones con observaciones de superficie, y propusieron efectuar nuevas comparaciones con modelos y datos más actuales.
“El estudio publicado comparó las emisiones contaminantes generadas por incendios forestales con las que produce el transporte y la industria de Argentina en un año”, dijo a Infobae María Marcela Godoy, ingeniera forestal del Conicet en el Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino-Patagónico de Esquel, Chubut.
“El trabajo es valioso”, agregó la especialista, que no participó en la investigación. Sin embargo, destacó que cuando la biomasa vegetal se quema —en incendios o en quemas controladas— se libera dióxido de carbono que previamente había sido capturado por las plantas. Esa cantidad de CO2 puede volver a ser absorbida por la vegetación, ya sea en el área afectada o en otros sitios donde crezca bosque nativo o se realicen forestaciones bajo manejo adecuado.
En cambio, explicó Godoy, las emisiones derivadas de la quema de combustibles fósiles incorporan carbono adicional que no forma parte del ciclo biológico local, porque proviene de reservas subterráneas. Por eso, los incendios de vegetación forman parte de un ciclo natural del carbono, mientras que las emisiones fósiles añaden CO2 nuevo a la atmósfera.
Síntomas que genera el humo
La población expuesta al humo de incendios de vegetación puede presentar los siguientes síntomas, según la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos:
Se puede experimentar ardor en los ojos, goteo nasal, tos, expectoración, sibilancias y dificultad para respirar. Si la persona tiene una enfermedad cardíaca, puede sentir dolor en el pecho, palpitaciones, falta de aire o fatiga. Quienes padecen enfermedades pulmonares preexistentes pueden sufrir un aumento de tos, mayor producción de flema, molestias en el pecho, sibilancias y dificultad respiratoria.
Ante estos síntomas se recomienda permanecer en interiores, evitar esfuerzos físicos y consultar a un médico si los signos persisten o empeoran, en especial personas con enfermedades cardíacas o respiratorias. Si hay dificultad respiratoria severa o dolor en el pecho, buscar atención médica urgente.


