El 4 de febrero se conmemoró el Día Mundial Contra el Cáncer, dedicado a promover la prevención, la detección temprana y el acceso al tratamiento. La nutrición juega un papel central en la prevención, el manejo y la recuperación tras la enfermedad. La obesidad se considera la segunda causa de cáncer prevenible, por lo que su control es una estrategia preventiva reconocida internacionalmente.
El riesgo de cáncer aumenta en proporción a la cantidad de grasa corporal y al tiempo que una persona ha vivido con obesidad. Ese riesgo se mantiene elevado incluso en ausencia de enfermedades asociadas a la obesidad, como dislipidemias o hipertensión arterial.
Hasta ahora se ha asociado la obesidad con un mayor riesgo de desarrollar hasta 13 tipos de cáncer: meningioma, adenocarcinoma de esófago, mieloma múltiple, cáncer de tiroides, de mama, de hígado, de vesícula biliar, de la porción superior del estómago, de páncreas, de colon y recto, de riñón, de endometrio y de ovario. En particular, el riesgo de cáncer de endometrio se estima en alrededor del 30 % y el de cáncer de mama puede superar fácilmente el 40 %. En todos estos casos, la sola presencia de obesidad incrementa de forma significativa la probabilidad de desarrollar cáncer.
La obesidad, aunque a menudo no provoque síntomas evidentes como dolor, fiebre o inflamación visible, genera cambios importantes en la estructura y el funcionamiento del organismo. Estos efectos son más marcados cuanto mayor es la cantidad de grasa acumulada o más prolongado es el tiempo viviendo con obesidad.
El exceso de grasa corporal origina un estado de inflamación crónica de bajo grado que no necesariamente causa dolor o fiebre, pero que está presente de forma sostenida. Esa inflamación puede alterar la regulación genética mediante sustancias proinflamatorias y, además, favorecer la proliferación celular descontrolada.
La obesidad también eleva niveles de hormonas sexuales (estrógenos y testosterona), insulina y del factor de crecimiento similar a la insulina (IGF-1), entre otras sustancias. Estas hormonas pueden estimular la multiplicación celular y el crecimiento de células con potencial oncogénico que de otro modo no proliferarían.
La acumulación de grasa, especialmente a nivel abdominal, ejerce presión y puede alterar la estructura y función de órganos como el hígado, los intestinos o los riñones, lo que contribuye a aumentar la probabilidad de aparición de células malignas.
En el Perú el sobrepeso y la obesidad es un problema de salud pública
La obesidad se define como la acumulación de grasa por encima de los niveles considerados normales para la edad, el sexo o el nivel de actividad física. Contrario a la idea común, la obesidad no siempre es visible: una persona con extremidades delgadas pero con una circunferencia abdominal superior a 100 cm puede considerarse obesa. Incluso quienes parecen tener una silueta saludable pueden presentar un porcentaje de grasa corporal compatible con obesidad.
En el Perú, con datos actualizados hasta 2024, más del 60 % de la población mayor de 15 años tiene exceso de peso (sobrepeso u obesidad). En la infancia la situación también es preocupante: el sobrepeso y la obesidad afectan al 8.6 % de los niños menores de 5 años y al 38.6 % de los niños entre 6 y 14 años.
La obesidad es una inflamación silenciosa que transforma el organismo y aumenta el riesgo de cáncer. No podemos normalizar cifras que indican que casi 7 de cada 10 peruanos tienen exceso de peso. Si no actuamos desde el hogar, la escuela, los centros de trabajo y las políticas públicas, es probable que en los próximos años aumenten los casos de cáncer prevenible. El cáncer no siempre comienza con un tumor; con frecuencia se inicia con hábitos y condiciones que pueden modificarse.

