Si Silicon Valley suele priorizar la velocidad y la innovación disruptiva, Nintendo adopta un enfoque más pausado y conservador, protegiendo su legado y su idea de lo que es “divertido”. Así lo describe Keza MacDonald en Super Nintendo: La compañía revolucionaria que desató el poder del juego.
A lo largo de décadas, Nintendo ha desarrollado consolas y juegos —desde la Game Boy y la Wii hasta la Switch— siguiendo una filosofía distinta a la de las grandes tecnológicas: busca la coherencia y el disfrute por encima de la ruptura constante y la maximización del beneficio. Incluso frente a tecnologías como los gráficos hiperrealistas o la realidad virtual, la compañía tiende a evitar las modas pasajeras y los riesgos extremos, una postura que algunos consideran la ha hecho más resistente ante las crisis.
MacDonald, editora de videojuegos en The Guardian, traza la trayectoria de la empresa desde sus orígenes modestos como fabricante de naipes hasta su evolución como actor principal en la industria del videojuego.
El libro organiza su relato alrededor de franquicias clave —como Donkey Kong, Pokémon y Animal Crossing— y analiza tanto el diseño de los títulos como la creatividad detrás de ellos. MacDonald combina entrevistas históricas y recientes con responsables de Nintendo y aficionados para explicar cómo se conciben estos universos familiares y coloridos y por qué siguen conectando con el público. El tono del libro recupera la nostalgia, de manera semejante a las reediciones de clásicos que comercializa la propia compañía.
El origen
Nintendo nació en Kioto en 1889, cuando Fusajiro Yamauchi empezó a fabricar hanafuda, cartas decoradas con motivos florales para el entretenimiento doméstico. La producción de esas cartas fue una apuesta oportuna cuando cesaron prohibiciones antiguas que las relacionaban con el juego y el crimen organizado.
En la década de 1960 la empresa se orientó hacia los juguetes, con éxitos como el Ultra Hand, una herramienta de plástico que vendió millones de unidades. En 1980 llegó el Game & Watch, un antecedente directo de la Game Boy que definió el papel de Nintendo en el incipiente mercado de dispositivos portátiles de videojuegos.
El siguiente paso fue conquistar los salones recreativos: el lanzamiento de Donkey Kong en 1981 fue un gran éxito comercial, generando ingresos millonarios en pocos años y consolidando la presencia de Nintendo en Estados Unidos.
MacDonald destaca que Donkey Kong aportó una propuesta distinta a lo existente: un diseño de juego con un aire caricaturesco y personajes con rasgos definidos. El triángulo entre un simio, un carpintero y su interés amoroso, inspirado por el creador Shigeru Miyamoto en referencias que van desde King Kong hasta cuentos clásicos, reveló desde temprano la prioridad de Nintendo por integrar personajes y narrativa en la jugabilidad.
Súper Mario, súper súper
La transición del arcade al salón doméstico se aceleró con la Nintendo Entertainment System, que lanzó Super Mario Bros. El juego fue un fenómeno que permitía a las personas entender su dinámica y explorar su mundo desde la primera partida, una cualidad que se repetiría en muchos títulos posteriores. En su diseño, el fontanero personifica la alegría del movimiento y la recompensa a la curiosidad del jugador.
Otros lanzamientos también apostaron por la sensación de aventura, como The Legend of Zelda (1986), que incentivó la exploración abierta y la inmersión en mundos fantásticos. Nintendo también tuvo experimentos menos aceptados: Metroid, del mismo año, ofrecía una experiencia de exploración sombría y menos lineal que confundió a algunos jugadores, aunque presentó elementos notables como Samus Aran, una de las primeras protagonistas femeninas en un gran videojuego.
Y llegó el COVID
En las últimas décadas Nintendo ha sabido diversificar su público. La Wii atrajo a audiencias adultas y mayores fomentando actividad física doméstica; Pokémon Go adaptó la franquicia a los teléfonos inteligentes; y durante los inicios de la pandemia, Animal Crossing: New Horizons se convirtió en un éxito por su propuesta de ritmo pausado, rutinas sencillas y sensación de control.
Según MacDonald, el hilo común de los productos de Nintendo es “un compromiso inquebrantable con la diversión”. Ese enfoque produce beneficios emocionales para los jugadores —por ejemplo, sensaciones de autodeterminación con Pokémon Go o de autoexpresión al diseñar un espacio en Animal Crossing— que explican en gran medida su atractivo.
Super Nintendo ofrece un recorrido entretenido y perspicaz por las franquicias de Nintendo, pero aborda con menos profundidad los aspectos corporativos. La naturaleza reservada de la compañía —empleados con largos periodos en la empresa y una gestión financiera discreta— obliga a la autora a apoyarse en entrevistas históricas para documentar decisiones empresariales. Además, el libro dedica escaso espacio a analizar la posición actual de Nintendo frente a retos como la inteligencia artificial y la realidad virtual. Las anécdotas de aficionados, aunque amenas, no sustituyen ese análisis estratégico; tampoco lo hace el apéndice con los “50 mejores juegos de Nintendo”.
En conjunto, Super Nintendo evidencia el magnetismo y el alcance global de la compañía y reconoce su mérito por construir universos lúdicos duraderos. Aunque el texto a veces roza la hagiografía, consigue arrojar luz sobre una empresa discreta cuya prioridad ha sido, durante décadas, ofrecer diversión a gran escala.

