En el extremo este de la isla Georgia del Sur, en la bahía Gold, se encuentra el Glaciar Bertrab, un glaciar pequeño y remoto rodeado de anfiteatros rocosos y praderas de pasto tussock. Aunque poco conocido, constituye un espacio ecológico de gran importancia.
Fue identificado por la Segunda Expedición Antártica Alemana (1911–1912) dirigida por Wilhelm Filchner y recibió el nombre del general alemán von Bertrab. Pese a su tamaño reducido frente a los vastos hielos antárticos, desempeña un papel relevante en el equilibrio del ecosistema subantártico.
Un glaciar oculto en el Atlántico Sur
El Glaciar Bertrab es un glaciar de montaña cuyo hielo desciende hasta el mar, flanqueado por paredes rocosas y vegetación de tonos verdes. Su aspecto escénico atrae a los pocos expedicionarios que alcanzan esta zona remota.
El acceso a Georgia del Sur es muy limitado: no hay pistas de aterrizaje ni servicios turísticos convencionales. La mayoría de los visitantes llegan en cruceros de expedición desde Ushuaia o las Islas Malvinas y, al desembarcar en Gold Harbour, deben cumplir estrictos protocolos de bioseguridad para proteger la flora y fauna locales.
El entorno prístino permite observar pequeños témpanos que flotan en la bahía, con tonos que van del blanco al azul profundo, en contraste con playas de arena oscura y pastizales, lo que configura un paisaje singular.
Un papel ecológico fundamental
Además de su valor paisajístico, el Glaciar Bertrab aporta agua de deshielo rica en minerales a las aguas costeras, lo que favorece la presencia de krill y peces. Esta fuente de alimento sostiene una de las mayores colonias de pingüinos rey del planeta, así como elefantes marinos y diversas aves marinas.
El glaciar también influye en el microclima local, afectando temperatura y humedad en la bahía y creando condiciones que favorecen a especies adaptadas a este entorno. La interacción entre hielo, fauna y vegetación hace del Bertrab un elemento clave para la biodiversidad del Atlántico Sur.
Georgia del Sur, administrada por Reino Unido, está reconocida como un área de alto valor científico y ecológico. Las restricciones al turismo y las medidas de protección buscan preservar su integridad, aunque el equilibrio es frágil y vulnerable a presiones externas.
Retroceso y señales del cambio climático
El estado de conservación del Glaciar Bertrab es motivo de preocupación: en las últimas décadas ha mostrado un retroceso significativo, un patrón común en los glaciares subantárticos. Un estudio de la Universidad de Cambridge indica que desde mediados del siglo XX su frente se ha retirado hacia las tierras altas, dejando al descubierto rocas que antes estaban cubiertas por hielo.
Este retroceso es una manifestación del calentamiento global en el hemisferio sur. La pérdida de hielo altera el paisaje y afecta la disponibilidad de alimento en la bahía, con consecuencias para las especies que dependen de ese suministro.
La situación del Bertrab ejemplifica la preocupante disminución de glaciares a nivel mundial, cuyas repercusiones incluyen cambios en los regímenes de precipitación, el aumento del nivel del mar y riesgos para las comunidades animales vinculadas a estos hábitats. Su fragilidad y valor ecológico hacen de su protección una prioridad en los esfuerzos de conservación frente al cambio climático.


