Diferentes músicos y conocedores expresan posturas encontradas sobre una banda llamada Primitivos: algunos la desestiman como irrelevante, otros la recuerdan con admiración, y varios incluso dudan de su existencia real. Es una discusión que mezcla escepticismo, ironía y nostalgia en videos y testimonios.
Damián Snitifker vive en Berazategui y trabaja en el área comercial del rubro gastronómico; sus largas jornadas de viajes por la provincia de Buenos Aires le permiten conocer distintas localidades y costumbres. Pasa muchas horas en ruta escuchando música y, a ratos, podcasts, como forma de acompañar esos trayectos solitarios.
Le interesa observar la vida cotidiana de los pueblos y sus bares, lugares donde persisten costumbres y ofertas sencillas de consumo. Además de su actividad profesional, es músico —bajista y ocasionalmente cantante— y escritor; su novela más reciente, ilustrada por Max Vadalá y publicada por Crack-Up, se titula Primitivos y narra el intento de retorno de una banda punk.
Entre 2014 y 2017 Snitifker gestionó un centro cultural en Quilmes donde programó recitales, entre ellos una presentación reducida de Los Pillos. Esos encuentros le permitieron conocer a músicos de la escena ochentera y establecer lazos que lo llevaron a reconstruir y dramatizar ese universo musical en una obra de ficción, sin caer en la biografía estricta ni en el periodismo.
Le atrae la época del surgimiento del under porteño: espacios como el Parakultural, Café Einstein o La Esquina del Sol y bandas poco difundidas que, pese a no sonar en la radio, marcaron una época con canciones y sonidos particulares. Menciona ejemplos de discos y canciones que evocan ese tiempo y su atmósfera.
La novela sigue a Lucas Virasoro, un ferretero de 53 años, cuya participación en una radio local reaviva recuerdos y genera respuestas inesperadas del público. Sin idealizar ni caricaturizar, la historia explora cómo la aparición de viejos relatos musicales puede alterar el presente y conectar con personas reales.
La obra trascendió el formato de libro y se volvió conversación en redes, donde músicos reconocidos comentaron sobre la banda ficticia. Eso reactivó la discusión sobre su veracidad y convirtió el proyecto en una suerte de novela oral colectiva, con distintas voces aportando relatos y recuerdos.
Snitifker nació y vive en Berazategui, un lugar que reúne zonas céntricas más urbanas y barrios que conservan rasgos típicos de pueblo: encuentros en la vereda, niños en bicicleta y rutinas sencillas que remiten a su infancia. Esa geografía influye en su mirada y en su obra.
Su formación musical provino de su familia: escuchó rock nacional y trova latinoamericana desde joven, y sus primeras compras en cassette lo acercaron a la escena de recitales en bares y clubes del sur. Esos viajes ocasionales a Capital reforzaron su interés por la música en vivo.
Snitifker describe prácticas locales como dar vueltas en auto los domingos, una costumbre provinciana de vida tranquila. Tiene alrededor de cuarenta años, es Licenciado en Comunicación por la Universidad de Quilmes, trabaja en gastronomía, estudia Historia y toca el bajo en la banda El Orden de las Cosas; próximamente planean grabar EPs.
Sostiene que, aunque no todos los géneros le resulten atractivos, merecen respeto. Critica la actitud de algunos rockeros que desestiman a las nuevas generaciones y señala una percepción de frío en cierta etapa del rock, matizando su juicio al seleccionar las palabras con cuidado.
Al mismo tiempo valora el compromiso de públicos organizados en torno a artistas contemporáneos: menciona a bandas cuyos seguidores no sólo acompañan los shows, sino que se organizan para acciones solidarias, como recolectar alimentos para comedores.
En la conversación también aparece la repercusión cultural de grandes eventos internacionales, como la actuación de Bad Bunny en el entretiempo del Súper Bowl. Le resulta interesante cómo ciertos elementos culturales latinos aparecen en un espectáculo de alcance masivo, con rasgos reconocibles para audiencias de la región.
Sin embargo, advierte sobre la ambigüedad de esa visibilidad: la presencia en un escenario tan comercial sugiere que el artista no representa una amenaza para el statu quo. En su opinión, la visibilidad en ese contexto no equivale a cambios reales en la situación de latinos en Estados Unidos, especialmente frente a políticas migratorias severas.
Considera que la incorporación de elementos contraculturales en la cultura dominante suele terminar banalizando luchas y simbolismos. Pone ejemplos históricos de cómo movimientos y símbolos de protesta fueron absorbidos por el mercado y convertidos en mercancía.
En su conclusión, resume la tensión entre la afirmación cultural y su apropiación: la transformación de una voz crítica en objeto de consumo puede despojarla de su potencia original, reduciéndola a una anécdota o a una imagen carente de su sentido político o social.

