30 de enero de 2026
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La IA no reemplaza la experiencia humana en las relaciones

Amar forma parte de la experiencia humana. ¿Puede cambiar eso cuando interaccionamos con chatbots? Nadja Spiegelman, editora de cultura de Times Opinion, conversa con la psicoterapeuta Esther Perel para explorar qué distingue la conexión humana de las relaciones que las personas establecen con la inteligencia artificial y qué buscamos emocionalmente cuando recurrimos al teléfono.

Esther Perel, psicoterapeuta reconocida, no considera que la sociedad vaya —o deba— enamorarse de máquinas. En esta versión ligeramente editada para mayor claridad y concisión, se transcribe un episodio de The Opinions en el que Perel explica por qué la intimidad con la IA puede sentirse segura pero no equivale a la realidad de las relaciones humanas.

Nadja Spiegelman introduce el tema señalando que la IA se usa para múltiples tareas, desde responder correos hasta recibir confidencias, y plantea la cuestión de cómo su presencia creciente afecta las relaciones humanas.

Un estudio de Vantage Point Counseling Services sugiere que casi un tercio de los estadounidenses ha tenido algún tipo de vínculo con la IA.

Perel, con casi cuarenta años de experiencia clínica, ha observado cómo la conexión humana se adapta frente a distintas tecnologías —desde Internet hasta las apps de citas— y ahora frente a la IA.

Spiegelman comenta que muchas personas querrían hablar con Perel; además de asuntos personales, la conversación aborda tecnología, amor e intimidad.

Perel afirma que relacionarse con IA conlleva menos riesgo de una ruptura en comparación con una pareja humana.

Spiegelman confirma esa percepción: la IA no terminará una relación. Plantea la duda sobre las implicaciones de eso.

Perel añade que la interacción con IA genera un sufrimiento leve, distinto al que produce una relación humana.

Spiegelman pregunta si Perel utiliza IA en su trabajo o vida personal.

Perel responde que sí: la usa como herramienta para organizar ideas, estructurar escritos y resumir información.

Observa que la IA tiende a presentar la información de forma repetitiva y estructurada —listas cortas y resúmenes— y que eso puede ser útil pero también limitante.

Perel describe ese estilo organizado como una “coreografía” informativa que a veces invoca la necesidad de volver a fuentes más profundas, como la lectura de un libro.

Spiegelman señala que formatos simples funcionan para el cerebro, pero advierte que si todos adoptan ese modo de pensar se pierde riqueza y matiz.

Spiegelman pregunta si las relaciones con IA pueden ser saludables.

Perel responde que depende de cómo se defina “relación”. Luego señala que el amor y la intimidad son más que sentimientos: implican un encuentro encarnado con responsabilidades éticas, contacto físico, gestos y ritmos.

Reconoce que podemos tener afecto por ideas, mascotas u objetos transicionales, pero matiza que eso no equivale plenamente a una relación amorosa humana.

Según Perel, la IA tiende a eliminar elementos clave de las relaciones humanas: la alteridad, la incertidumbre, la posibilidad de ruptura y el sufrimiento, todos ellos vinculados al crecimiento y al esfuerzo relacional.

El modelo idealizado que ofrecen algunos chatbots propone acuerdos flexibles y placer sin fricción, algo que difiere de la complejidad del amor humano.

Spiegelman afirma que para evaluar si es posible amar a la IA debemos preguntarnos qué es amar y qué es ser consciente, porque estas cuestiones definen lo fundamentalmente humano.

Perel comenta que observa a personas consultando a la IA sobre cuestiones existenciales y morales —decisiones sobre la vida, la muerte o el cuidado de otros—, y subraya que las máquinas no asumen responsabilidad moral por sus respuestas.

Explica que un profesional humano responde con responsabilidad ética y está implicado en las consecuencias, mientras que la IA no asume esa implicación, lo que elimina una dimensión importante en las relaciones.

Perel añade que hoy se habla mucho de empatía y vulnerabilidad en las relaciones, pero menos de responsabilidad y ética, dimensiones necesarias para relaciones maduras.

Spiegelman argumenta que los desarrolladores intentan incorporar límites éticos en los chatbots para prevenir daños y guiar a los usuarios hacia respuestas saludables.

Perel responde que el “programado” es lo menos fiable: los sesgos son evidentes cuando la IA interactúa con personas diversas y la tecnología es, en esencia, un producto comercial.

Dice que enamorarse de la IA equivale a enamorarse de un producto cuyo objetivo es retener al usuario, no facilitar una transferencia de aprendizaje emocional hacia otras relaciones humanas.

Recordar que esa relación es con un producto comercial y que la memoria y la experiencia compartida están diseñadas para mantener la interacción es importante, según Perel.

Spiegelman coincide en que es relevante considerar el carácter comercial de la IA y cómo se posiciona en el mercado laboral y en la vida emocional.

Perel señala que, aunque la IA no se creó para cultivar vínculos profundos, ha demostrado generar conexiones intensas que pueden no haber sido previstas por sus diseñadores.

Spiegelman pregunta si Perel ha visto pacientes enamorados de chatbots.

Perel responde que a veces las personas le relatan conversaciones con IA para discutir su contenido, pero aún no ha atendido una pareja humano-IA; considera que es solo cuestión de tiempo.

Spiegelman plantea si estos compañeros artificiales reflejan o reformulan nuestro deseo de validación y presencia.

Perel opina que ambas cosas ocurren: la IA revela lo que buscamos y al mismo tiempo modifica nuestras expectativas sobre las relaciones humanas, reduciendo la tolerancia a la incertidumbre y la fricción que implican el conflicto y la experimentación.

Dice que la IA puede ofrecer consuelo y respuestas reparadoras cuando alguien ha crecido con experiencias afectivas deficitarias, pero advierte que esa experiencia correctiva puede no preparar para la complejidad de una relación humana real.

Perel subraya que una experiencia subjetiva de cercanía no implica necesariamente que esa relación sea verdadera o suficiente.

Spiegelman interpreta que la IA evidencia el anhelo humano por amor incondicional; Perel recuerda que ese deseo es antiguo y no nace con la tecnología.

Perel sugiere que la expectativa de amor incondicional ha sido trasladada a la pareja romántica desde tradiciones religiosas y comunitarias y que eso genera demandas poco realistas.

Spiegelman remarca la idea de Perel sobre el deseo como función del misterio del otro: separación y misterio son necesarios para el eros; con la IA, esa alteridad se reduce.

Perel añade que hoy el misterio suele percibirse como un defecto más que como una virtud.

Spiegelman replica que existe cierto misterio en la IA, ya que ni siquiera sus programadores siempre saben cómo responderá; pregunta si la IA podría llegar a ser verdaderamente otro con conciencia propia.

Perel responde que no sabemos si la IA puede llegar a ser conciencia; por ahora, es una agregación de respuestas que no está presente en el momento ni percibe las sutilezas no verbales de la interacción humana.

Subraya que gran parte de la comunicación humana es no verbal y que la experiencia encarnada —gestos, miradas, contacto— es central en la intimidad.

Perel recuerda que el consuelo físico, como un abrazo, desencadena procesos emocionales que la mera afirmación verbal de una máquina no reproduce.

Spiegelman pregunta si hay escenarios en que una relación humano-IA sirva para algo útil aunque no reemplace un vínculo humano.

Perel contesta afirmativamente: la IA puede ser herramienta útil, ofrecer reflexión rápida y ayudar a explorar alternativas entre sesiones de terapia.

Spiegelman plantea una comparación provocadora entre enamorarse de IA y recurrir a la pornografía en lugar de mantener una relación sexual.

Perel responde explicando que la IA puede dar respuestas que afirman y reflejan al usuario; a veces eso reconforta, pero carece de matices y “alma”, como un queso suizo con agujeros.

Explica que tanto la pornografía como la IA resuelven ciertas vulnerabilidades —ausencia de rechazo, facilidad de consumo, ausencia de incertidumbre—, pero que eso no sustituye la complejidad del deseo compartido y el intercambio humano.

Spiegelman cambia de foco hacia la IA como herramienta dentro de las relaciones humanas: ¿puede ayudar a mejorar la comunicación entre parejas?

Perel afirma que sí: la IA puede ser muy útil, ingeniosa y facilitar la reflexión rápida o ensayar modos distintos de expresión.

Sin embargo, advierte que cuando una disculpa o un mensaje parece artificial, es difícil saber si el sentimiento es sincero o si lo escribió la máquina, y eso compromete la autenticidad de la comunicación.

Spiegelman recuerda que históricamente la gente ha acudido a terceros para escribir por ellos —scribas, poetas— y que pedir ayuda para articular sentimientos no es nuevo.

Perel trae a la discusión un poema sobre el amor y las cicatrices, para recordar que las rupturas y las heridas forman parte del aprendizaje afectivo humano y moldean cómo amamos y confiamos.

Con la IA, no se generan las mismas cicatrices porque falta el riesgo de pérdida; el temor a perder algo amado es lo que provoca responsabilidad y comportamientos que favorecen el crecimiento relacional.

Perel afirma que un amor sin altibajos ni riesgos no enseña del mismo modo; la experiencia de sufrimiento es necesaria para apreciar la felicidad y para el desarrollo emocional.

Spiegelman pregunta si la IA, al ofrecer amor incondicional, empobrece el aprendizaje que proviene de un amor humano necesariamente condicionado.

Perel responde que la imperfección humana provoca reacciones en el otro y esas reacciones son parte del amor; aceptarlas en vez de eliminarlas es esencial para una relación plena.

Concluye que muchos problemas relacionales no se resuelven con soluciones técnicas: son paradojas con las que aprendemos a vivir y a encontrar sentido, algo que la IA no gestiona plenamente.

Spiegelman agradece la conversación y Perel responde con la misma cortesía.

*Esther Perel es psicoterapeuta, autora y conferencista internacional, reconocida por su trabajo en relaciones de pareja y dinámicas familiares. Es autora de los best sellers “Mating in Captivity” y “The State of Affairs”. Sus podcasts, “Where Should We Begin?” y “How’s Work?”, la convirtieron en una voz influyente en el ámbito de la inteligencia relacional. © The New York Times 2026.

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