Los efectos del cambio climático se extienden desde la parte superior de la atmósfera hasta las profundidades del océano. El planeta se está calentando y las pruebas apuntan de manera consistente a la influencia humana.
La representación más clara de esta tendencia son las llamadas “franjas de calentamiento”: un gráfico de líneas azules (años fríos) y rojas (años cálidos) que muestra un aumento continuo de las temperaturas desde el siglo XIX hasta 2025. Los últimos once años han sido los más cálidos registrados y no hay indicios de una inversión de esa tendencia.
Satélites con radiómetros llevan décadas midiendo la temperatura en distintas capas atmosféricas. En la troposfera —donde vuelan los aviones comerciales— la evolución es comparable a la observada en la superficie: los años más cálidos se concentran en la última década. “Estos instrumentos ayudan a corroborar el calentamiento que ya se ha observado en la superficie”, señaló el profesor Ed Hawkins en The Conversation.
En la estratósfera, en cambio, los registros muestran un enfriamiento: los años más cálidos se ubican alrededor de 1980 y los más fríos en la última década.
Los autores del estudio publicado en la revista American Meteorological Society sostienen que este contraste entre una troposfera más cálida y una estratósfera más fría constituye una huella clara de la acción humana. El motivo es físico: el aumento del dióxido de carbono facilita que la estratósfera pierda más calor hacia el espacio del que recibe, y la destrucción de ozono por los clorofluorocarbonos (CFC) contribuye adicionalmente al enfriamiento estratosférico.
Ese patrón —troposfera bordeando el calentamiento y estratósfera enfriándose— fue previsto ya en la década de 1960 como consecuencia del incremento de CO2. Si el calentamiento fuera causado principalmente por el Sol, ambas capas atmosféricas se calentarían en vez de mostrar tendencias opuestas.
El océano también refleja el calentamiento. Mediante franjas de calentamiento aplicadas a distintas profundidades, los investigadores observan que los años más cálidos se concentran igualmente en la última década, indicando una transferencia progresiva del calor desde la atmósfera hacia las masas de agua, coherente con la influencia humana.
Esta absorción oceánica es crucial: el mar acumula cerca del 90 % del exceso de calor generado por el sistema climático. Sin ese almacenamiento, el calentamiento del aire en superficie sería mucho mayor. Además, la acumulación de calor impulsa la elevación del nivel del mar por la expansión térmica del agua y por el derretimiento de hielos continentales.
La evidencia reunida en diferentes capas atmosféricas y en el océano subraya un diagnóstico central: la quema de combustibles fósiles ha aumentado los gases de efecto invernadero y, con ello, el balance energético del planeta. Los fundamentos físicos de este proceso se conocen desde el siglo XIX, y el patrón observado desde la atmósfera superior hasta el lecho marino señala a las emisiones como la causa predominante.
El futuro dependerá de las decisiones colectivas sobre las emisiones. “Una acción rápida para reducir las emisiones estabilizará la temperatura global, pero la demora traerá peores consecuencias”, concluyen Ed Hawkins y Ric Williams, investigadores principales del estudio.

