En el fútbol británico, pocos casos generan tanta controversia como el de Duncan Ferguson. El cabezazo que propinó a John McStay, del Raith Rovers, en Ibrox en abril de 1994 terminó con una condena que marcó su carrera y su imagen pública.
Aunque el árbitro Kenny Clark no sancionó la agresión durante el partido, las autoridades escocesas actuaron posteriormente: cerca de año y medio después, Ferguson fue condenado a tres meses de prisión, una pena inusual en el fútbol profesional británico y motivada en parte por antecedentes de agresión.
El episodio, considerado de los más polémicos en la historia reciente del fútbol escocés, lo apartó de los campos y lo llevó a la prisión de Barlinnie, en Glasgow, un centro con fama de violencia.
“Fue duro lo que pasó. ¿Arrepentimiento? Sí, desearía que no hubiera ocurrido. Hubo un leve contacto, no fue un cabezazo a fondo; él cayó, pero no esperaba lo que vino después”, reconoció Ferguson en FourFourTwo.
El incidente determinó su salida forzada de Escocia: “Walter Smith, que en paz descanse, me dijo que debía irme de Escocia. Al final, eso me costó mi carrera con la selección nacional”.
La sanción fue doble: además de la pena de cárcel, la Asociación Escocesa de Fútbol le impuso una suspensión de 12 partidos, sin contar los que perdió mientras estaba encarcelado. Aquella experiencia le dejó un recuerdo amargo.
“Nunca logré superarlo. Ningún escocés ha marcado más goles que yo en la Premier League, pero jamás anoté para mi país en partidos internacionales; solo jugué siete veces”, admitió Ferguson. “Me quitaron las ganas, me sacaron la pelea. Estaba amargado, estaba molesto”.
La vida tras los muros
Entrar en Barlinnie supuso para Ferguson un descenso abrupto desde la élite del fútbol a un entorno hostil. “Vi de todo. Cosas locas. Gente bebiendo champú para vomitar las drogas. Era terrible”, explicó en FourFourTwo.
Trabajó en la enfermería de la prisión y presenció robos de agujas y drogas, además de prácticas peligrosas como introducir y extraer bolsas de estupefacientes del propio cuerpo de los reclusos.
La fama no le protegió: Barlinnie no hacía distinciones. “Me cuidaron, pero eso no impide que alguien te lance un balde de porquería”, afirmó.
Los días se hacían interminables: “Un día en prisión parece una semana. Cuando te adaptas al ritmo, olvidas que eres Duncan Ferguson; olvidas a tu familia. Eres un preso. Estás ahí y lo aceptas”.
El reconocimiento público tampoco garantizaba seguridad: “Acababa de ganar la FA Cup y fue duro: todos saben quién eres. Tienes una diana en la espalda. Te preocupa que alguien venga por detrás y te corte. En Barlinnie pueden cortarte por dos libras”, relató.
Incluso allí encontró seguidores del Everton: “Siempre hay scousers por todas partes”. A los 23 años, tras recuperar la libertad, directivos del club inglés lo recogieron para relanzar su carrera lejos del foco escocés.
Un estigma que nunca se borró
La condena hizo de Ferguson un caso singular en el deporte británico; figuras como Eric Cantona no llegaron a entrar en prisión por incidentes en el campo. La sentencia se apoyó, en parte, en sus antecedentes: ya tenía condenas por agresión anteriores, aunque sin pena de cárcel. “Obtienes una reputación en una noche que te lleva toda la vida sacudirte”, reflexionó.
Reconoció errores de juventud fuera del campo, pero sostuvo que lo ocurrido en Escocia le pareció injusto. Con el tiempo, dijo, la percepción pública sobre su paso por prisión se suavizó: “Ya no soy esa persona”.
El episodio también alteró su relación con la selección nacional. Tras salir de prisión hubo presiones y ausencias en las convocatorias. Craig Brown le comentó que no anunciaría su retirada por absurdo, pero las exclusiones continuaron. Su padre le instó a volver; jugó un par de partidos más, pero ya no tuvo la misma motivación.
“Al final les dije: ‘No les sirvo de nada’. Es el mayor arrepentimiento de mi carrera no haber jugado más para mi país. Debí haber batido récords de goles. No había ningún delantero que pudiera quitarme el puesto. Pero son solo palabras ahora; la gente olvida. Mi récord no está ahí”, lamentó.
A pesar del estigma, mantuvo su estilo en el campo: un delantero físico y combativo al que no se disculparía por jugar con agresividad. La combinación de su carácter futbolístico y la experiencia carcelaria moldeó su figura pública: “¿Alguien es igual a los dieciséis o diecisiete años que a los treinta? Me convertí en una mejor persona”.

