1 de abril de 2026
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Hamlet: impacto desde el escenario

Algunas obras se limitan a ser observadas.

Otras transforman a quien las experimenta.

Hamlet, de William Shakespeare, es una obra compleja que aborda temas como el poder, la traición, la duda y la muerte, y presenta a un príncipe confrontado no solo con un crimen, sino con el peso de existir en un sistema que ya no reconoce como propio.

Sin embargo, la producción de Hamlet que proviene de Perú no es una interpretación convencional.

Es una intervención.

La versión dirigida por Chela De Ferrari en Teatro La Plaza incorpora el texto universal en los cuerpos, las voces y la presencia de jóvenes actores peruanos con síndrome de Down —entre ellos Jaime Cruz, Manuel García, Cristian Alarcón, Ximena Rodríguez y Diana Gutiérrez—.

En ese gesto, algo cambia.

No es el texto lo que se altera.

Es el sistema.

Asistí a una de las primeras funciones en Lima en 2019.

Lo que presencié me pareció auténtico y con valor estético.

Surgió una pregunta inevitable: ¿quién decide quién puede representar lo universal?

Esa producción ahora realiza una gira internacional.

El elenco se presenta actualmente en Nueva York, en el Polonsky Shakespeare Center, como parte de un circuito que también los ha llevado por escenarios en Europa y América Latina.

Se trata de espacios culturales que influyen en la definición del canon contemporáneo.

Y ellos están presentes en esos lugares.

Ocupándolos.

Lo que ocurre en escena resulta difícil de describir únicamente con términos técnicos.

No se trata solo de actuación.

Se trata de presencia.

Cada gesto, cada silencio y cada palabra resignifican Hamlet.

La obra traslada el conflicto del plano individual al estructural: ser visto, ser escuchado y ser reconocido en un mundo que históricamente ha impuesto quién importa.

Esto va más allá de la inclusión.

Es una reconfiguración cultural.

Es un momento en el que estos jóvenes peruanos, desde el arte, comienzan a transformar las reglas no escritas sobre quién tiene acceso a los espacios de legitimidad global.

Esto tiene un impacto significativo.

No solicitan permiso.

No se están adaptando al sistema.

Obligan al sistema a adaptarse.

Considero que la experiencia que viví en Lima en 2019 es la misma que está impactando a audiencias en Nueva York, en Europa y en otras ciudades donde se presenta la obra.

No solo provocan empatía; generan reconocimiento.

En un mundo que sigue operando con categorías estrechas de talento, capacidad y valor, la obra amplía las posibilidades sobre quién puede participar.

Por eso, más allá del teatro, esto resulta transformador.

Al redefinir quién puede estar en escena, también se cuestiona quién puede ocupar espacios de poder, económicos y decisorios.

Lo que sucede con esta producción de Hamlet no es solo un logro artístico; es un acto político, cultural y simbólico de alcance considerable.

Es razonable considerarlo un motivo de orgullo para muchos.

Ver a estos jóvenes peruanos no solo representar al país, sino transformar desde el arte la conversación sobre talento, dignidad y posibilidades, resulta significativo.

La pregunta central de Hamlet sigue siendo existencial: ¿ser o no ser?

Ellos ya han respondido.

Lo hicieron ocupando un lugar en el escenario internacional.

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