El Partido Liberal Demócrata (PLD) ha sido la fuerza dominante en la política japonesa desde su fundación en 1955, con solo dos breves interrupciones. En las elecciones anticipadas del 8 de febrero logró una victoria extraordinaria, obteniendo cerca del 70% de los escaños en la cámara baja, lo que sitúa a la primera ministra Takaichi Sanae en una posición excepcional para impulsar cambios importantes en el país.
Para responder a las expectativas creadas por su amplia victoria, la primera ministra deberá plantear políticas de alcance amplio y a largo plazo. Más allá de medidas inmediatas para aliviar dificultades presentes, necesitará abordar retos demográficos y económicos estructurales y asumir un papel activo en la estabilidad regional e internacional. También será importante que actúe como gobernante de todo el país, no solo de su base política.
El respaldo electoral fue mayoritario y se distribuyó por todo el territorio. El PLD obtuvo 316 de los 465 escaños de la cámara baja, logrando una supermayoría de dos tercios que facilitará la aprobación de iniciativas frente a una cámara alta no controlada por el partido. Takaichi conectó con la demanda de seguridad y cambio de muchos votantes y representa un alejamiento de la vieja guardia política: proviene de una familia de clase media y es la primera mujer en liderar un Japón democrático.
Una victoria de esta magnitud abre la posibilidad de reformas sustantivas, en particular en materia de defensa. El expresidente Abe Shinzo inició un refuerzo militar frente a la mayor asertividad de China y a la incertidumbre con Estados Unidos, pero Japón ha quedado rezagado respecto a la rapidez de los cambios internacionales. Takaichi ha adelantado al presente ejercicio fiscal un objetivo de gasto en defensa del 2% del PIB, originalmente previsto para 2027, pero incrementar partidas es solo una parte de la respuesta. También se requerirán reformas institucionales, impulso a la industria y la innovación en defensa y mejoras en inteligencia.
Todo ello exigirá una diplomacia activa y flexible. Japón afronta incertidumbres respecto a la relación con Estados Unidos tras el regreso de Donald Trump a la presidencia, pero depende del paraguas nuclear estadounidense y se encuentra rodeado por potencias con capacidad nuclear. Takaichi ha trabajado por mantener buenas relaciones con Washington, incluso apoyando a Trump antes de la votación. Al mismo tiempo, Japón puede y debe buscar vías de cooperación más amplias, como lo hizo Abe cuando preservó la adhesión al CPTPP tras la retirada estadounidense en el mandato anterior de Trump.
Una política comercial proactiva podría complementar la estrategia diplomática. Mantener buenas relaciones bilaterales no impide impulsar iniciativas multilaterales: vincular el CPTPP con la Unión Europea crearía un bloque económico significativo, que superaría el 30% de la producción mundial y reforzaría la posición de Japón en el orden económico global.
Todo esto debe ejecutarse mientras se gestionan fuertes presiones internas. El envejecimiento y la reducción de la población son obstáculos clave para el crecimiento. No existe una solución rápida: al igual que con el cambio climático, el desafío demográfico exige medidas sostenidas y adaptativas. La clara mayoría parlamentaria ofrece margen para tomar decisiones difíciles que hasta ahora se han evitado.
Las prioridades domésticas deberían incluir medidas para potenciar el capital humano y hacer el país más receptivo a la inmigración. Es necesario reformar la protección social, flexibilizar prácticas laborales basadas en el empleo vitalicio y la antigüedad, y revisar normas familiares y fiscales que desincentivan el matrimonio y contribuyen a la precariedad laboral de muchas mujeres. Atraer y retener inmigrantes, además de gestionar prudente y creíblemente el gasto en defensa y bienestar social, será esencial; entre las opciones está utilizar de forma gradual activos en el exterior para aliviar la presión sobre la deuda bruta.
Sobre la capacidad de la primera ministra para llevar a cabo estas reformas hay dudas legítimas. Desde que asumió el cargo en octubre no ha afrontado todas las pruebas. Existe el riesgo de que interprete su mandato como autorización para impulsar una agenda ideológica estrecha: actos simbólicos que tensionen las relaciones exteriores, políticas sociales que aumenten la hostilidad hacia los extranjeros o medidas fiscales incompatibles con la confianza de los mercados podrían socavar los objetivos. Su promesa de suspender temporalmente parte del impuesto sobre las ventas sin emitir nueva deuda plantea la necesidad práctica de encontrar financiación o revisar esa propuesta.
La dificultad de hacerlo
La agenda que enfrenta la primera ministra es amplia y compleja. Los votantes le han pedido liderazgo en tiempos inciertos, y la victoria electoral le otorga un mandato significativo. Sin embargo, si su gobierno se concentra en el simbolismo o en medidas populistas sin base fiscal y estratégica sólida, podrían surgir alternativas políticas más divisivas y Japón perdería una oportunidad difícil de repetir para impulsar reformas profundas.
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