Zaguanes
Los zaguanes estaban cubiertos de sombras.
Jorge Luis Borges
Los zaguanes a los que alude el poeta pertenecen a otra época. De niño me fascinaba ese espacio intermedio, ni dentro ni fuera, que remataba en una puerta de vidrio: estrecho, con paredes azulejadas y una gran lámpara colgando del alto techo. En las viejas casonas de la avenida Rivadavia conservan los secretos de quienes vivieron allí.
¿Por qué desaparecen los zaguanes? No creo que baste con explicaciones técnicas: el costo de construcción o la pérdida de los patios centrales donde desembocaban aclaran parte del fenómeno, pero no lo agotan.
Allí, muchas veces, empezaban los romances: el pretendiente llegaba hasta el zaguán. Si cruzaba la puerta interior, ya era novio, oficialmente incorporado a la casa y sujeto a vigilancia; entonces solo se permitía tomarse de la mano. Aun así, en el propio zaguán ocurrían también abrazos más apasionados.
¿Qué era, entonces, el zaguán? Un espacio liminal, ni completamente calle ni totalmente hogar. Para los enamorados era un lugar intermedio, con la sensación de privacidad sin la intimidad plena del hogar, donde suponían que no serían interrumpidos —aunque a veces sí lo eran.
Por eso creo que los zaguanes no dejaron de existir solo por cambios arquitectónicos.
Lo que cambió, sobre todo, fue la manera de iniciar un romance y la forma de entrar en la vida de otra persona.
Por Diego Balducci


