Fueron años marcados por madrugadas interminables, por recorridos repetidos que poco a poco se volvieron parte de la rutina y por la constante compañía de pasajeros y compañeros. Conducir un colectivo implicó, además de cumplir un horario y recorrer un trazado, acumular historias cotidianas: reuniones improvisadas, despedidas a la carrera, conversaciones que empezaban en un semáforo y seguían varios paraderos. Ese trabajo no se limitó a una lista de tareas; se integró como una dimensión importante de la vida cotidiana y de la identidad personal.
El día a día incluía preparativos antes de salir, la atención a las condiciones del vehículo, la lectura del tránsito y la adaptación a imprevistos climáticos o de circulación. A lo largo de las jornadas se aprendía a valorar la puntualidad, la paciencia y la responsabilidad, pues la seguridad y el bienestar de otros dependían del desempeño profesional. Al mismo tiempo, la repetición de trayectos permitió conocer rostros habituales: pasajeros que subían siempre a la misma hora, quienes compartían noticias o simplemente saludaban con la confianza de la costumbre.
La relación con los compañeros fue otra dimensión central. En el ambiente laboral se forjaron la solidaridad, el consejo práctico y, en ocasiones, la amistad. Compartir turnos y cambios implicó también relevar historias y aprendizajes: cómo manejar situaciones difíciles, qué rutas evitaban los atascos en determinados horarios, o cómo contener a un pasajero nervioso. Ese intercambio de saberes dejó una huella que trascendió la función instrumental del trabajo.
Más allá de la rutina, el vínculo con la comunidad fue profundo. El colectivo fue testigo de instantes cotidianos y de momentos significativos: carreras para no perder el colectivo, carcajadas compartidas, saludos entre vecinos, y también silencios que hablaban de preocupaciones y desafíos. Todas esas vivencias construyeron una colección de recuerdos que al final del turno quedaban como retazos de una vida vivida en movimiento.
Al llegar el momento de detenerse o de mirar en perspectiva, lo que queda es una sensación de gratitud por lo aprendido y por las relaciones cultivadas. Dejar el volante no implica borrar la experiencia: las madrugadas, los recorridos y las historias continúan formando parte de la memoria y del relato personal. En resumen, aquello que fue presentado en su momento como un trabajo se revela como una etapa que aportó sentido, enseñanzas y una mirada particular sobre la cotidianeidad compartida.

