15 de febrero de 2026
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Cómo un gesto presidencial nombró al oso de peluche

Imaginemos: Brooklyn, Nueva York, un día helado el 15 de febrero de 1903. En la vidriera de un kiosco de golosinas del número 404 de la avenida Tompkins, dos ositos de felpa se asoman por primera vez al público.

No eran simples muñecos: bajo sus botones y su relleno llevaban una historia política, un dilema ético y el nombre del hombre más poderoso de Estados Unidos.

Aquel día, casi sin proponérselo, Morris y Rose Michtom no solo pusieron a la venta un juguete; inauguraron un símbolo de consuelo que perdura más de un siglo.

Para entender por qué esa vidriera de febrero conmovió tanto, hay que retroceder unos meses y viajar al sur, a los bosques de Mississippi, donde una cacería torcida iba a marcar la historia del juguete.

Era noviembre de 1902. El presidente Theodore “Teddy” Roosevelt, conocido por su afición a la caza y a la vida al aire libre, aceptó la invitación del gobernador de Mississippi, Andrew H. Longino; la excusa oficial era un conflicto fronterizo, pero Roosevelt quería cazar osos negros.

Sin embargo, la jornada no fue buena para el presidente: no conseguía acertar. La situación se volvió tensa y los guías tomaron una decisión cuestionable para asegurar el éxito de la expedición.

Bajo el mando del rastreador Holt Collier, localizaron y acorralaron a un oso negro de unos 100 kilos tras una larga persecución. Los perros lo atacaron, los guías lo golpearon hasta dejarlo herido y lo ataron a un sauce.

Entonces llamaron a Roosevelt para que diera el tiro de gracia, pensando en ofrecerle el trofeo. Al llegar y ver al animal viejo, cansado y atado, el presidente se negó a disparar.

Las crónicas relatan su frase: “He cazado animales por todo el país y estoy orgulloso de ser cazador. Pero no podría estar orgulloso de mí mismo si le disparara a un oso viejo y agotado que está atado a un árbol”. Ordenó que lo sacrificaran con un cuchillo para evitarle sufrimiento; su negativa fue interpretada como un gesto de juego limpio.

La noticia se difundió con rapidez. El 16 de noviembre de 1902, The Washington Post publicó una caricatura política titulada “Drawing the Line in Mississippi”, dibujada por Clifford Berryman.

La viñeta mostraba a Roosevelt dándole la espalda al oso atado. Con el tiempo, Berryman redibujó al oso en versiones posteriores, haciéndolo más pequeño, redondeado y con ojos grandes, transformándolo de bestia peligrosa en una criatura entrañable.

La historia del oso de peluche es un ejemplo de sincronía: mientras la anécdota del presidente conmovía al público, dos creadores, sin conocerse, tuvieron la misma idea en distintos países.

En Nueva York, Morris Michtom, inmigrante ruso-judío que atendía un kiosco de dulces, vio la caricatura y, junto a su esposa Rose, que confeccionaba juguetes por las noches, hizo un pequeño oso de terciopelo con botones por ojos y lo colocó en la vidriera junto al recorte del diario.

Además, envió un ejemplar al propio Roosevelt pidiéndole permiso para usar su apodo. El presidente accedió y el cartel en la vidriera decía “Teddy’s Bear”. El éxito fue tal que los Michtom cerraron el kiosco y fundaron la Ideal Toy Company, que se convertiría en una gran fábrica de juguetes.

Al mismo tiempo, en Giengen, Alemania, Richard Steiff, sobrino de la pionera Margarete Steiff y formado en la Escuela de Artes Aplicadas de Stuttgart, observaba osos reales en el zoológico para diseñar un juguete que imitara su anatomía.

Buscaba un oso que se moviera como un animal, y así creó el modelo “55 PB” (55 cm, P de Plush/felpa, B de Beweglich/móvil), el primer oso con extremidades articuladas. Al principio hubo escepticismo en Europa, pero en la Feria del Juguete de Leipzig de 1903 un comprador estadounidense encargó 3.000 unidades.

Para proteger su producto, la familia Steiff introdujo en 1904 el “botón en la oreja” (Knopf im Ohr) como sello de calidad. En 1906 empezaron a llamar a sus muñecos “Teddy Bear”, sin apóstrofo.

Los osos Steiff originales son hoy piezas de colección muy valoradas: por ejemplo, un oso negro de 1912 hecho en luto por el Titanic es muy raro, y en 2000 un oso Steiff creado con Louis Vuitton se vendió por 2,1 millones de dólares, con zafiros, diamantes y piezas de oro.

Desde 1903 los osos evolucionaron. Los primeros modelos de Michtom y Steiff buscaban reproducir la realidad: hocicos largos y puntiagudos, ojos pequeños y duros y pelaje de mohair áspero.

A partir de la década de 1930 su diseño cambió bajo la influencia del llamado “esquema del bebé”: frentes más anchas, ojos más grandes y más bajos, hocicos reducidos; rasgos que los hicieron parecer menos animales del bosque y más bebés humanos.

También cambiaron las bocas: de expresiones serias pasaron a curvas ascendentes y hoy la mayoría de los osos muestran una sonrisa evidente.

El “pelaje” se transformó: el mohair original dio paso a materiales sintéticos, algodón y terciopelo para lograr abrazos más suaves; los cuerpos rígidos se volvieron blandos y apretables.

Con la enorme presencia de los “Teddy Bear” en la industria, cabe preguntarse: ¿por qué siguen abrazándose osos de peluche más de un siglo después?

La ciencia moderna confirma lo que los niños intuyen: los osos de peluche actúan como objetos de transición o de apego, proporcionando seguridad cuando se inicia la separación entre el niño y sus cuidadores.

Estudios recientes indican que los osos son herramientas efectivas para manejar la ansiedad; en emergencias, como incendios u hospitalizaciones, un osito reduce el miedo infantil. Un estudio de 2022 mostró que muchas personas prefieren abrazar a su oso viejo y gastado antes que a uno nuevo; el consuelo reside en el afecto y los recuerdos que acumula el muñeco.

Lo que empezó con dos osos en una vidriera de Brooklyn se convirtió en una industria gigantesca. Desde Winnie-the-Pooh hasta Paddington, los osos dejaron de ser juguetes mudos para adquirir personalidad; han sido mascotas literarias, íconos culturales y objetos de moda.

Aquel 15 de febrero de 1903 inició una historia que, hasta hoy, no parece destinada a terminar.

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