15 de enero de 2026
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Tornado destruye barrio de Santa Fe en dos minutos; mujer quedó sepultada

Aunque han pasado 53 años, el recuerdo permanece. María del Huerto (81), docente jubilada y directora de un Coro Municipal de Adultos Mayores, dice que aquella tarde del 10 de enero de 1973 en San Justo —con calor intenso, humedad y baja presión— la marcó para siempre. El terror provocado por el tornado más destructivo registrado en Sudamérica no se olvida. “Cada vez que hay una tormenta fuerte, todo vuelve a la memoria”, afirma.

Liliana Sacco (70), otra sobreviviente, cuenta que durante años, cada vez que soplaba el viento se ponía junto a la ventana y repetía “que llueva, que llueva” como un mantra. Alguien le dijo una vez que la lluvia aplasta el viento, y por la violencia de aquel fenómeno ella solo deseaba que lloviera para que la fuerza del viento disminuyera.

El alcance del desastre sigue siendo difícil de cuantificar. A más de cinco décadas no hay una cifra definitiva de fallecidos: el registro oficial indica 65 muertos, aunque investigaciones posteriores, que incluyen decesos ocurridos días después y fuera de la ciudad, elevan el número a al menos 80. Unas 600 personas resultaron heridas, alrededor de 500 viviendas quedaron destruidas y cerca de 2.000 vecinos se vieron directamente afectados.

La intensidad del evento llevó a clasificarlo en la Escala Fujita-Pearson como F5, la máxima. El creador de la escala, Tetsuya Fujita, analizó el caso: los tornados F5, conocidos como “dedo de Dios”, generan vientos entre 420 y 510 km/h y causan destrucción total.

Carlos Chazarretta (80), entonces de 27 años, vivía cerca del bulevar Roque Sáenz Peña, la zona más afectada. Compartía la casa con su madre, su esposa Esther Grosso y sus dos hijas, Mónica (3 años) y María Alejandra (9 meses). La hija mayor murió durante el tornado; los peritos no hallaron fracturas y se presume que falleció por asfixia.

Relata que estaban por almorzar cuando vio aproximarse la tormenta. Se tiró bajo la mesa y así se salvó, porque un camión que estaba estacionado afuera cayó sobre la vivienda. Quedó sepultado bajo tres metros de escombros y pasó tres horas atrapado, desnudo, mientras escuchaba los gritos de su mujer y el llanto de la beba más chica; la gente caminaba encima de los escombros en la confusión del rescate.

La niña de nueve meses fue rescatada con vida y trasladada a un sanatorio; vecinos le proveyeron ropa y alimentos. En medio del caos, un hombre intentó llevársela para adoptarla, pero Carlos la recuperó esa misma noche tras acreditar su paternidad. Describe la escena como de total desorden: personas perdidas, heridas y sin rumbo.

Unos años después, siguiendo la sugerencia médica para intentar superar el duelo y la sobreprotección hacia la menor, Esther y Carlos tuvieron otro hijo varón. Carlos afirma haber asumido lo sucedido y puede hablar al respecto; para Esther sigue siendo doloroso y reacciona con crisis cuando se menciona el tornado.

Volaron animales, autos y camiones

El tornado destruyó aproximadamente 35 manzanas. Ingresó de norte a sur por un borde de la ciudad, sobre la ruta nacional 11, y en apenas dos minutos desintegró un barrio entero. Hay quienes suponen que el calor de la cinta asfáltica pudo haber influido en su trayectoria hacia el Boulevard Roque Sáenz Peña.

Personas que caminaban por la ruta fueron levantadas y encontradas muertas 600 metros después, en la copa de eucaliptos. Volaron animales, autos y camiones. Una imagen emblemática fue la de un Renault Gordini que, impulsado por la tromba, recorrió unos 300 metros y terminó incrustado en el primer piso del hotel California. María del Huerto recuerda haber visto chapas volando que en un primer momento confundió con cartones.

El cortometraje Vorágine, estrenado en el 42° aniversario, incluye la reconstrucción del exjefe de la estación meteorológica del Servicio Meteorológico Nacional en San Justo. Efraín Angeloni explicó que a las 13:55 observaron una nube avanzando de noroeste a sudeste sobre un cielo despejado y otra nube de color rosado viniendo del sur; al encontrarse en sentidos opuestos se produjo la rotación que generó el vacío y levantó vehículos y objetos del suelo.

Una de las historias más llamativas es la de Alejandro Cañete, llamado entonces “el bebé del tornado”: el viento lo arrancó de su cuna y lo depositó ileso en la terraza de otra vivienda. Su madre lo creyó muerto durante más de veinte años por una confusión con otro niño fallecido hasta que se reencontraron en el programa Gente que busca gente.

Poner la tragedia en palabras

Para muchos habitantes de San Justo fue difícil hablar de aquello durante décadas. Liliana Sacco no mencionó el tornado durante 40 años. Decía que no pudo expresarlo ni con su madre ni con sus hermanas, y menos con sus hijas; pensaba que el silencio protegía al entorno y que hablar removería una herida profunda.

El silencio empezó a romperse en 2013 con la inauguración del monumento Un alto por la Identidad y la Memoria y con la recopilación de testimonios que dio lugar al libro Palabras que el viento no se llevó, publicado por la Municipalidad de San Justo en el 42° aniversario. Liliana reconoce hoy que callar fue un error y que la palabra tiene poder sanador.

Aquel 10 de enero, con 17 años, Liliana estaba medio dormida cuando escuchó un estruendo como de trenes descarrilados y vio temblar todo. Se refugió junto a un ropero y sintió como si una mano invisible arrancara la puerta del mueble. Minutos después la lluvia sobre su cara la despertó: estaba atrapada bajo ladrillos y piezas de mampostería, con una viga apoyada en el pecho que le impedía respirar. No podía gritar, escuchaba gente caminar encima suyo y la encontraron más tarde, cubierta de lodo y con lesiones.

La familia Sacco vivía en una de las manzanas con mayor cantidad de víctimas. La casa de Liliana lindaba con la de Carlos y Esther; Mónica, la niña fallecida, era muy cercana a Liliana y solía pasar mucho tiempo en su casa.

El tornado dejó a Liliana sin padre y sin hogar. Tras enterrar a su familiar no tuvieron un lugar al que volver: no quedaban fotos ni pertenencias. Tuvieron que mudarse a la casa alquilada de una hermana y rehacer su vida desde cero, sin recursos: el negocio de su madre quedó destruido y la pensión del padre, jubilado de la Policía, tardó meses en cobrarse.

En ese contexto su madre contrajo hepatitis y permaneció internada casi cuarenta días en Santa Fe. Durante la recuperación la familia dependió de la solidaridad: hacían filas por comida y se vestían con ropa donada.

El después de la tragedia colectiva

En el barrio alrededor del bulevar Roque Sáenz Peña pocas personas resultaron indemnes. Muchas familias perdieron todo y tuvieron que empezar de nuevo. Las secuelas no fueron solo materiales: numerosas personas quedaron afectadas psicológicamente.

Liliana cuenta que, aunque puede no despertarse con lluvia o tormentas eléctricas, si llega el viento se siente de inmediato alterada. Afirma que algo en el subconsciente quedó marcado y que evita la oscuridad; no olvida haber estado enterrada bajo toneladas de escombros.

De esa experiencia extrema surgió también una manera de ver la vida: valorar cosas sencillas como una puesta de sol, un amanecer o el canto de un pájaro. Para ella, estar vivo es motivo suficiente para seguir adelante; la familia y los amigos aportan el resto.

El sábado 10 de enero se cumple el 53° aniversario del tornado, considerado el más severo del hemisferio sur. Como cada año, se celebrará una misa en recuerdo de las víctimas. “Hay que rezar por las almas que ya no están y por las familias; lo material se recupera, pero las vidas no”, dice María.

En San Justo todavía hay personas que no pueden escuchar la palabra “tornado”. María relata que tiene amigos que no quieren que se mencione el hecho y que, al identificarse como oriundos de San Justo, muchas veces son ubicados por ese acontecimiento. Es una experiencia que, señala, marcó a la comunidad.

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