Isabel II prefería una hamburguesa sin pan elaborada con carne de ciervo de sus cotos y arándanos; era una preparación casera que, según antiguos chefs reales como Darren McGrady, siempre se comía con cuchillo y tenedor en lugar de al estilo de comida rápida.
La carne procedía de los venados cazados en Balmoral, la residencia escocesa de la familia real. Los arándanos se incorporaban para dar un matiz distintivo y la ausencia de pan respondía a la aversión de la monarca por los carbohidratos refinados.
El uso de cubiertos era una regla fija fuera del té de la tarde: la reina solo permitía comer con las manos durante ese momento, mientras que el resto de las comidas seguían una etiqueta estricta, según publicaciones como Hello! Magazine y British Heritage.
La nutricionista Marilia Chamon señaló que la carne de ciervo aporta proteínas de alta calidad, hierro, zinc y vitaminas del grupo B, además de menos grasa que la ternera. Evitar el pan ayudaba, en términos de control glucémico, a mantener niveles de glucosa más estables tras las comidas.
Comer despacio y con cubiertos favorecía la sensación de saciedad y podía disminuir el riesgo de ingestas excesivas, añadió la especialista.
Las reglas de etiqueta y la mesa real
Las costumbres en la mesa en las residencias reales eran muy regladas; la reina seguía de forma inflexible la norma de no comer con las manos salvo en el té, como han descrito quienes trabajaron en sus cocinas.
La organización culinaria también era metódica: los menús se planificaban con antelación y se registraban en un libro de cuero rojo redactado en francés, reflejando la tradición gastronómica que predominaba en el servicio.
Cada semana la reina revisaba los menús y podía pedir cambios o rechazar propuestas; según McGrady, durante su servicio nunca se preparó pizza en palacio porque predominaba la cocina de raíces francesas.
Platos favoritos y productos locales
Entre sus preferencias figuraban las carnes de caza, especialmente el venado, y platos como el Gaelic steak con salsa de whisky y champiñones. De entrante solía elegir el pâté Gleneagles, elaborado con salmón ahumado, trucha y caballa de los ríos de Balmoral.
El uso de ingredientes locales, como el salmón del río Dee, era habitual y reforzaba el vínculo de la monarca con los productos de sus propiedades.
La planificación seguía criterios estacionales: las frutas se servían solo en su temporada —por ejemplo, las fresas de Balmoral eran aceptadas en verano y rechazadas fuera de estación—, según relatos de quienes trabajaron en la cocina real.
Restricciones y preferencias alimenticias
La dieta de Isabel II excluía o limitaba varios alimentos comunes. Cuando comía sola solía evitar pan, patatas y pasta, prefiriendo ensaladas, pescado a la parrilla o pollo con verduras. En cuanto a la carne, optaba por cortes bien hechos.
El ajo y la cebolla estaban prácticamente descartados para evitar olores fuertes antes de actos públicos. Los sándwiches debían llevar los bordes recortados y nunca presentarse en forma cuadrada, siguiendo tradiciones y supersticiones vinculadas a la etiqueta.
Su desayuno era sencillo: cereales guardados en recipientes para mantenerlos frescos y frutas del lugar, a veces huevos revueltos con salmón ahumado. Solía beber té Earl Grey con leche, sin azúcar.
El consumo de hamburguesas según la realeza
La singularidad de la hamburguesa de Isabel II residía tanto en los ingredientes como en la forma de consumirla: una versión casera y adaptada a las normas de la mesa real.
La hamburguesa de ciervo con arándanos y sin pan, consumida con cubiertos, se diferenciaba claramente de la imagen típica de la comida rápida; respondía a criterios de etiqueta y también a decisiones sobre control de raciones y beneficios nutricionales.
Según McGrady, en Balmoral se preparaban hamburguesas de ciervo con arándanos pero nunca se servían con pan. En la mesa de la reina, las bebidas antes y después de las comidas podían incluir gin con Dubonnet antes del almuerzo y champán al finalizar.
La alimentación de Isabel II se caracterizó por la moderación y la constancia: aunque apreciaba el chocolate en ocasiones, prefería menús sencillos con carnes magras y verduras frescas.
La rigurosa selección de productos y la observancia de la etiqueta reflejaban tanto su carácter personal como la percepción de la comida como parte de la tradición e identidad de la Corona.

