22 de febrero de 2026
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Estados Unidos invirtió 30.000 millones en digitalizar escuelas y la Generación Z rinde menos

Estados Unidos invirtió más de 30.000 millones de dólares para equipar las escuelas con tecnología, pero psicólogos y especialistas advierten que esa expansión digital ha afectado negativamente el aprendizaje de los jóvenes: la Generación Z presenta resultados cognitivos y académicos inferiores a los de generaciones anteriores.

La intención inicial de cerrar la brecha digital, ejemplificada por la iniciativa pionera de Maine en 2002, choca ahora con la paradoja de una generación que, pese a contar con acceso amplio a computadoras y tabletas, obtiene peores puntajes en pruebas estandarizadas y muestra dificultades para mantener la atención.

Qué dicen los expertos sobre este problema que atraviesa la Generación Z

Entre las advertencias más contundentes está la del neurocientífico Jared Cooney Horvath. En su testimonio ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado de EE. UU., Horvath afirmó que la Generación Z es la primera en retroceder en desempeños académicos respecto a la generación previa.

Según su análisis, el acceso ilimitado a dispositivos no ha potenciado las capacidades de los jóvenes y, en cambio, ha contribuido a su deterioro. Horvath sostiene que la tecnología favorece la distracción y dificulta la consolidación del aprendizaje, más que facilitarlo.

Las repercusiones ya se observan en el mercado laboral: un estudio de la Universidad de Stanford señala que la llegada de la inteligencia artificial (IA) perjudica de forma desproporcionada a trabajadores jóvenes y con menos habilidades, reduciendo sus oportunidades y su capacidad de adaptación frente a futuros retos.

Cómo ha sido la apuesta en Estados Unidos por la digitalización en las escuelas

Un caso emblemático es el de Maine, que en 2002 puso en marcha una política a gran escala para entregar computadoras portátiles en las escuelas.

Promovido por el entonces gobernador Angus King, el programa distribuyó 17.000 computadoras Apple a estudiantes de séptimo grado en 243 escuelas; para 2016 la cifra de dispositivos entregados llegó a 66.000.

No obstante, evaluaciones internacionales y otras pruebas estandarizadas no mostraron mejoras académicas proporcionales a la inversión tecnológica, como informó Fortune en 2017. El exgobernador Paul LePage llegó a calificar la iniciativa de “fracaso rotundo”, pese a que el estado continuó ampliando contratos con Apple.

Qué impacto ha tenido la tecnología en las aulas de clase

Con la masificación de computadoras y tabletas, el uso de tecnología en las aulas de Estados Unidos aumentó de forma notable en la última década. Una encuesta del Centro de Investigación EdWeek realizada en 2021 a 846 docentes indicó que el 55% empleaba herramientas digitales entre una y cuatro horas diarias, y otro 25% las usaba más de cinco horas al día.

Lo que los profesores perciben no siempre coincide con el uso real de los alumnos. Un estudio de 2014 basado en observación y encuestas a 3.000 estudiantes universitarios encontró que gran parte del tiempo frente a la pantalla se dedica a actividades no relacionadas con la clase: aproximadamente dos tercios del tiempo de pantalla correspondía a fines no académicos.

Horvath atribuye esa dispersión de la atención a las múltiples distracciones que ofrecen los dispositivos. Explica que la atención fragmentada perjudica la memoria y aumenta la probabilidad de errores, y que el cambio constante entre tareas impide un aprendizaje profundo. En su criterio, el aprendizaje requiere esfuerzo y fricción para consolidarse y ser transferible en el futuro.

Cuáles iniciativas estatales se han impuesto para este problema

La respuesta institucional frente a los efectos adversos de la tecnología en la educación ha sido diversa. Desde la proliferación de teléfonos móviles, varios estados y distritos escolares han adoptado políticas para restringir su uso durante el horario escolar.

Hasta agosto de 2025, 17 estados habían impuesto prohibiciones sobre los teléfonos móviles en las escuelas y 35 estados mantenían leyes que limitaban su uso en las aulas.

Según el Centro Nacional de Estadísticas Educativas, más del 75% de las escuelas declaran tener políticas destinadas a impedir el uso de teléfonos con fines no académicos, aunque la eficacia de estas normas varía según la implementación local.

Como medidas a largo plazo, Horvath propone establecer estándares de eficacia antes de integrar nuevas herramientas digitales en el aula y restringir la recopilación y el procesamiento de datos de menores. Sugiere además que el Congreso financie investigaciones sobre el valor pedagógico real de cada dispositivo y que la legislación imponga límites estrictos al seguimiento del comportamiento estudiantil.

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