Estados Unidos y Reino Unido accedieron de forma secreta a planes de Moscú para invadir Ucrania meses antes del ataque, anticipando así una de las mayores rupturas del orden de seguridad europeo desde 1945. A pesar de la información detallada obtenida por sus servicios de inteligencia, la advertencia fue ignorada en gran parte de Europa, incluida Ucrania. El escepticismo, alimentado por la experiencia de Irak en 2003 y la convicción de que una gran guerra en el siglo XXI era “imposible”, condicionó la reacción de varios gobiernos. Cuatro años después, el conflicto continúa, con unos 400.000 soldados rusos muertos y Rusia controlando apenas un 13% más del territorio ucraniano respecto a 2022.
Semanas antes del ataque, las señales recogidas por la inteligencia estadounidense y británica fueron contundentes, según un informe detallado del diario The Guardian. Hubo advertencias directas de altos funcionarios, reuniones de emergencia y un esfuerzo sin precedentes por compartir inteligencia sensible con aliados y, en algunos casos, con el público. Pese a ello, líderes como Emmanuel Macron y Olaf Scholz apostaron hasta el final por una salida diplomática, mientras que Volodymyr Zelenskyy decidió minimizar los avisos para evitar provocar pánico y vulnerar al país antes del primer bombardeo.
Dentro del propio Kremlin, el plan se manejó con un nivel de secretismo que hizo que muchos altos mandos rusos desconocieran la inminencia del ataque hasta pocos días antes. Incluso miembros cercanos al presidente, como su portavoz o el ministro de Exteriores, no tuvieron acceso a todos los detalles. Ese secretismo se extendió a aliados potenciales, que supieron de la ofensiva cuando Putin reunió al Consejo de Seguridad y pidió públicamente respaldar el reconocimiento de las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk.
El escepticismo europeo tuvo raíces profundas. En una reunión de inteligencia de la OTAN, Estados Unidos y Reino Unido describieron la magnitud de lo que se preparaba, pero muchos asistentes interpretaron los movimientos rusos como una maniobra de presión y descartaron una invasión a gran escala, argumentando que Putin era “demasiado racional” para emprender una operación con alto riesgo de fracaso.
Los primeros indicios detectados por la CIA y el MI6 se remontan a la primera mitad de 2020, tras la reforma constitucional que permitió a Putin prolongar su mandato. En ese contexto, y en medio del confinamiento por la pandemia, el presidente ruso reafirmó su visión de Ucrania como parte de la historia rusa. La inestabilidad en Bielorrusia y el debilitamiento del régimen de Lukashenko facilitaron el uso de ese país como plataforma potencial, mientras que episodios como el envenenamiento de Alexei Navalny por parte del FSB encajaron en una lógica expansionista.
Un año después, y tras la retirada de Afganistán, la acumulación de tropas en las fronteras ucranianas se intensificó. Los servicios de inteligencia occidentales reunieron información inédita que indicaba que Rusia pretendía ir más allá del Donbás y buscaba tomar Kyiv. Europa, sin embargo, mantuvo en gran medida su escepticismo.
Las dudas persistieron pese a que imágenes satelitales comerciales mostraban decenas de miles de militares rusos movilizados, datos que fueron corroborados por interceptaciones y por actividad prorrusa dentro de Ucrania. Según Avril Haines, directora de inteligencia nacional de Estados Unidos, fue la primera vez que hubo indicios claros de acciones planeadas más allá del Dniéper.
En ciudades como París, Berlín y Varsovia la desconfianza continuó. El recuerdo de Irak y la evaluación de que una operación relámpago tendría que enfrentarse a la resistencia de millones de ucranianos armados contribuyeron a la convicción de que una invasión masiva era improbable.
Fricciones y desconfianza en Kiev
Los avisos enviados por agencias estadounidenses y británicas al gobierno de Zelensky encontraron una recepción fría. El presidente temía que anunciar la inminencia de la guerra desatara pánico, dañara la economía y dejara al país desprotegido antes de que llegara cualquier ataque.
La inteligencia ucraniana registraba señales ambiguas: el SBU documentó intentos de reclutamiento y maniobras de infiltración, así como encuentros entre agentes rusos y funcionarios ucranianos en el extranjero. Aunque existía actividad de quinta columna, la hipótesis dominante era que Rusia buscaba presionar, no ocupar por completo el país.
Ivan Bakanov, exjefe del SBU, señaló que la contradicción entre la retórica rusa y sus acciones era evidente, y dentro de la administración ucraniana crecían tensiones: algunos militares empezaron a planificar escenarios catastróficos en privado, pero sin apoyo oficial cualquier despliegue podría considerarse ilegal.
En enero de 2022 la CIA informó a mandos ucranianos sobre la magnitud y las posibles rutas del ataque, incluyendo planes para asesinar a Zelensky. El presidente optó por un mensaje público de calma. Mientras tanto, Francia y Alemania siguieron promoviendo la vía diplomática y Reino Unido y Estados Unidos advirtieron de la inminencia de la agresión.
A dos semanas del inicio, la evacuación de embajadas occidentales en Kiev y la reubicación de personal de la CIA fueron señales claras. Ni siquiera la interceptación de comunicaciones que implicaban a combatientes chechenos convenció plenamente al liderazgo ucraniano; decisiones como la imposición de la ley marcial se postergaron hasta después del ataque.
En los días previos algunos generales ucranianos pudieron activar medidas de emergencia —preparar casas seguras, reservas de efectivo y minas en el mar Negro—, pero la ayuda más decisiva provino de la inteligencia occidental que compartió información en tiempo real.
La noche anterior al ataque, aún había altos funcionarios europeos reacios a creer en la magnitud del asalto. El jefe del BND alemán, Bruno Kahl, tuvo que ser evacuado por la inteligencia polaca después de quedar varado en una ciudad bajo bombardeo.
El inicio de la invasión y los errores de cálculo
El 24 de febrero de 2022, a las 4:50, Putin anunció el inicio de la “operación militar especial” y poco después Rusia lanzó misiles contra Kyiv y otras ciudades. Frente al primer choque, Zelensky asumió el liderazgo desde la capital, rechazando consejos de Washington para buscar refugio.
Mientras tanto, Putin recibió al primer ministro paquistaní Imran Khan en el Kremlin y, según relatos, restó importancia al conflicto al afirmar que se resolvería en unas semanas.
La ofensiva inicial, diseñada para imponer rápidamente un gobierno afín, se topó con una defensa ucraniana más eficaz de lo previsto. El error de cálculo fue doble: Occidente y Moscú sobrestimaron la capacidad rusa y subestimaron la resistencia ucraniana, mientras que la ejecución militar rusa fue inferior a lo anticipado por muchos analistas.
“La mitad del error fue sobreestimar el desempeño ruso y subestimar el ucraniano; la otra mitad fue que los rusos no ejecutaron la operación como muchos habían supuesto”, explicó Michael Kofman, del Carnegie Endowment.
En el entorno de Putin, la ausencia de debate crítico sobre la viabilidad de los planes y el secretismo extremo contribuyeron a una operación mal concebida y desconectada de la realidad del terreno.
La invasión obligó a una revisión dolorosa entre los servicios de inteligencia europeos. Un alto funcionario reconoció que la misión de anticipar la guerra había fallado. El coste de asumir la improbabilidad del conflicto resultó ser muy alto.
Especialistas en inteligencia, como Huw Dylan del King’s College London, ven en este caso un patrón recurrente: la dificultad para prever rupturas profundas respecto al pasado y la tendencia a desechar hipótesis de alto impacto por miedo a equivocarse.
Como consecuencia, las potencias europeas comenzaron a integrar con más frecuencia escenarios de máxima gravedad en sus evaluaciones. Ejercicios militares recientes se han orientado a responder ataques masivos que dañen infraestructuras críticas y provoquen desorden civil.
Cuatro años después, la lección más citada entre analistas occidentales es clara: no se debe descartar un escenario únicamente porque en el pasado haya parecido imposible.

