4 de febrero de 2026
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Agenda regional contra el cáncer

“El conocimiento es un tesoro que no se agota: cuanto más se comparte, más se multiplica”, afirmaba César Milstein (*). Esa idea aplica de forma literal en el cáncer: la información salva vidas cuando se traduce en diagnóstico oportuno, tratamientos a tiempo y decisiones públicas basadas en evidencia. Pero no basta con que avance la ciencia; es necesario que el sistema de salud pueda aplicar esos avances con rapidez y continuidad.

En América Latina y el Caribe la transformación está en marcha, aunque con ritmos distintos entre países. En 2022 la región registró alrededor de 1,55 millones de casos nuevos y 749.000 muertes por cáncer. Detrás de esas cifras hay historias personales, familias y equipos sanitarios que enfrentan limitaciones logísticas, financieras e infraestructurales. Para responder con efectividad hacen falta acciones coordinadas entre múltiples actores.

La cuestión no es solo qué más se puede hacer, sino cómo hacerlo mejor y de forma conjunta. El control del cáncer requiere una cadena de decisiones coordinadas: cada eslabón cuenta y cada retraso tiene consecuencias.

1) Prevenir y detectar temprano: la parte menos visible y más decisiva

Una proporción importante de cánceres es prevenible mediante la reducción de factores de riesgo y el fortalecimiento de la prevención y el tamizaje. Esto implica políticas de salud pública: atención primaria robusta, vacunación cuando corresponde, programas de detección sostenidos y sistemas de derivación ágiles. Prevenir no es solo recomendar conductas saludables; es crear las condiciones para que cuidarse sea accesible.

Muchos países disponen de lineamientos y equipos comprometidos. El reto suele ser mantener la continuidad, coordinar niveles de atención y llegar a las personas que hoy quedan excluidas por distancia, falta de información, tiempo o trámites administrativos.

Detectar antes no equivale simplemente a hacer más pruebas: significa asegurar un recorrido del paciente claro, rápido y sin interrupciones, porque un diagnóstico temprano pierde valor si luego el acceso al tratamiento se demora o se interrumpe.

2) Tratar a tiempo: acceso es recorrido completo, no un solo componente

En oncología, “acceso” comprende todo el proceso: entrada al circuito diagnóstico, confirmación de la enfermedad, atención especializada, inicio del tratamiento y su continuidad. En ese recorrido influyen la capacidad instalada, la disponibilidad de servicios, los tiempos de evaluación y compra, y los criterios de priorización.

La colaboración es clave: integrar evidencia clínica, evaluaciones de tecnologías sanitarias, compras eficientes, acuerdos por resultados cuando procedan y cooperación regional para compartir experiencias son medidas técnicas pero esenciales para avanzar hacia mayor equidad sin comprometer la sostenibilidad.

Lo técnico tiene un impacto humano directo: determina si una vida puede salvarse.

3) Evidencia local y acceso a innovación: dos caminos que se necesitan

La región no puede depender exclusivamente de evidencia generada en otros contextos. Las características clínicas, las comorbilidades y la organización del sistema varían; por eso es importante fortalecer registros, investigación clínica, estudios de práctica real y redes colaborativas que permitan adaptar guías y priorizar recursos con mayor precisión.

Al mismo tiempo, no debe plantearse como una elección entre evidencias locales e innovación: los tratamientos nuevos salvan vidas cuando llegan a tiempo. La incorporación de terapias personalizadas y herramientas de inteligencia artificial puede mejorar diagnósticos y pronósticos, siempre acompañada de evaluación rigurosa y educación médica continua.

Es crucial fomentar alianzas que aceleren la disponibilidad de tratamientos de primera línea en la región e implementar mecanismos que faciliten su uso adecuado. Innovar significa también garantizar la aplicabilidad y sostenibilidad de lo nuevo.

Invertir en talento joven construye capacidad a largo plazo: formar residentes en investigación y en buenas prácticas multiplica competencias que permanecen en el sistema. Iniciativas regionales que promueven la formación temprana y la investigación en oncología son valiosas. Un ejemplo es el Desafío Científico Regional de Adium, dirigido a residentes de oncología de varios países, enfocado en tumores sólidos y con evaluación académica de abstracts y pósteres.

Más importante que la mecánica es el objetivo: traducir la curiosidad científica en evidencia aplicable y establecer redes entre países para compartir metodologías, hallazgos y buenas prácticas. Cuando los equipos se conectan, el aprendizaje se acelera y las brechas se reducen.

Lo que hace falta no es desesperanza, sino coordinación. En una frase: coordinar lo que ya sabemos que funciona y sostenerlo en el tiempo. Prevenir y detectar antes. Tratar con oportunidad y continuidad. Generar evidencia local. E incorporar cuidados paliativos y control del dolor como estándares de calidad, porque no se trata solo de vivir más, sino de vivir mejor.

Milstein tenía razón: el conocimiento se multiplica al compartirse. En cáncer esa multiplicación ocurre cuando el conocimiento se transforma en acción coordinada, sostenida por decisiones claras, inversión constante y colaboración entre sectores.

La innovación seguirá avanzando; la pregunta es si la región logrará integrar ese progreso para que llegue de forma oportuna, equitativa y sostenible a más personas.

* César Milstein: químico y biólogo molecular galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1984 por su trabajo sobre anticuerpos monoclonales, un concepto clave para el desarrollo de tratamientos efectivos contra el cáncer.

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