En muchas aulas argentinas la inteligencia artificial dejó de ser una novedad: aparece en tareas, búsquedas, resúmenes, trabajos prácticos y en las conversaciones cotidianas entre estudiantes y docentes. Está presente en la escuela, pero con frecuencia faltan las herramientas y los marcos para comprender cómo integrarla. No es solo incorporar una tecnología nueva, sino repensar la relación con el conocimiento, la escritura, la enseñanza y el aprendizaje. Las preguntas sobre la IA ya llegaron al aula; lo que falta es cómo abordarlas con claridad.
Futurizaje, una plataforma de la Fundación Bunge y Born con materiales libres y gratuitos para docentes, busca aportar esos marcos. Propone “aprender el futuro hoy”, abordando la inteligencia artificial desde las humanidades —filosofía, ética, ciencias sociales y formación ciudadana— de forma transversal e interdisciplinaria. Plantea preguntas sobre la sociedad que construyen estas tecnologías: qué hábitos refuerzan, qué decisiones desplazan y qué concepción de persona suponen. Cuando un algoritmo organiza lo que vemos o una máquina promete escribir, resumir o enseñar, no está en juego solo una novedad técnica, sino también una forma de entender y actuar en el mundo.
El material, desarrollado por especialistas argentinos y estructurado en diez secuencias y treinta clases articuladas con los Núcleos de Aprendizaje Prioritario (NAP), trabaja temas que ya forman parte de la vida de los estudiantes: sesgos algorítmicos, relaciones entre arte y tecnología, automatización del trabajo, desinformación, impacto ambiental y transhumanismo. Lo hace a partir de preguntas propias de las humanidades: ¿qué significa crear cuando las máquinas producen imágenes, música o textos? ¿Qué ocurre con la verdad cuando circulan contenidos falsos muy verosímiles? ¿Cómo cambia la libertad si los algoritmos influyen en lo que vemos y pensamos? ¿Qué refleja el deseo de optimizar o mejorar al ser humano?
Docentes de literatura, arte, ciencias sociales, historia o formación cívica encontrarán que muchas de estas cuestiones ya están presentes, de algún modo, en los NAP. No es necesario inventar contenidos completamente nuevos, sino mirar el currículo existente con otros ojos y vincularlo con la realidad digital en la que viven los adolescentes.
El enfoque pedagógico del proyecto también es clave. Las clases no buscan imponer definiciones cerradas ni fomentar una fascinación acrítica o un rechazo automático. Están diseñadas para que los estudiantes discutan, argumenten, escuchen y revisen posiciones, y salgan con mejores preguntas de las que tenían al entrar. En un campo marcado por promesas exageradas y temores apresurados, enseñar a formular mejores preguntas sigue siendo una de las funciones indispensables de la educación.
La urgencia es clara: la inteligencia artificial ya reconfigura el trabajo, la circulación del conocimiento, la conversación pública y la vida democrática. En las escuelas argentinas su presencia suele avanzar más rápido que la formación docente disponible para enmarcarla. Por eso hacen falta materiales, espacios de capacitación y espacios de diálogo: educar frente a la IA no es solo aprender a usar herramientas nuevas, sino formar el juicio con el que viviremos entre ellas.
La inteligencia artificial ya está en el aula. La pregunta es cómo la pensamos.
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Iván Petrella es director de cultura y ciencia en la Fundación Bunge y Born

