En el Reino Unido, el envejecimiento de la población reclusa plantea nuevos interrogantes sobre derechos humanos, salud y dignidad. El aumento de internos de mayor edad, especialmente quienes cumplen condenas de cadena perpetua, ha abierto un debate sobre la posibilidad de mantener esperanza dentro de prisión.
Un estudio reciente de la Universidad de Manchester, difundido por The Conversation, analiza cómo viven estas personas privadas de libertad y qué dificultades afrontan tanto los reclusos como el sistema penitenciario.
La investigación, dirigida por Marion Vannier, se llevó a cabo en tres cárceles inglesas con distintos regímenes y combinó diarios personales, entrevistas, observación y testimonios del personal. Según The Conversation, la presencia o ausencia de esperanza condiciona la vida cotidiana de los internos mayores de 50 años, que suelen tener muy pocas expectativas reales de ser excarcelados.
El llamado “derecho a la esperanza”, reconocido por la jurisprudencia europea desde la sentencia Vinter y otros contra el Reino Unido, exige que los condenados a perpetuidad tengan acceso a revisiones y opciones de liberación.
No obstante, el estudio muestra que ese derecho está lejos de reflejarse en la experiencia diaria de muchos presos mayores, cuya edad y problemas de salud reducen las vías reales hacia la libertad. En ese contexto, la esperanza puede convertirse tanto en sostén emocional como en fuente de sufrimiento ante condenas largas y recursos limitados.
Envejecimiento y salud: retos crecientes
El envejecimiento agrava los problemas en las cárceles británicas. Según datos del Ministerio de Justicia citados por The Conversation, en marzo de 2025 el 18% de los presos en Inglaterra y Gales tenía 50 años o más; quienes cumplen cadena perpetua representan alrededor del 10% del total y su número aumenta cada año.
El hacinamiento y la creciente demanda de cuidados paliativos convierten a los internos ancianos en un desafío para la gestión penitenciaria y sanitaria. Casi nueve de cada diez muertes naturales en prisión en 2025 afectaron a reclusos mayores, y la necesidad de cuidados especializados sigue en aumento.
Los testimonios muestran el coste humano. Dean, de 62 años, calcula que no será considerado para libertad condicional hasta cumplir 80 y admite no ser optimista. Trevor, de 73 años, duda de su capacidad para salir debido a problemas de salud. Russell, de 68, afirma: “No tengo ninguna esperanza de salir de la cárcel”. Ian, tras 33 años preso, relaciona la falta de expectativas con suicidios entre la población reclusa.
La institucionalización prolongada también genera temor a la liberación. Roy reconoce que no desea salir por miedo a perder la rutina que le ofrece la prisión; Kevin, de 73, percibe el mundo exterior como ajeno y amenazante; y Gary teme no saber cómo sobrevivir fuera tras años de encierro y el estigma de ser exconvicto.
Estrategias de supervivencia emocional
Algunos internos describen el abandono gradual de la esperanza como un mecanismo de defensa ante el sufrimiento. Barry, de 65 años y más de cuarenta en prisión, reflexiona sobre la ambivalencia de la esperanza: puede consolar pero también provocar decepción.
Tras repetidas frustraciones, la esperanza llega a percibirse como una carga: puede generar angustia cuando se mantiene viva sin perspectivas reales. Muchos reconfiguran sus expectativas hacia objetivos inmediatos y modestos, como vivir en una casa tranquila o recuperar vínculos familiares.
Russell sueña con ser liberado y pasar sus últimos años en un bungalow con un gato. Carl encuentra sentido en planificar pequeñas actividades diarias, incluso si son imaginarias. Este desplazamiento de la esperanza hacia metas a corto plazo refleja, según The Conversation, un cambio en el significado del encarcelamiento prolongado: la prioridad se desplaza de la reinserción social a la contención de personas exhaustas física y mentalmente.
La esperanza, en lugar de ser un recurso universal, puede convertirse en un factor que intensifica la angustia y el deterioro mental.
Un desafío institucional
El estudio subraya la responsabilidad del sistema penitenciario y de la sociedad frente a este fenómeno. La forma de gestionar la esperanza —o su ausencia— influye directamente en la presión sobre la sanidad pública y los servicios sociales, y determina la capacidad del Estado para garantizar dignidad y posibilidades de reinserción.
Según The Conversation, el modo en que las instituciones aborden la esperanza será decisivo para que los reclusos mayores logren reintegrarse tras la excarcelación o, por el contrario, para que sigan enfrentando necesidades persistentes.
Envejecer en prisión implica perder expectativas, sufrir un deterioro físico y emocional y redefinir continuamente qué significa tener esperanza. La falta de alternativas reales y la prolongación de las penas aumentan el sufrimiento de esta población; gestionar esa esperanza es un reto central para preservar la dignidad y el futuro de un grupo especialmente vulnerable.


