Nací y siempre viví en San Fernando, y he visto crecer la ciudad de cerca. Su expansión fue, como en muchas localidades del conurbano, desordenada y por partes: se desarrolló según las necesidades inmediatas de vecinos e industrias, más que a partir de una planificación seria y sostenida en el tiempo.
Ese modo de operar no quedó solo en el pasado: se mantuvo. Hoy enfrentamos las consecuencias. San Fernando se habilita y recauda, se anuncian obras, pero falta ordenamiento. Gobernar no es sólo cobrar ABL ni inaugurar obras aisladas; implica definir una dirección clara para el futuro.
Como resultado vemos tensiones evitables: tránsito colapsado en determinadas zonas, industrias que conviven sin criterios modernos junto a áreas residenciales, servicios que no acompañan el ritmo del crecimiento y vecinos que sienten que las decisiones se toman sin previsión.
¿Cómo ordenar una ciudad que sigue creciendo sin reglas claras? ¿Cómo planificar el uso del suelo cuando todo se resuelve caso por caso? ¿Cómo garantizar que el desarrollo productivo no afecte la calidad de vida de los vecinos?
Ordenar no significa frenar el crecimiento, sino promoverlo de manera inteligente y previsible. Implica contar con un plan urbano actualizado, revisar el código, pensar la movilidad, evaluar el impacto de cada habilitación y equilibrar la relación entre la producción y la calidad de vida.
Con Agustina Ciarletta pensamos que San Fernando debe abrir ese debate con responsabilidad. Es momento de replantear la convivencia entre zonas residenciales y áreas productivas. El desarrollo industrial es fundamental para generar empleo, pero no puede avanzar sin planificación ni controles que protejan a los vecinos.
Una ciudad moderna no se define por la cantidad de anuncios. San Fernando necesita planificación, reglas claras y una gestión que piense en los próximos 20 años, no en la próxima foto.

