14 de febrero de 2026
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Generación Z paga por apps que limitan el uso de redes sociales

La Generación Z, que creció con acceso constante a internet y dispositivos móviles, está buscando cada vez más herramientas para gestionar su relación con el teléfono. El llamado “detox digital” ha impulsado el desarrollo de aplicaciones y aparatos físicos diseñados para reducir el tiempo en redes sociales; algunos jóvenes incluso pagan por funciones que limitan el acceso a las plataformas más absorbentes.

El auge de los bloqueadores físicos

Uno de los productos más conocidos es Bloom, creado en 2024 por dos estudiantes universitarios. Se presenta como una tarjeta de acero inoxidable que cuesta alrededor de 39 dólares y que, al emparejarse con una aplicación, permite bloquear determinadas apps durante periodos seleccionados.

Su uso es sencillo: al tocar la tarjeta con el teléfono, las aplicaciones elegidas quedan bloqueadas hasta que se repite el gesto para desbloquearlas. También ofrece la posibilidad de programar pausas cortas, de modo que el usuario conserve cierta flexibilidad, pero la idea principal es cortar el hábito automático de desbloquear y desplazarse por la pantalla sin reflexión.

Giancarlo Novelli, cofundador de Bloom y estudiante en UCLA, contó a Fortune que creó el dispositivo como respuesta a su propia dificultad para concentrarse por el uso del móvil. Novelli comparó la normalización del uso compulsivo del teléfono con la forma en que se normalizó el tabaco en el siglo XX, y dijo que será necesario tiempo para comprender plenamente los riesgos asociados.

Influencers y nuevos hábitos: el caso de Brick

El mercado incluye otros productos, entre ellos Brick, un bloqueador que cuesta 59 dólares y que también exige contacto físico entre el teléfono y el dispositivo para restaurar el acceso a determinadas aplicaciones. La abogada e influencer neoyorquina Kristian del Rosario comentó que, desde que usa Brick, ha notado mejoras en su productividad y en su rutina nocturna.

A diferencia de las herramientas integradas en los teléfonos para controlar el tiempo de uso, Brick obliga a una acción deliberada para desbloquear las aplicaciones. Su fundador, TJ Driver, sostiene que ese extra de consciencia ayuda a convertir un uso impulsivo en una decisión meditativa.

Del Rosario aprecia que puede mantener activas las apps de mensajería necesarias para su trabajo y que tiene la opción de desactivar el bloqueo durante descansos. También ha modificado sus hábitos nocturnos para evitar el “doomscrolling” y reducir la influencia del teléfono antes de dormir.

El atractivo de lo analógico y la búsqueda de equilibrio

La creciente demanda de estos productos también responde a una preferencia cultural por objetos físicos. Muchos jóvenes muestran interés por elementos tangibles como vinilos o cartas manuscritas, buscando un equilibrio entre la esfera digital y la experiencia real. Bloqueadores como Bloom y Brick encajan en esa tendencia al ofrecer soluciones físicas a un problema tecnológico.

Un estudio de la Universidad de Alberta publicado en 2025 vinculó el uso de redes sociales con síntomas de ansiedad y depresión, aunque los efectos varían según los patrones individuales de consumo. En paralelo, el debate sobre si estas plataformas son “adictivas” continúa: representantes de la industria, como Adam Mosseri de Instagram, niegan que la app sea adictiva en términos clínicos, aunque reconocen que existen usos problemáticos.

Un mercado en expansión y sus paradojas

Bloom afirma haber vendido más de 60.000 unidades y otras empresas del sector también reportan crecimiento. No obstante, existe una paradoja: muchos jóvenes descubren estos dispositivos a través de las mismas redes que intentan limitar. Analistas cuestionan si se trata de un movimiento genuino o de una moda amplificada por influencers que, al mismo tiempo, siguen presentes en las plataformas digitales.

Para Novelli, el objetivo no es eliminar las redes sociales sino aprender a gestionarlas de forma individualizada. Los bloqueadores son una herramienta útil para fomentar un consumo digital más sano, pero la solución definitiva depende del compromiso personal de cada usuario para cambiar sus hábitos.

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