16 de febrero de 2026
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Desertor revela que hackers financian el programa nuclear norcoreano

Una red avanzada de operaciones digitales ayuda al régimen de Corea del Norte a financiar su programa nuclear, según estimaciones de la división Mandiant de Google citadas por The Wall Street Journal. El testimonio de Anton Koh, un desertor que formó parte de la élite de especialistas informáticos al servicio de Kim Jong-un, indica que estos operadores lograron infiltrar a cientos de empresas estadounidenses.

Fuentes de un consorcio de once países liderado por Estados Unidos estiman que esos agentes generaron hasta 800 millones de dólares en 2024, eludiendo sanciones internacionales mediante técnicas para ocultar la ubicación y la identidad de los trabajadores.

La mayoría de los informáticos norcoreanos trabaja desde China o Rusia, donde la conectividad facilita ocultar su vínculo con Pionyang. Koh, que logró huir y reside en Corea del Sur, describe cómo estos especialistas obtienen puestos remotos en empresas tecnológicas extranjeras, sobre todo estadounidenses, mediante el robo de identidades y el uso de “granjas” de portátiles alojadas por colaboradores fuera de Corea del Norte.

Según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, en 2023 cuatro ciudadanos estadounidenses se declararon culpables de facilitar que informáticos norcoreanos accedieran a más de 136 empresas del país, permitiéndoles usar equipos y conexiones localizados en territorio estadounidense.

El funcionamiento de la maquinaria de Pyongyang

El objetivo principal de estos trabajadores es conseguir divisas para las arcas del régimen. Koh relata que fue seleccionado desde niño para formarse en informática en centros especializados; tras graduarse en una universidad de élite fue enviado a China, donde compartía un dormitorio con alrededor de nueve compatriotas, en espacios austeros decorados con retratos de los Kim y equipados con literas y ordenadores.

El rendimiento se controlaba de forma estricta: cada mes un supervisor entregaba al trabajador solo el 10% de sus ingresos, mientras que el 90% quedaba confiscado por el régimen. Durante la pandemia, las metas individuales pudieron superar los 8.000 dólares mensuales, cuando el auge del teletrabajo y el avance de la inteligencia artificial multiplicaron las oportunidades de infiltración. Nam Bada, activista y director del grupo de derechos humanos PSCORE en Seúl, señala que “unos pocos trabajadores informáticos pueden financiar un misil”.

Informes del consorcio internacional contra violaciones de sanciones y de organismos como la ONU confirman la amplitud del fenómeno: más de 40 países han sido objetivo o intermediarios de estas operaciones. Los reclutadores y supervisores seleccionan a personas con dominio de idiomas extranjeros y formación en instituciones destacadas.

En el mercado negro digital, ciudadanos estadounidenses reclutados por Koh y sus redes prestaban sus identidades y participaban en entrevistas por videollamada sin realizar el trabajo real; por ello recibían pagos puntuales de alrededor de 500 dólares o comisiones superiores al 30% de los ingresos generados.

La pandemia de Covid-19 y la expansión del trabajo remoto facilitaron estas prácticas. El acceso a software avanzado de edición y traducción permitió a los norcoreanos mejorar currículums en inglés, simular presencia en Estados Unidos y ocultar su identidad en entrevistas en vivo. Según Mun Chong-hyun, director del Genians Security Center, “operan online los fines de semana y de noche, generando ingresos que ayudan a mantener el régimen”.

Dinámica diaria y control en el extranjero

Koh describe jornadas de hasta 16 horas frente al ordenador; aunque las condiciones eran duras, tenían comodidades que la mayoría de los norcoreanos no conoce: suministro eléctrico estable, internet y alimentos variados. Si cumplían la cuota, los domingos podían comprar marcas estadounidenses como Nike o The North Face, o consumir platos como fideos fríos o brochetas de cordero.

La vida estaba marcada por un control estricto y el aislamiento: los supervisores instalaban software para monitorear la navegación y las comunicaciones, y las salidas estaban muy limitadas. Los trabajadores regresaban periódicamente a Corea del Norte para sesiones de “reeducación” de aproximadamente un mes, destinadas a reforzar la lealtad ideológica tras la exposición al extranjero.

El sentido del deber se inculcaba de forma persistente. Un informe de PSCORE de 2025 citado por The Wall Street Journal indica que muchos consideraban entregar la mayor parte de sus salarios como un acto de “deber patriótico”.

El despertar frente a la propaganda y la posible redención

El acceso fragmentado a internet llevó a Koh a cuestionar sus convicciones. Aprovechaba momentos de descanso para buscar información: sus primeras búsquedas incluyeron el nombre de “Kim Jong-il” y encontró reportes sobre lujos de la élite que contrastaban con las privaciones sufridas por la población en la década de 1990. Al principio lo atribuyó a “mentiras fabricadas”, pero la acumulación de testimonios y datos erosionó su lealtad al régimen.

Tras desertar y establecerse en Corea del Sur, Koh dice que su vida sigue marcada por exigencias laborales y soledad. Disfruta de tener un hogar propio, pero a veces se pregunta cómo lo verán sus antiguos colegas. En sus palabras: “Quizás piensen que soy un sucio traidor. Pero tal vez comprendan mi decisión en un plano humano”.

El impacto global y el desafío constante

La división Mandiant de Google afirma que al menos cientos de empresas de la lista Fortune 500 fueron infiltradas por estos operativos. Las jurisdicciones más afectadas son las que ofrecen salarios elevados y valor estratégico para el régimen. Informes y testimonios recopilados por The Wall Street Journal y la ONU indican que este método se ha extendido a más de 40 países y continúa adaptándose con el avance tecnológico.

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