25 de marzo de 2026
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Maternidad en el psicoanálisis: clásicos y nuevas voces

Un prejuicio en el psicoanálisis contemporáneo consiste en enfrentar maternidad y feminidad, como si lo materno no supusiera ninguna forma de realización para la mujer. No se sostiene que la maternidad sea un destino ni que exista un “instinto materno” rígido, pero al desplazar la discusión hacia un extremo a veces se pasa por alto qué aspecto de la mujer se activa con la llegada de un hijo.

No es una realización obligatoria ni la única posible: muchas mujeres eligen otras vías. Aun así, cabe preguntarse qué sucede en la experiencia de una mujer cuando se convierte en madre. La tradición psicoanalítica clásica abordó este tema en obras destacadas, como Psicología de la mujer (Helen Deutsch, 1944), La sexualidad de la mujer (Marie Bonaparte, 1951) y Psicología femenina (Karen Horney, 1967).

Si se sintetizan estos textos, emergen temas recurrentes: la menstruación, la necesidad neurótica de amor, la pasividad y el masoquismo, las inhibiciones y temores, y la maternidad. Estas autoras también reivindicaron la bisexualidad femenina y criticaron el ideal monógamo dominante.

Lejos de promover que la mujer permanezca confinada al hogar, estas psicoanalistas defendieron modelos de mujer más liberados y eróticos, en contraste con interpretaciones que simplifican a Freud como quien habría romantizado a la mujer desde un lugar externo en vez de atender la vida íntima femenina.

La maternidad como síntoma

Un libro que muestra la complejidad de estas cuestiones es ¿Por qué las mujeres aman a los hombres y no a su madre? (1995) de Marie‐Christine Hamon, un estudio que expone cómo Freud fue modificando sus ideas gracias a las aportaciones de las analistas de su tiempo. Uno de los límites a los que llegó Freud tiene que ver con la separación respecto de la madre.

Por eso, la mirada posfreudiana sobre lo materno no suele consistir en un elogio acrítico de la “madre feliz”. Estos ensayos exploran conflictos con la propia madre, orígenes del deseo de tener hijos, la culpa posparto (hoy en parte reconocida como depresión) y el apego excesivo hacia los hijos.

Sobre este último punto, Karen Horney describió, ya en 1933, conductas de hipervigilancia maternal: madres que perciben peligros permanentes para sus hijos, que extreman cuidados y renuncian a otras actividades frente a la más mínima indisposición del niño.

Horney interpreta esa sobreprotección como un sobreinversión de tipo incestuoso en la relación madre‐hijo: un temor proyectado hacia el exterior que disimula un deseo interno no reconocido. En ese movimiento la madre llega a proteger al niño incluso de sí misma, sin tomar conciencia plena de ello.

Es notable que ese diagnóstico, formulado hace casi un siglo, hoy coincida con comportamientos que muchas veces se consideran normales. Hay que recordar que las condiciones sociales han cambiado: las madres asumen más tareas y cuentan con instituciones de apoyo más limitadas; además, la sobreinformación contemporánea introduce nuevas preocupaciones (microplásticos, debates sobre vacunas, etc.).

Aunque estas analistas consideraban la maternidad como un síntoma analizable, eso no implica que estuvieran en contra de la maternidad; más bien, le atribuían límites. Si la maternidad podía facilitar la separación de la propia madre, era deseable que la nueva relación con los hijos no reprodujera la misma dependencia. En suma: la forma en que una mujer se relaciona con sus hijos puede decir mucho sobre cómo se separó de su madre.

Esos textos surgieron también en contextos de creciente liberación femenina. Las autoras celebraron esos avances pero mantuvieron reservas: fuera del hogar la mujer ganaba espacios, pero también enfrentaba más inseguridades y la tentación de “masculinizarse”, perdiendo rasgos que la maternidad podía aportar.

En general, estas pensadoras mantuvieron una actitud ambivalente: rechazaron que la vida gire enteramente en torno a los hijos, sin negar el valor del cambio de estatus que supone “ser madre”.

Una pionera en Argentina

En Argentina, un antecedente importante es Maternidad y sexo (1951) de Marie Langer, cuyo tono inicial expresa la necesidad de aportar una perspectiva psicoanalítica sobre los trastornos de las funciones procreativas femeninas, en un contexto de cambios sociales significativos.

Langer observaba que, en el último siglo, las mujeres habían ganado libertades sexuales y sociales nuevas, pero además enfrentaban restricciones culturales y económicas que complicaban la maternidad. Propuso mirar estos problemas más allá del enfoque médico tradicional.

Con ejemplos provocativos, Langer destacaba contrastes entre generaciones y subrayaba que la fertilidad humana tiene un componente psicógeno: la tasa de éxito de la fecundación en humanos es muy variable y hay casos en que factores psíquicos parecen intervenir en la anovulación o en respuestas extremas al embarazo.

En esa época ya empezaban a derivarse pacientes a terapias de pareja y tratamientos psicoterapéuticos individuales para abordar dificultades reproductivas. Asimismo se observó que, a veces, las parejas conciben cuando dejan de buscar activamente, lo que sugiere la intervención de factores inconscientes.

Langer describió casos clínicos donde el deseo de un hijo coexistía con miedos intensos: temor a morir en el parto, miedo a perder el afecto del cónyuge o angustia por la reacción de la propia madre. En esas narrativas la maternidad aparece como una “realización” que implica pérdida —de la posición de hija y de ciertos vínculos— y la necesidad de atravesar sentimientos ambivalentes.

Para Langer, la maternidad ofrece la ocasión para que algo se vuelva real en la vida de una mujer, pero ese proceso conlleva odio, culpa y conflictos ligados a la propia historia familiar. Su preocupación central era la transmisión del amor por la vida entre generaciones y el riesgo de que, por miedo o culpa, algunas mujeres renuncien a ser madres.

El rechazo de la madre

En las últimas décadas se puso mayor énfasis en la línea materna: la relación entre madre, hija y abuela y la transmisión entre generaciones desde la perspectiva femenina, en contraposición a una mirada centrada exclusivamente en la filiación paterna.

En ese marco, Verónica Buchanan publicó El tabú de la maternidad. Rechazo y deseo de separación, un ensayo que reflexiona sobre el vínculo materno y documenta la experiencia clínica de una psicoanalista que acompaña a mujeres que son o desean ser madres.

Buchanan aborda varios prejuicios: por ejemplo, la idea de que el paciente se analiza siempre desde una posición infantil. Ciertamente, la figura de la madre aparece en muchos análisis, pero hoy es frecuente que las mujeres trabajen en terapia cuestiones ligadas a su propia maternidad.

Antes era habitual suspender el análisis durante el embarazo; hoy suele mantenerse y acompañar los primeros tiempos con el bebé. Buchanan también analiza situaciones contemporáneas como la búsqueda de hijos sin pareja y las pérdidas simbólicas que implican esas decisiones: duelo por el erotismo, por la idea de concebir con otra persona y por la soledad que a menudo acompaña la maternidad.

Ser madre no equivale automáticamente a “devenir madre”: la experiencia implica enfrentarse a una soledad singular, que puede ser abrumadora. Esa soledad no se borra con redes sociales o apoyos comunitarios; en el mejor de los casos se localiza y se vuelve vivible.

Una manifestación extrema de esta carga es la creencia de que la madre debe saber todo sobre su hijo, o el sufrimiento interiorizado que se expresa en frases como “Nadie entiende lo que me pasa” o “Vos no sabés porque no sos madre”. Buchanan subraya que la maternidad suele estar atravesada por fantasías de rechazo y abandono: la hija se separa con decepción, y la madre, al separarse de su hija, revive su propia separación de la madre precedente.

El ensayo recupera además el origen psíquico del deseo de tener hijos: no tanto como imitación lúdica de jugar a ser madre, sino como una respuesta a la primera separación de la niña respecto de su madre, una forma de apropiación que exige pérdida y autorización.

Buchanan analiza la noción de “tener”: tener un hijo no es una posesión simple, sino una apropiación que implica pérdida. Muchas madres experimentan un grado de pérdida cuando sus hijos se apartan; otras atraviesan duelos mayores, como la pérdida de un hijo. En todos los casos, la maternidad puede activar núcleos melancólicos que requieren trabajo psíquico.

Si Marie Langer escribió sobre la maternidad en su tiempo centrándose en conflictos de pareja y fertilidad, Buchanan ofrece el diagnóstico de nuestra época: para muchas mujeres, el conflicto principal se juega en la relación con su propia madre. Su libro recoge la voz de mujeres en análisis que cuentan sus dramas como hijas y como madres, sin reducir su experiencia a una infantilización.

Buchanan propone una reflexión sincera y profunda, capaz de poner en diálogo la teoría psicoanalítica con las experiencias actuales de la maternidad, mostrando cómo el trabajo analítico sobre la relación con la madre sigue siendo central para poder asumir la propia maternidad desde un lugar más vivido y menos repetitivo.

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