Las Islas Chafarinas son un archipiélago poco conocido bajo soberanía española, formado por la Isla del Congreso, la Isla Isabel II y la Isla del Rey Francisco. Se sitúan en el mar Mediterráneo, a unos 3,5 km de la costa norteafricana y alrededor de 48 km al este de Melilla.
Aunque su superficie total apenas alcanza las 52 hectáreas, su situación estratégica y su valor científico y medioambiental son notables.
Un enclave con historia y misterio
La presencia humana en las Chafarinas se documenta desde tiempos antiguos, pero la ocupación formal por parte de España se produjo el 6 de enero de 1848, cuando una expedición estatal reclamó soberanía sobre el archipiélago.
Según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), aquella acción buscaba impedir la ocupación por otras potencias europeas y afianzar el control español en una posición estratégica frente a la costa africana.
A lo largo de los años, las islas han alojado guarniciones militares y han servido como puestos de vigilancia. En la actualidad no existe población civil permanente: solo residen allí científicos y un pequeño destacamento militar. Ese aislamiento ha preservado su carácter alejado del turismo masivo y de la urbanización que afectan a otras islas mediterráneas.
La vida en las Chafarinas transcurre en condiciones de aislamiento relativo, con comunicaciones y servicios limitados. El personal que trabaja allí depende en gran medida de recursos propios y de soluciones de autosuficiencia, lo que contribuye al halo de misterio que rodea al archipiélago.
Un santuario natural fuera del alcance turístico
A diferencia de otros destinos del Mediterráneo, las Chafarinas son prácticamente inaccesibles al público general.
El conjunto del archipiélago está declarado Refugio Nacional de Caza y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), por lo que el acceso queda restringido a personal autorizado, investigadores y militares. Los permisos, gestionados por el Ministerio de Defensa y organismos ambientales, son muy limitados.
Esta política de protección responde a la fragilidad de su ecosistema y a la necesidad de salvaguardar especies amenazadas. En las Chafarinas se han observado ejemplares de la foca monje del Mediterráneo, que utiliza las cuevas como refugio, y la gaviota de Audouin cuenta aquí con una de sus colonias de cría más relevantes a nivel mundial.
El aislamiento ha favorecido la conservación de hábitats valiosos. Sus fondos marinos mantienen praderas de posidonia oceánica, comunidades de corales y moluscos que han desaparecido en zonas más intervenidas. La ausencia de turismo y de grandes infraestructuras ha permitido que la naturaleza se desarrolle con menor presión humana.
Ciencia en condiciones extremas
Hoy la presencia humana se limita a equipos científicos y a personal militar. Los investigadores trabajan en condiciones de aislamiento, apoyándose en energía solar y en desaladoras para disponer de agua potable.
Lejos de ser solo un inconveniente, ese entorno convierte a las islas en un observatorio excepcional para estudiar los ecosistemas marinos y las estrategias de conservación en espacios protegidos.
En la Isla del Congreso se encuentra el yacimiento conocido como “El Poblado del Cantil”, donde se han hallado restos que evidencian actividad humana desde hace miles de años, lo que confirma el papel histórico de las Chafarinas como lugar de paso y refugio en la navegación mediterránea.
El principal valor del archipiélago reside en su aislamiento: la escasa intervención humana ha permitido que la biodiversidad prospere y que los fondos marinos se conserven en un estado muy favorable.
La gestión compartida entre el Ministerio de Defensa y el Organismo Autónomo Parques Nacionales busca mantener este rincón del Mediterráneo como santuario dedicado a la investigación y a la protección ambiental.
Para científicos y gestores, las Islas Chafarinas son un laboratorio natural y un ejemplo de cómo una intervención mínima puede contribuir a la supervivencia de especies amenazadas y a la conservación de hábitats prioritarios.


