17 de mayo de 2026
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Evitar la trampa de Tucídides entre China y Estados Unidos

Xi Jinping usó la expresión al expresar su deseo de que ambos países “trasciendan la Trampa de Tucídides para forjar un nuevo modelo de relaciones entre las grandes potencias”, es decir, que primen la cooperación por sobre la confrontación.

La “Trampa de Tucídides” fue popularizada por Graham T. Allison a partir del análisis del historiador griego Tucídides sobre la guerra entre Atenas y Esparta: cuando una potencia emergente desafía a la hegemónica, el conflicto suele ser la consecuencia. Allison revisó 16 casos históricos y halló que 12 terminaron en guerra. La pregunta es si China y Estados Unidos evitarán ese destino.

La reciente reunión en Beijing fue, en efecto, una cumbre auténtica: no por la firma de acuerdos, sino por la amplitud y trascendencia de los temas abordados. Rememoró en parte los encuentros entre dirigentes de EE. UU. y la URSS durante la Guerra Fría, aunque ahora se discutieron asuntos económicos que entonces eran menos relevantes por la menor integración soviética en el mercado mundial.

¿Qué resultados concretos dejó la cumbre? Más allá del encuentro en sí, las señales públicas y los temas tratados marcan avances y límites.

Al día siguiente, el Ministerio chino de Comercio informó un acuerdo para reducir aranceles sobre ciertos productos “que suscitan preocupación”, sin detallar cuáles. Aunque limitado, ese paso simboliza progreso; también reafirma que China debe participar en soluciones a problemas globales, como la seguridad en el estrecho de Ormuz, lo que subraya su estatus de actor central.

Beijing ha conquistado la posición de negociar en pie de igualdad sobre aranceles tras responder a sanciones estadounidenses y ejercer control sobre recursos estratégicos como las tierras raras, donde tiene una ventaja global notable.

En octubre del año pasado ambas partes pactaron una tregua que persiste. Aunque no hubo nuevos tratados en Beijing, las reuniones previas y la reducción de acusaciones mutuas indican negociaciones serias. La prensa, con expectativas moderadas, acertó en anticipar una agenda sin anuncios espectaculares.

El entorno positivo se reflejó en la recepción de Xi a Trump y en la actitud del presidente estadounidense, quien pareció valorar el gesto de respeto y la ceremonia oficial, elementos que habían faltado durante la administración anterior.

Trump, conocido por expresar abiertamente sus emociones, mostró satisfacción y mantuvo la línea pautada por negociadores, lo que sugiere que, para él, las relaciones personales tienen gran peso en la diplomacia.

En el banquete, Xi afirmó que el “gran rejuvenecimiento” de China es compatible con el lema Make America Great Again, y Trump invitó a Xi y a su esposa a la Casa Blanca para el 24 de septiembre, una cita que eleva las expectativas de resultados concretos.

Uno de los asuntos críticos es Taiwán. Trump dijo que no hubo “ningún compromiso”, pero para Pekín la cuestión es central y es probable que Xi busque presentarla como éxito ante el próximo congreso del Partido Comunista.

El viaje de Nancy Pelosi a Taiwán en 2022 precipitaron tensiones que persistieron; aquella acción permitió a Xi consolidar una respuesta firme y deterioró las relaciones bilaterales. Para China, la soberanía sobre Taiwán es un asunto que podría desencadenar una respuesta militar inmediata.

En Beijing también se discutió Irán. Las declaraciones chinas fueron coherentes con su política habitual: oposición a la proliferación nuclear y rechazo a la idea de cobrar “peaje” en vías marítimas internacionales como el estrecho de Ormuz. En la narrativa pública, la posición china sobre Taiwán resonó con más fuerza que la estadounidense sobre Irán.

La competencia por la primacía entre China y EE. UU. es evidente: China reproduce pasos que Estados Unidos siguió para desafiar al imperio británico. Frente a ello, la prioridad práctica es evitar el conflicto abierto.

La vía para evitar la guerra es la negociación y la regulación, haciéndolas predecibles. La Guerra Fría ofrece un ejemplo: pese a su tensión, EE. UU. y la URSS regularon su rivalidad, evitando un enfrentamiento directo gracias, en parte, a la disuasión nuclear.

Tras la crisis de Cuba, Occidente y la URSS desarrollaron una política de détente y entendimiento sobre “líneas rojas” que cada parte debía respetar. En la cumbre no quedó claro cuáles son las líneas rojas chinas sobre Irán; sí se ha dejado claro que la independencia de Taiwán sería un detonante militar para Pekín. No está claro si EE. UU. consideraría un bloqueo de la isla como su propia línea roja.

China y EE. UU. pueden no evitar la Trampa de Tucídides por completo, pero sí aprender a manejar sus diferencias. Un primer paso es la identificación mutua y transparente de las líneas rojas.

Un equivalente económico del détente podría comenzar con acuerdos sobre aranceles y ampliarse a un marco más amplio de reglas comerciales. Dado el tamaño de ambas economías, cualquier arreglo tendría efectos globales y probablemente obligaría a otros países a adaptarse.

Hay al menos tres áreas ineludibles a negociar: aranceles como primer paso de reglas económicas compartidas; Taiwán como asunto urgente de seguridad; e Inteligencia Artificial, donde la experiencia en control de riesgos atómicos podría orientar mecanismos de regulación.

Ningún otro actor tiene la capacidad combinada de China y EE. UU. en IA, por lo que coordinar reglas y límites es esencial. La competencia tecnológica incluye también la carrera espacial y planteamientos militares sobre el dominio del espacio.

Hoy no puede decirse que China y EE. UU. sean “socios” como se pensó en los años Clinton. La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 estadounidense marcó un giro al priorizar la competencia económica como eje central.

Ver a China como amenaza revela que Washington tardó en percibir a Pekín como su principal rival. La dependencia estadounidense en ciertos insumos, como las tierras raras, expone esa miopía.

La relación pasó por distintas etapas desde la apertura iniciada en 1972 con Nixon. Ese acercamiento facilitó el desarrollo económico chino, algo que EE. UU. esperó condujera también a cambios políticos que no se materializaron plenamente.

La ilusión de que la integración económica produciría democratización y cambios políticos llevó a políticas de “interdependencia” y traslado masivo de producción hacia Asia, con efectos de desindustrialización en algunas regiones de EE. UU.

Desde Clinton hasta Obama primó esa visión; con Trump hubo una ruptura en lo político y, tras la pandemia, se puso en evidencia la vulnerabilidad en cadenas de suministro y producción farmacéutica. El rumbo de las negociaciones actuales aún no está definido.

¿Es posible una relación más estable y predecible? ¿Marcará esta fase el inicio de una nueva forma de coexistencia estratégica similar al détente? El contexto global ha cambiado, con la globalización y la IA redefiniendo prioridades y alianzas.

Una vía para que EE. UU. tenga mayor influencia sobre China pasa por asegurar suministros energéticos: hoy EE. UU. es gran productor de petróleo y China ha perdido acceso confiable a fuentes como Irán y Venezuela. Garantizar acceso al crudo podría servir de base de buena voluntad y equilibrar la dependencia china en tierras raras.

Si esa alternativa no se ofrece, Pekín podría profundizar su dependencia del petróleo ruso, consolidando una alianza con tonos antiestadounidenses. Para China, el respeto y el trato igualitario son reclamaciones culturales y estratégicas, vinculadas a su historia y a su aspiración de gran potencia.

En conclusión, la próxima visita de Xi a Washington tiene que producir resultados tangibles además de buen clima. Sin acuerdos concretos, la percepción de fracaso crecerá, sobre todo en el contexto político interno de EE. UU. y ante las próximas elecciones.

La desconfianza persiste: se extremaron medidas de seguridad durante la visita y la ausencia de regalos refleja el recelo mutuo. Además, China es hoy un régimen autoritario en el que Xi concentra poder y cuyo pensamiento político ocupa un lugar constitucional, mientras se proyecta la meta del centenario en 2049.

@israelzipper

Máster y PhD en Ciencia Política (U. Essex), Licenciado en Derecho (U. Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)

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