Mentir es habitual en la adolescencia, pero cuando se convierte en un patrón persistente y difícil de controlar puede indicar problemas más profundos. Un estudio de la Universidad McGill encontró una relación entre la llamada mentira patológica en adolescentes y alteraciones en funciones cognitivas clave, como la memoria de trabajo y el control de impulsos.
Los autores advierten que, en algunos jóvenes, la repetición del engaño no responde solo a una intención deliberada de manipular, sino que puede reflejar dificultades para regular el comportamiento y prever las consecuencias de sus actos.
Qué se entiende por mentira patológica
El trabajo, publicado en el Journal of Psychopathology and Behavioral Assessment, analizó datos de más de 500 adolescentes de entre 10 y 18 años en Estados Unidos, con información complementaria provista por sus padres. Mediante encuestas y pruebas estandarizadas, se evaluó la frecuencia de las mentiras y el desempeño en funciones ejecutivas.
En el estudio, la mentira patológica se definió como un patrón compulsivo y persistente de engaño que se mantiene incluso cuando no hay un beneficio claro o cuando las consecuencias pueden ser adversas. A diferencia de las mentiras ocasionales, aquí hay dificultad para inhibir el impulso de mentir.
Del total de participantes, 63 adolescentes mostraron indicadores consistentes con este patrón y, en promedio, reportaron alrededor de 9,6 mentiras por día, una frecuencia notablemente mayor que la del resto del grupo.
El rol de la memoria y el control de impulsos
Un hallazgo central fue la asociación entre la mentira patológica y déficits en la memoria de trabajo —que mantiene información activa para pensar y anticipar consecuencias— junto con dificultades en el control de impulsos, es decir, en la capacidad para inhibir respuestas automáticas.
Según la coautora Victoria Talwar, esas limitaciones pueden hacer que las mentiras aparezcan de forma impulsiva, sin una evaluación previa de lo que ocurrirá después. En otros términos, algunos adolescentes tienen problemas para frenar la conducta y prever sus efectos.
Esto no significa que sean más hábiles para engañar; por el contrario, las dificultades cognitivas detectadas podrían convertir la mentira en una reacción automática ante distintas situaciones.
El estudio también observó que los adolescentes con mentira patológica presentaban más problemas de atención y autorregulación que sus pares, aunque este perfil no coincide necesariamente con trastornos de conducta ni con rasgos antisociales.
Talwar enfatiza que no todos los jóvenes que mienten compulsivamente encajan en categorías clínicas tradicionales, lo que sugiere que la mentira patológica puede ser un fenómeno diferenciado asociado a déficits cognitivos específicos más que a una intención deliberada de causar daño.
Qué implicancias tiene para la prevención
Comprender el vínculo entre la mentira patológica y las funciones ejecutivas tiene relevancia para padres, docentes y profesionales de la salud. Intervenciones dirigidas a fortalecer el control de impulsos y la memoria de trabajo podrían ayudar a reducir patrones de mentira compulsiva.
Entre las estrategias posibles se mencionan la terapia cognitivo-conductual y programas de entrenamiento en hábitos, orientados a mejorar la autorregulación y la toma de decisiones.
Los investigadores reconocen limitaciones del estudio: la muestra no permite estimar la prevalencia de la mentira patológica en la población adolescente general y se requieren estudios más amplios para profundizar en el fenómeno. También admiten las limitaciones inherentes al uso de autoinformes, aunque investigaciones previas indican que los adolescentes suelen responder con veracidad en contextos de estudio.
Desde la Universidad McGill señalan que avanzar en el conocimiento de las capacidades cognitivas implicadas permite desplazar el foco del juicio moral hacia la prevención y el acompañamiento.
Detectar señales tempranas y comprender los procesos implicados puede facilitar la creación de entornos familiares y educativos más comprensivos y el diseño de intervenciones que favorezcan un desarrollo saludable en una etapa clave de la vida.


