En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el psicólogo y psicoanalista Gabriel Rolón reflexiona sobre un dilema recurrente: por qué las personas tienden a repetir experiencias que les provocan sufrimiento.
Durante la charla, Rolón explora por qué cuesta romper con patrones dañinos y cómo las pulsiones internas —tanto de vida como de muerte— influyen en nuestras decisiones y relaciones. También analiza el papel del inconsciente, la dificultad para controlar ciertos impulsos y la necesidad de reconocer los propios síntomas para poder cambiar.
Este tercer episodio de la serie propone una invitación a pensar la repetición del sufrimiento y los desafíos para transformar hábitos personales. El capítulo completo está disponible en Spotify y YouTube.
—¿Por qué repetimos las cosas que nos hacen mal? ¿Por qué volvemos a cometer los mismos errores aun cuando nos perjudican?
—Porque en muchos casos no lo podemos evitar conscientemente. A diferencia de otros animales, los seres humanos no nacemos con un guion instintivo sobre cómo amar o comportarnos: aprendemos a partir de modelos primarios. Esos modelos familiares —lo que vimos en casa— se incorporan como esquemas inconscientes que orientan nuestras elecciones afectivas y conductuales. A veces copiamos ese modelo y a veces nos oponemos a él, pero en ambos casos seguimos girando en torno a pautas aprendidas.
No es que tropecemos por accidente: traemos con nosotros las condiciones para tropezar. En psicoanálisis llamamos síntoma a aquello que se repite y que no logramos evitar. Muchas personas eligen parejas o situaciones con rasgos que les hacen daño; no llegan por azar, sino que esos patrones son elecciones guiadas por lo inconsciente.
—¿Y puede haber, en ese repetir, algún tipo de placer? Parece contradictorio que algo que duele también dé satisfacción.
—Existe un placer asociado al sufrimiento que los analistas llamamos goce. No es un placer saludable: es una satisfacción masoquista ligada a hacerse daño. Parte del trabajo terapéutico consiste en lograr que la persona renuncie a ese disfrute del sufrimiento. A veces el dolor les da identidad o un lugar seguro; además, hay una pulsión interna que empuja hacia el sufrimiento —la llamada pulsión de muerte— y que, al satisfacerse, se mantiene en la repetición.
Así, alguien puede engancharse con personas indisponibles de maneras distintas: hombres casados, hombres que rehúyen el compromiso o parejas lejanas. Aunque las circunstancias cambien, lo que se repite suele ser el mismo sentimiento —por ejemplo, la soledad o la imposibilidad de ocupar un lugar privilegiado—; el analista escucha esa repetición detrás de hechos aparentemente diversos.
—¿Somos muchas personas dentro de nosotros? ¿Existen partes internas que eligen por nosotros?
—Hay, efectivamente, voces y deseos ambivalentes dentro de cada uno. No somos monolíticos: a veces la parte que decide renunciar a un hábito no es la misma que termina actuando en contra de esa decisión. La imagen bíblica de “somos legión” o el verso de Whitman sobre ser multitudes expresan esa coexistencia interna. Esa multiplicidad y ambivalencia explican por qué a la vez que uno desea algo, otra parte lo sabotea.
Esas pulsiones internas nos empujan a actos que no queremos y que nos dañan. El psicoanálisis sirve, entre otras cosas, para evitar que una persona cumpla un destino inscrito en su repetición de sufrimiento; ayudarla a abrir caminos diferentes a las pautas que la arrastran.
—¿Cómo se empieza a domesticar esa voz interior? ¿Basta con entender la causa o se puede reducir del todo?
—No desaparece por completo: siempre habrá una sombra, pero puede contenerse. Conocerse permite reconocer las “habitaciones oscuras” internas y evitar entrar en ellas. Detenerse a tiempo, identificar los desencadenantes y tomar distancia antes de que la conducta escale son estrategias fundamentales. La pulsión de vida, cuando se fortalece, debilita la pulsión de muerte; cultivar proyectos, deseos y sentido reduce el margen para el autoengaño o el boicot.
—¿Es necesario encontrar el origen específico de una pulsión autodestructiva o alcanza con saber que esa opción no debe abrirse?
—Para no abrir una puerta hay que saber dónde está y por qué fue colocada. Las formas de goce se originan en la historia temprana de cada persona: la infancia, las figuras que nos educaron y las respuestas que recibimos. Venimos al mundo con tendencias destructivas que deben ser moduladas; la educación emocional y los vínculos desarrollan la pulsión de vida que permite conectarse con los demás y construir. La diferencia entre salud y enfermedad a menudo depende de cuál de estas energías conduce la vida de una persona.
—¿Qué es la pulsión de vida en la práctica? ¿Dónde la encuentro?
—La pulsión de vida es la libido: una energía creativa y vinculante. Se manifiesta en actividades, relaciones y proyectos que nos nutren y nos permiten sobrellevar el dolor de forma constructiva. En duelo, por ejemplo, la pulsión de vida permite procesar la pérdida mediante acciones significativas —trabajar, crear, relacionarse— en lugar de hundirse en la autodestrucción. Picasso pintando el Guernica es un ejemplo de transformar el sufrimiento en una obra con sentido.
—Si uno está sufriendo tras una ruptura, puede optar por quedarse en casa y autoflagelarse o por salir y ocuparse de lo que le hace bien. Ambos implican dolor, pero los resultados difieren.
—Exacto. La diferencia está en el tipo de sufrimiento: el goce ligado a la pulsión de muerte ofrece una gratificación breve que conduce a mayor daño; el sufrimiento sostenido por la pulsión de vida permite aprender, sostenerse y reconstruirse. Construir múltiples apoyos —trabajo, amigos, proyectos— evita depender de una sola fuente y reduce el riesgo de colapso si algo falla.
—¿Cuál es el primer paso para alguien que quiere cortar un patrón que le hace mucho daño?
—Reconocerlo y comprometerse consigo mismo. Ese compromiso suele incluir recaídas, porque lo inconsciente sigue presente. La decisión de decir “basta” cuando el sufrimiento se vuelve desmedido es el primer punto de quiebre. A partir de ahí, el trabajo —personal o terapéutico— permite identificar la repetición, comprender su sentido y abrir posibilidades para transitar una vida con menos autoagresión.

