18 de febrero de 2026
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Por qué la nueva guía alimentaria de Estados Unidos provoca debate entre médicos y científicos

La publicación en enero de la Guía Alimentaria para los Estadounidenses 2025-2030 ha generado un amplio debate internacional sobre su base científica y sus posibles efectos en la salud pública.

Dos artículos publicados este lunes en la revista médica The Lancet expresan críticas a las nuevas recomendaciones: uno firmado por Alla Hill, Peter Lurie y Lawrence O. Gostin, vinculados al Centro para la Ciencia en el Interés Público y a la Universidad de Georgetown, y otro elaborado por Guido Gembillo, Luca Soraci y Domenico Santoro, de la Universidad de Messina y el Centro Nacional de Investigación sobre el Envejecimiento de Italia.

El cardiólogo Eric Topol destacó la controversia sobre la solidez de la evidencia que sustenta las nuevas guías y advirtió en la red social X acerca de posibles riesgos para la salud pública.

El análisis de Hill, Lurie y Gostin —respaldado por el Centro para la Ciencia en el Interés Público y el Instituto O’Neill de Derecho Sanitario Nacional y Global de la Universidad de Georgetown— cuestiona el proceso de elaboración de esta edición. Señalan que se sustituyó un mecanismo tradicionalmente transparente por uno con falta de claridad y con participación de científicos que, según los autores, tenían conflictos de interés vinculados a la industria de la carne, los lácteos y los suplementos dietéticos.

Según estos investigadores, las nuevas guías desestiman conclusiones del Comité Asesor de Guías Alimentarias de 2025 y privilegian recomendaciones formuladas por un grupo reducido de expertos sin suficiente transparencia ni revisión pública. Advierten que ello ha dado lugar a directrices que revocan consensos anteriores y que podrían debilitar programas federales de nutrición.

El artículo subraya la ausencia en las nuevas guías de límites claros sobre el consumo de carne roja y productos procesados, la falta de un mayor énfasis en la elección de lácteos bajos en grasa y la omisión de orientaciones cuantitativas sobre el consumo de alcohol. Los autores sostienen que esa falta de rigor puede minar la confianza pública en las recomendaciones nutricionales, y critican además que la guía no aborda de manera adecuada las barreras sociales y económicas para una alimentación saludable; alertan asimismo sobre la eliminación del principal programa federal de educación nutricional y su posible impacto en la adopción de pautas sanas.

Por su parte, el artículo de Gembillo, Soraci y Santoro —de la Universidad de Messina y el Centro Nacional de Investigación sobre el Envejecimiento— centra la crítica en la pirámide alimentaria revisada y en la priorización de proteínas animales, lácteos enteros y grasas saturadas, elementos que, según estos autores, carecen de respaldo sólido en la evidencia epidemiológica y clínica actual.

Gembillo, Soraci y Santoro citan estudios internacionales que asocian un elevado consumo de carnes rojas y procesadas con mayor riesgo cardiovascular, mayor incidencia de diabetes tipo 2 y mayor mortalidad prematura. Señalan que sustituir proteínas animales por vegetales reduce riesgos cardiometabólicos y que la fuente de proteína suele ser más determinante que la cantidad total consumida.

Estos investigadores cuestionan también la recomendación de aumentar la ingesta de grasa saturada, indicando que ensayos clínicos no han mostrado beneficios cardiovasculares de dietas ricas en grasa animal, mientras que reemplazar grasas saturadas por poliinsaturadas mejora la salud coronaria. Además, advierten que la orientación de la guía estadounidense se aparta de modelos dietarios avalados internacionalmente, como la dieta de salud planetaria, que promueve menor consumo de carne roja, mayor inclusión de legumbres y una preferencia por grasas insaturadas.

El Dr. Eric Topol intensificó el debate al difundir documentos en redes sociales que, a su juicio, reflejan la falta de consenso científico y muestran que apartarse de recomendaciones internacionales basadas en evidencia puede representar un riesgo para la salud pública. Subrayó la necesidad de respaldo empírico en las políticas alimentarias para proteger el bienestar poblacional.

En el ámbito social, el consumo de proteínas de alta calidad en Estados Unidos ha aumentado impulsado por la industria alimentaria y las tendencias en redes sociales. La agencia EFE señaló recientemente que las cadenas comerciales han lanzado productos enriquecidos y que, según diversos estudios, los estadounidenses gastan alrededor de 50 USD semanales en proteínas, con predominio de opciones animales entre los jóvenes.

Expertos como Andrea Deierlein, directora de Nutrición de Salud Pública en la Universidad de Nueva York, advirtieron que este auge podría llevar a descuidar nutrientes esenciales como la fibra. La Asociación Americana del Corazón recomienda priorizar proteínas vegetales y limitar la grasa saturada, lo que contrasta con las nuevas guías oficiales. Asimismo, el Comité de Médicos por una Medicina Responsable ha señalado que dietas ricas en proteína y grasa animal aumentan el riesgo de enfermedades crónicas.

La médica internista y especialista en nutrición Marianela Aguirre Ackermann indicó a Infobae que “una alimentación saludable debe incluir una cantidad adecuada de proteínas de buena calidad, fibra dietaria, grasas esenciales —principalmente insaturadas como frutos secos, aceite de oliva, palta, semillas y pescados— y un aporte suficiente de vitaminas y minerales”. La endocrinóloga Ana Cappelletti añadió que la recomendación sobre consumo de proteínas debe considerar la edad, la función renal y el riesgo cardiovascular individual.

La nueva Guía Alimentaria de Estados Unidos 2025-2030 también recomienda reducir de manera significativa el consumo de alimentos ultraprocesados y de azúcares añadidos. Define los ultraprocesados como productos envasados, preparados o listos para consumir que suelen contener altos niveles de sal o azúcar —por ejemplo galletas, papas fritas y dulces— y alerta sobre su asociación con enfermedades como la diabetes y la obesidad.

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