6 de febrero de 2026
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Ecoansiedad: por qué afecta a más jóvenes

En un contexto de temperaturas récord y frecuentes desastres naturales, la ecoansiedad se ha consolidado como un fenómeno psicológico ligado al avance de la crisis climática. Reconocida por la American Psychological Association (APA), afecta a un número creciente de personas, con especial incidencia en niños y jóvenes que afrontan el futuro con incertidumbre.

La APA describe la ecoansiedad como “el miedo crónico a un desastre ambiental”, y puede aparecer tanto en quienes han vivido catástrofes como en quienes perciben el cambio climático como una amenaza inevitable.

¿Qué es la ecoansiedad y cómo afecta?

La ecoansiedad no solo surge tras experiencias directas como incendios, inundaciones o sequías; también proviene del temor persistente a los daños ambientales y de la sensación de que la crisis climática es irreversible. Organizaciones como Greenpeace alertan que el calentamiento global ha superado 1,1 °C, lo que aumenta la frecuencia de eventos extremos y alimenta la preocupación por el futuro del planeta.

Los síntomas habituales incluyen ansiedad, insomnio y dificultades de concentración. UNICEF y otras entidades han señalado que los niños y adolescentes son particularmente vulnerables, dado que perciben un futuro incierto y a menudo anteponen la falta de respuestas políticas efectivas.

Una investigación de la Universidad de Bath y Avaaz, citada por The Guardian, encuestó a 10.000 jóvenes de entre 16 y 25 años en diez países. El estudio mostró que el 60% está preocupado por el estado del planeta, el 45% reporta efectos negativos en su vida diaria, el 75% considera el futuro “aterrador” y el 83% estima que los adultos no han protegido adecuadamente el entorno.

Carolina Hickman, psicoterapeuta y académica de la Universidad de Bath, señala que el cambio climático puede actuar como un factor de estrés comparable a experiencias adversas en la infancia. La repetición de eventos extremos produce tanto traumas directos como angustia indirecta derivada de relatos, noticias y la anticipación de futuras pérdidas.

Factores que intensifican la ecoansiedad

La ausencia de políticas públicas claras y de acciones gubernamentales contundentes aumenta la sensación de angustia. Según UNICEF, el 64% de los jóvenes considera que los gobiernos no toman en serio sus inquietudes ni hacen lo necesario para evitar una catástrofe climática.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que el impacto acumulativo del cambio climático afecta la salud mental, vinculándose a cuadros de estrés postraumático, depresión y procesos de duelo por la pérdida de ecosistemas y especies.

Expertos y organismos internacionales recomiendan fortalecer la resiliencia individual y comunitaria. Adoptar prácticas sostenibles, participar en iniciativas ambientales, formar redes de apoyo y aplicar técnicas de atención plena ayudan a recuperar sensación de control y esperanza, según UNICEF y Greenpeace.

El activismo climático juvenil es una vía para canalizar el miedo y la frustración en acciones concretas. Informarse con fuentes científicas y recibir educación ambiental —apuntan organismos como el IPCC— reduce la impotencia y facilita la participación informada.

“La ecoansiedad es una señal de salud mental: que los niños y jóvenes se preocupen por el planeta demuestra un compromiso real con el futuro”, afirmó Carolina Hickman en declaraciones recogidas por The Guardian.

El desafío de imaginar futuros posibles

El cambio climático ha transformado la forma de imaginar el futuro. La incertidumbre sobre la magnitud y la rapidez de los cambios exige nuevas herramientas psicológicas y sociales. La llamada esperanza radical propone aceptar el dolor por las pérdidas sin renunciar a la acción y a la posibilidad de cambio.

Greenpeace y UNICEF subrayan la importancia de comunidades informadas y activas, donde los jóvenes puedan expresar sus emociones y acceder a recursos para proteger su salud mental. “La inacción no es una opción, pero para poder actuar primero hay que cuidar la propia salud mental”, concluye el último informe de UNICEF sobre infancia y cambio climático.

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