26 de marzo de 2026
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Fin del poder clerical en Irán favorecería al pueblo y la estabilidad regional

Según Sadanand Dhume, investigador del American Enterprise Institute en un artículo publicado en The Wall Street Journal, la caída del régimen islámico en Irán modificaría no solo el equilibrio de poder internacional, sino que, en su opinión, también sería beneficiosa para los propios musulmanes. Dhume sostiene que la derrota del sistema teocrático instaurado en 1979 pondría fin a lo que describe como un “experimento radical” con efectos que se extienden desde Líbano hasta Indonesia.

El régimen establecido por el ayatolá Ruhollah Khomeini en 1979 dio paso, según Dhume, a décadas de política exterior confrontativa, represión interna y proyección ideológica más allá de las fronteras iraníes. Desde la sustitución de la monarquía de Mohammad Reza Pahlavi, el gobierno clerical impulsó una estrategia destinada a expandir su influencia regional. Para ilustrar esa proyección, Dhume recuerda episodios como la toma de rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán —52 estadounidenses retenidos durante 444 días— y la intervención de Hezbollah en Beirut con apoyo iraní.

El columnista recopila una serie de hechos para argumentar que el régimen clerical se ha consolidado como un exportador significativo de violencia política y terrorismo con justificación religiosa. Señala que consignas como “Muerte a Estados Unidos” y “Muerte a Israel” se volvieron habituales en manifestaciones iraníes y que la red de aliados de Teherán —incluyendo a grupos como Hamas y Hezbollah— permitió la perpetración de atentados en diversas regiones, y no solo en Oriente Medio, mencionando incidentes en países como Argentina, Bulgaria y Alemania. Dhume también asocia a milicias pro-iraníes con miles de bajas y heridos entre soldados estadounidenses en Irak.

La revolución iraní y la Sharia como meta política global

Para Dhume, la revolución de 1979 no solo afectó a Occidente y a Irán, sino que redefinió las ambiciones del islamismo moderno. Según su análisis, la revolución convenció a sectores islamistas —tanto sunitas como chiitas— de que implantar la “ley de Dios” (Sharia) era una meta realizable. El principio de Vilayat-e faqih, o “gobierno del jurista islámico”, supuso, en su opinión, una ruptura con el tradicional quietismo político de gran parte del clero chiita.

Dhume sostiene que el modelo propuesto por Khomeini se exportó con rapidez. Cita al activista Armin Navabi para subrayar que la ambición revolucionaria iraní no se limitó al nacionalismo, sino que apuntó a fomentar subversión e influencia islámica donde fuera posible.

Como ejemplo de esa vocación transnacional, menciona la traducción al persa, atribuida al ayatolá Ali Khamenei, de las obras del ideólogo de la Hermandad Musulmana Sayyid Qutb. Dhume concluye que, pese a diferencias doctrinales, islamistas chiitas y sunitas comparten una visión en gran medida incompatible con los mercados libres y la democracia liberal.

La carrera ideológica con Arabia Saudita

El columnista describe además cómo la revolución iraní desencadenó una competencia sectaria e ideológica con Arabia Saudita que influyó en la configuración del islam global en las décadas siguientes. Riad respondió promoviendo su propia ortodoxia sunita mediante importantes inversiones en difusión religiosa, lo que, según Dhume, contribuyó a la radicalización en diversas comunidades y tensiones en países como Pakistán.

Dhume señala que esa dinámica comenzó a cambiar en la última década, en particular desde la llegada al poder del príncipe heredero Mohammed bin Salman en 2015. Observa reformas en Arabia Saudita: mayor incorporación de mujeres al mercado laboral, la eliminación de restricciones como la prohibición de conducir y una apuesta oficial por la prosperidad material como objetivo nacional.

En su lectura, los gobiernos de Arabia Saudita y de los Emiratos Unidos apuestan a que sus sociedades desean una vida próspera en el siglo XXI, una apuesta que contrasta, según Dhume, con la continuidad del clericalismo en Teherán.

Dhume considera que los principales beneficiarios de un eventual colapso del régimen iraní serían los propios iraníes. Apoyándose en palabras de Armin Navabi, afirma que “el recurso más valioso de Irán no es el petróleo ni el gas, sino el pueblo iraní”. Muchos iraníes exiliados o emigrados tras la revolución han destacado en la academia, los negocios y las artes; según el columnista, un gobierno decente podría facilitar su regreso y propiciar una transformación económica comparable, en su hipótesis, a la de Corea del Sur, aplicada al Golfo Pérsico.

Dhume añade que ese cambio tendría efectos multiplicadores en la región: mayor estabilidad en los Estados del Golfo, mayor flujo de capital alimentado por la creatividad iraní y una posible reducción de conflictos sectarios en países como Pakistán, derivados de la rivalidad sunita-chiita incentivada por la competencia entre Teherán y Riad desde 1979.

El autor reconoce la incertidumbre sobre el futuro inmediato del liderazgo de los ayatolás, pero sostiene que su fin sería deseable. En su cierre, Dhume afirma: “No hay duda de que el mundo será un lugar mejor si el cruel experimento iniciado por el ayatolá Khomeini se entierra para siempre”.

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